sábado, 20 de octubre de 2018

Deconstrucción


Bien es cierto que el término deconstrucción fue utilizado primero por Heidegger en su obra Ser y tiempo, hasta la llegada de Derrida que lo incorpora a su obra para abordarlo, no tanto en la medida de que se trata de la reducción a la nada, sino para mostrar cómo esta se ha abatido en el tiempo, en los significados de las etapas sucesivas de la experiencia, un planteamiento que también se mueve entre la negación y la afirmación de los signos.

La nueva novela de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) parece concebida bajo esta subversiva envoltura retórica. Nos cuenta una ruptura amorosa, la descomposición de una pareja partiendo de un relato que comienza por el epílogo y termina con el prólogo, ensamblados por capítulos que van de atrás hacia delante. Sus dos protagonistas alternan la tensión de sus monólogos bajo la compostura racional de ese ego desvalido que ambos exhiben, sin poder evadirse de esa verdad universal acerca de la vida en pareja: ninguno de ellos puede cubrir la parcela del otro.

Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama es única. Llegan a tener su propio lenguaje que solo pertenece a ellos dos. Ese habla propio e íntimo está poblado de inflexiones y sobreentendidos que incumben solamente a dos hablantes y que invalidan la inclusión de alguien ajeno a su vida en común. Pero cuando llega el momento en el que aparecen las desavenencias en una pareja, ninguno de los dos tiene en su mano la forma de evitar el riesgo de que esa feliz convivencia se acabe, porque todo amor humano implica siempre la exposición absoluta al otro, y nunca excluye la posibilidad de su apartamiento y desaparición. Y cuando llega la separación también muere ese idioma creado al uso del amor, ya que ha dejado de tener sentido.

En Feliz final (Seix Barra, 2018) Rosa aborda la volatilidad del amor, los errores de cálculo, su trasiego y desafío constante a través del relato confesional de Antonio y Ángela, padres de dos hijas a los que no les importa narrar su naufragio. Cada uno a su manera, constata que una ruptura es una brecha dolorosa y lleva su tiempo de desafectos, pero también una posibilidad de fuga. Cada uno de ellos examina al otro, hurga en sus discrepancias y engaños. Los dos hablan también del amor que se prometieron, de su admiración mutua, del placer de sus encuentros y de las esperanzas que se dieron: “Nosotros íbamos a envejecer juntos”, dice él en el epílogo, y lo mismo dice ella en el prólogo, sin predicarlo hacia afuera, por la sencilla razón de que esa aspiración se convirtiera con el tiempo al final en irrisoria y mezquina.

Hablar con agallas de la derrota es una necesidad fundamental de todo ser humano. Ahora, desmantelados del hogar común, después de trece años de amor y de sueños rotos, solo les queda recopilar justificaciones que ya no les valdrá para rearmarse como pareja. Ella dice que “enamorarse es acumular nostalgia para el futuro”. Él, en cambio, más teatral, sostiene que “enamorarse es construir un personaje”. En la suma de ambas apreciaciones encontramos su verdadera relectura, su reajuste y el confinamiento al que han llegado.

Tal vez, como dice Alain Botton, el matrimonio sea un poco como una sábana que nunca se llega a extender a la perfección: cuando conseguimos alisar un lado nos encontramos con más arrugas y pliegues en el otro. Aquí, en la novela de Rosa se llega a más. Nos muestra la piel que tapa esas sábanas, su carnalidad y deterioro, “su combustión acelerada”, pero con un contrapunto luminoso que resume muy bien el significado de liquidación del amor: “la pérdida de un relato común”.

En el amor, el final ni se espera ni se desea, aunque venga precedido de un desgaste del estado de bienestar que lo nutre y que parecía que nunca se iba a consumir. Solo el desamor rotundo anhela la llegada de un final liberador, pero no es fácil gestionar los meandros que llevan el curso de una ruptura. Feliz final afronta ese conflicto originado por la fractura de una relación matrimonial, un relato a dos voces, la de un hombre y una mujer que, como tantos otros, se enamoraron, vivieron una ilusión, tuvieron hijos, y sostuvieron un proyecto hasta que llegaron los problemas: silencio, celos, dudas, precariedad, que avivaron el desencanto, el apagón sentimental y su finiquito.

Todos leemos desde una inevitable conciencia y credo, y aunque queramos desvincularnos de estos principios cuando se trata de literatura, no es fácil escapar de ellos si lo que estamos leyendo se involucra tanto en hechos que conciernen a nuestras vidas. Entonces se complica la objetividad de lo leído escurriéndose hacia los sentimientos y experiencias personales. Este libro concita a ese sentir, porque es posible, como se destaca en su contraportada, que el amor sea un lujo que no siempre podamos permitirnos tan gratuitamente como habíamos pensado.

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