miércoles, 30 de enero de 2019

Desde el otro lado


El personaje de la nueva novela del escritor y periodista Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965), Guía de extraviados (Pre-Textos, 2018), quiere escribir sobre su condición de soledad obligada, y lo lleva a cabo en una extensa carta de amor dirigida a su esposa desaparecida, tratando de encontrar respuestas a lo que sucedió repentinamente. Le obliga la necesidad de desvelar el misterio de su desaparición y sus porqués. Ya han transcurrido tres años y sigue soñando con ella. No se derrumba, ni se detiene. Alberga esperanzas, y en la palabra escrita cree haber encontrado el cauce propicio para no olvidarse ni dejar de creer en ellas.

Por otro lado, cree que este proceder suyo no es una respuesta melancólica a su pérdida, sino que la carta comporta un diálogo, una presencia en cada una de sus vueltas al pasado, un acto de confesión y, por supuesto, el asidero que mejor le vale para intimar con sus recuerdos, el vínculo más poderoso a su alcance de mantener en pie su fe ante la cruda realidad de no saber su paradero, un resquicio para no darse por vencido.

Quizá Proust tenía razón cuando argumentaba que lo importante no es la fidelidad del espejo, sino la intensidad del reflejo”. Esta cita tomada de su aclamado libro Diario de un hombre pálido (2010) viene a propósito para convalidar la manera que tiene el protagonista de Guía de extraviados de reflejar la misión y el sentido de su relato: una búsqueda y un viaje emocional. Quien habla es un escritor de cuarenta y tres años, un hombre doliente y náufrago en ese mar de ausencia. Sin embargo percibe que en esa añoranza de ponerse a escribir a su mujer cree haber encontrado la mejor versión de su oficio, que ahora compagina con los textos que su editor le viene encargando.

Un desaparecido, dice Gracia Armendáriz en una entrevista reciente, es un silencio que no para de escucharse. Y ya se sabe que en una desaparición nada se cierra, todo se convierte en preguntas que no dejan de repetirse. La vida de pareja tiene, además, esa condición de vulnerabilidad y de exposición. Se hace necesario el cuidado del otro, la presencia del otro para preservar esa vida, para protegerla, para sustraerla a la posibilidad de la caída, del desorden sentimental, del abandono. Conforme avanza la lectura, el narrador se apiada de sí mismo, consciente de que ser invisible para los demás, cuando uno anda perdido por la ausencia de un ser querido, resulta imposible.

Toda desaparición deja un oculto reguero de dolor, incertidumbres y culpa. En estos casos, la búsqueda se convierte en un desatado estado de pesadumbre que, a su vez, empuja a quien le pilla a estar dispuesto a pedir toda clase de ayuda. El protagonista acude a la policía en primer lugar, pero al poco tiempo contrata los servicios de un detective e, incluso, se pone en manos de un brujo africano en busca de pistas. Viaja sin convicción por distintos lugares y distrae su conciencia con encuentros esporádicos con otras mujeres, al tiempo que sumerge su desazón en los otros manuscritos que lleva entre manos.

Entre ambas vertientes se va forjando la narración de esta breve e intensa novela, bajo el sustrato de esa particular vivencia de la pérdida por parte del personaje más que desde la búsqueda de su mujer desaparecida. Este hecho es el detonante que le impulsa a escribir de verdad. Ese malestar sobrevenido se convertirá en un llamado proceloso a volcar en hondura las palabras que hasta ahora no habían podido surgir dentro de él, sin tener que arrepentirse, ni dejar de estar a buenas con la vida, pese al revés recibido. En su estudio se siente a salvo, y después de haber sopesado todo lo escrito en su carta, añade casi al final: “No huyo de nadie, sólo te busco aquí, en el cuaderno de anillas. Eso es todo. Hoy he sabido que tenías razón; no hay motivo para cambiar de aspecto o disimular ante el vecindario. Te escribo, nos escribo”.

Toda forma epistolar persigue crear una ilusión de verdad, de conectar con la realidad. En Guía de extraviados estos requisitos se cumplen, y mucho obedece al buen manejo de su prosa, sobria y alejada de retórica, así como al uso de la segunda persona que, cuando aparece, lo hace con levedad y suspiro. El lector percibe que la revelación del personaje está bien armada de razones, vivencias y deseos, verdades que se manifiestan de forma directa en el discurrir del relato, y con un resultado final sorprendente e inesperado.

Gracia Armendáriz con el desdoblamiento final de su personaje, entona una idea nada extravagante de que existe un lugar de encuentro con los desaparecidos al alcance de quien se atreva a explorarlo. La memoria, la escritura y la vida que surcan los renglones de esta estupenda novela tienen ese alcance metafórico, el mismo que el narrador se concede: sentirse extraviado como un desaparecido.


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