miércoles, 24 de diciembre de 2025
Pasión libresca
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Ramiro Pinilla redivivo
Diría que Las damiselas y el escritor (Tusquets, 2025), la nueva novela de María Bengoa (Bilbao, 1959), se ajusta bien a lo expresado anteriormente por el gran Vila-Matas, un libro arrollador y potente que recrea la vida del escritor Ramiro Pinilla y habla de sus amigas. Bengoa ha sido capaz de encontrar el tono apropiado para escribir un relato emocionante y próximo, capaz de conmovernos por su honestidad y belleza, en el que la memoria, el amor y el duelo coexisten con aire reposado e inteligente, mostrado con una prosa aquilatada en la que el lenguaje se mimetiza asombrosamente con el personaje. Confiesa la autora al final del libro que “la estructura del mismo ha sido difícil, como un rompecabezas hasta el final”. Subraya, además, que eso mismo favorece el que se pueda llevar a cabo una lectura a capas o siguiendo dos vías: la de las entrevistas y la de los diarios.
Entrando ya en sus entresijos, Las damiselas y el escritor tiene mucho de semblanza y homenaje, en su propósito, en torno a la figura literaria de Ramiro Pinilla. Lo hace a través de las voces de las mujeres que lo conocieron y de los diarios de la propia autora, viuda del escritor. Es ella la impulsora de la trama del libro desde el arranque del mismo, al encargar a un joven periodista que lleve a cabo la tarea de entrevistar a las mujeres que pasaron por la vida del escritor. Por medio de estas entrevistas se reconstruyen episodios de la trayectoria vital y literaria de Pinilla, así como de los afectos, de las lealtades y de los malentendidos que generó su personalidad enérgica y carismática. Cada damisela que por aquí aparece aporta su testimonio y, en todos ellos, lo que más se destaca es su figura idealista y discreta. Rehuía de la vida social, pero, sin embargo, era afable en el trato: “Mostraba interés por todas las personas. Tenía una visión singular de las relaciones humanas”, destaca una de ellas.
La novela va conformando en su devenir un mosaico de semblanzas sobre el autor de la trilogía Verdes valles, colinas rojas convertidas en una biografía coral en la que encontramos fragmentos de su memoria, detalles de su manera de entender la vida y de su compromiso literario que van revelando el retrato del escritor, visto por diferentes mujeres, eso sí, de manera parcial e inacabada. Esa misma polifonía revierte en el trabajo del propio periodista, convertido también en personaje y obligado a discernir, a contrastar y a poner en orden las diferentes versiones íntimas que le van llegando tras cada entrevista, algunas contradictorias, otras paradójicas, pero, mayormente, esclarecedoras.
El retrato del biógrafo queda ultimado tras la entrega de los diarios escritos por la viuda que ponen su contrapunto a los relatos anteriores. Y todos ellos, entrevistas y diarios, desvelan y dan a entender que el escritor era un hombre de significados, inconformista y auténtico, un idealista “que sentía debilidad por las causas perdidas”. María Bengoa logra que su novela se encamine a un ejercicio de perspectivas múltiples para conducir al lector a un continuo encantamiento entre lo vivido y evocado, la amistad y los afectos, lo testimonial y lo fabulado en torno al escritor, convirtiendo su relato en una jugosa y emotiva andanza por la memoria de un hombre al que amó, desde el duelo y la pérdida. Su eco conforma el espejo de las palabras de este libro en el que, también, hay suspiros que humanizan a quien los da, y realzan el recuerdo y el valor de su figura.
martes, 9 de diciembre de 2025
Ciudad, memoria y amor
El nuevo libro de la escritora, crítica cultural, narradora y ensayista Mercè Ibarz (Saidí, Huesca, 1954), Una chica en la ciudad (Anagrama, 2025) se afana en descifrar los entresijos de su memoria sentimental sobre Barcelona, una crónica de vivencias y amor que explora historias suyas entrelazadas por las calles y barrios de la ciudad. Es aquí en Barcelona, como espacio afectivo, por donde transcurre el relato, un recorrido personal por sus recuerdos, el de una joven llena de inquietudes que llega a la ciudad en los años setenta, en los últimos coletazos de la dictadura, y se hace escritora. Se afana en remarcar al principio y al final del libro que “las ciudades son sueños”. En esos sueños es donde pone la mirada Ibarz, donde late todo ese sentir experimentado desde su juventud, que perduran con el transcurso de los años, al menos en el recuerdo.
Por eso mismo la ciudad se suma aquí a la memoria, estando muy presente como correlato de vida. Le importa contar con ella, escuchar el latido de la ciudad que marcó y aglutinó todo su devenir, un tiempo excitante de vivencias arrolladoras, de transformaciones, de cultura, de amor y de compromiso generacional. Estos recuerdos se entremezclan con el ambiente en los medios de comunicación en los que trabajó en una segunda etapa de su vida, así como los cambios que se produjeron en todos ellos desde los años 80: “Recordar es un riesgo y un regocijo, piensa esta servidora que evoca a la chica que fue, navegando por el amplio mar de los recuerdos, ciertos y fiables..., recuerdos soñados, olvidados y recuperados, tatuados en la piel y en el corazón”, escribe.
Barcelona es, por tanto, la ciudad que, poco a poco, se hace suya y que decide no abandonar nunca. Confiesa que no dejaría por nada del mundo la ciudad vivida con sus calles y paisajes. Asegura que le debe todo: el amor, la amistad, el oficio, la escritura. Por otro lado, importa resaltar que este libro responde, a su vez, a un lance de partida referido a la muerte de “L.”, el compañero músico y poeta, pareja de la autora, ya fallecido, al que solo conocemos por su letra, cuya ausencia está presente y se deja sentir como elegía amorosa y sentimental, sostenida a lo largo del texto con observación calibrada. A partir de esta realidad, el relato, en toda su extensión, se despliega como una evocación íntima, que es también, testimonio de duelo y amor compartido. Se apoya, para enaltecerlo, en la contundente frase que cita de Simone Weil: «El amor no es un consuelo, es luz». Y en esta otra de Emily Dickinson, más rotunda todavía: «Amar es más sólido que vivir».
Eso es lo que hace Ibarz con este libro, poner valor y sentido a su obra escrita, con contención expresiva, elegancia y verdad. Constato que Una chica en la ciudad es una buena prueba de que la autoficción sigue siendo un instrumento tan válido como fructífero para interpretar el presente y su encaje con el pasado y, a su vez, para comprender la realidad menos benévola donde hacer acopio de la experiencia humana y sus pérdidas.
jueves, 4 de diciembre de 2025
Fatalidad ininterrumpida
En su estreno literario, Luisa Máñez (Valencia, 1979) explora esta idea clásica de destino y fatalidad por medio de un relato despiadado, en el que campea de forma imparable la adversidad de los designios de una estirpe familiar. Escicha (Talentura, 2025) es una novela en la que los seres que la habitan zamarrean sin pausa sus desdichas desatadas, con violencia, presos de sus infortunios y enojos. Cada personaje que por aquí transita muestra su cono de sombra reconocible. Precisamente, uno de los mayores poderes de la literatura consiste en mostrar esa capacidad de percibir las negruras y desafíos que copan el vivir de los personajes que pueblan sus páginas. Aquí se atisba con silencios, con imágenes, con arrebatos y dolor.
En esta historia tan cruda y terrible, “en una aldea de la que se fueron hasta los perros”, dentro de un cortijo perdido de La Mancha denominado El Agua Vieja, la venganza y la inquina no cesan. Aquí no se concibe la vida que vive su gente si no llevan a cabo su andanza de desquite, gestada desde la propia alcoba. Ese lugar imaginario por donde transcurre la novela es más un viento que sopla calamidad que una tierra prometida, un viento trasnochado que exaspera las turbulencias de quienes habitan la intimidad de sus cuartos y les obligan a sopesar un fatalismo presentido. El pulso narrativo que Luisa Máñez imprime a su prosa seca y punzante va imponiendo la deriva y el desenlace trágico de su trama afilada en arrojo, fuerza y violencia, conforme a la verdad poética de lucha y supervivencia que esgrime.
Graciana y Severo son protagonistas de sus infortunios y miserias. Por estas tierras la desdicha es pronunciada “escicha”, como si el lugareño escupiera un mal ajeno. En ambos personajes hay desesperación, refriegas y padecimientos que dejan a la intemperie su inquina. Esta anomalía da impulso al hecho narrativo de empujarlos de un lado para otro. Cada uno involucrado hasta que el destino cumpla su fatídica tarea. Graciana, a su vez, lidia con los cabos sueltos de los demás, es quien aglutina ese sometimiento explícito al patriarcado, que tiene marcado como mujer, un dominio amargo al que, con arrojo, se enfrenta. Su rebeldía también funciona como canal de otras voces de antaño y como una fuerza instintiva de liberación, mediante la que visibiliza lo indecible y misterioso: “Fui una muchacha solitaria y tímida: mi madre me inculcó ese carácter esquivo y frío para que nadie pudiera descubrir mi secreto”, confiesa.
Esta novela breve e intensa de Luisa Máñez es un debut sorprendente, que refleja la inquietud, ambigüedad y circunstancias difíciles por las que atraviesan los personajes que la habitan. Porque de lo que trata no es más que de la lucha por la vida de cada uno de ellos. Escicha es una meritoria apuesta literaria que trata de poner voz a personas atrapadas en una existencia hostil e incierta, una historia dura y lacerante que la autora parece haber sacado con punta afilada de su imaginario, un relato, en definitiva, de fatalidad ininterrumpida que araña las tripas.
martes, 2 de diciembre de 2025
Desolladura y larvario
En Herida y ventana encontramos motivos para decir que quien escribe esta historia lo hace porque ya salió del infierno. Y, justamente, por eso, es capaz de escribir y contarnos que la ficción no solo puede aventurarse por el territorio de lo indecible, sino que el testimonio es una buena herramienta narrativa y de análisis. Y si esa herramienta está bien afilada, llega al hueso. Y cuando llega al hueso, la literatura se abre paso. Es lo que le ocurre al protagonista y narrador de esta novela dantesca, emotiva y burlona, que se dispone a llegar al tuétano, sin importarle mostrar que también es un rehén de sus sombras, de sus desolladuras. Con soplos de ironía, trata de explicarse así mismo que todo está en la realidad vivida, y que esa realidad está en uno mismo, como un larvario que no cesa de manifestarse, de reflejar sus síntomas.
Este libro de Fernando Parra toca la piel del lector y la traspasa. Y lo hace de manera intensa. Muchas veces lo hace de forma desgarradora, otras gozosas, apelando al amor, pese al desajuste que provoca una depresión. Así se las gasta el protagonista de esta novela, un profesor de instituto de baja laboral por depresión, dispuesto a relatarnos sus confidencias vitales. Lo hace lejos de su casa, encerrado en el cuarto de una casa de sus abuelos, en un pueblo de la serranía andaluza, ensimismado y rehén de sus sombras, pero con el propósito de liberar esa vida en suspenso que lleva: “A veces –nos cuenta– no resulta fácil discernir hasta qué punto una experiencia fue lo suficientemente traumática como para elevarla a la nobleza y respetabilidad de un libro, como tampoco si ese testimonio, pretendidamente edificante, resulta necesario o útil para la sociedad que lo recibe”.
El encierro se convierte en percutor de su retiro forzoso, lugar propicio donde revisar y liberar la anomalía de su estado. Escrito en primera persona, la novela nos adentra en una crónica en la que el narrador se observa y se disecciona con crudeza, como espejo del propio autor. Consciente de que nadie quiere a un triste a su lado, el protagonista trata de enderezar su relato hacia un punto más cálido que rescate también recuerdos de momentos felices compartidos con su pareja Bea. Conforme avanza la novela, vemos cómo el narrador evoluciona desde su derrotismo y vacío hasta un proceso de reflexión y autoconocimiento, volcado en la escritura del libro, con la idea de conectar y entendérselas con sus seres queridos. Y así lo expresa: “porque necesito que lo lean las personas que amo, porque es mi forma de celebrar su amor y pedir perdón y dejarles algo”.
Conforme se va haciendo más palpable su determinación, nos percatamos de que la narración se convierte en un tránsito íntimo de autoconocimiento y redención, que se evidencia en la manera en que el narrador se mira y se examina con templanza, para intentar recomponerse y encontrar una salida a su desasosiego interior: “Recuperar una vida es volver primero al mundo de las cosas pequeñas”, subraya. Y así podemos resaltar que este viaje introspectivo, tan emocional y arremetido por la memoria, por la propia escritura, alcanza al individuo y a su propio entorno familiar. Este discurrir conforma el fundamento del relato y el sentido de su verdadero impulso narrativo.
Si no tuviera la intención el narrador de decirse así mismo lo que trata de explicar, de entender ese mundo suyo que precisa no solo atención, sino arrojo, no le hubiera valido la pena su proceder. Pero entonces, el narrador hace valer el espíritu de la Divina Comedia, muy presente en su estructura a lo largo del libro, para dejar ver que toda vida es un tránsito que conlleva aprendizaje, un deambular sobre el presente y el pasado de la propia filosofía mundana que desborda nuestra patente insuficiencia, marcada por las heridas que vamos acumulando en el transcurso de nuestras vidas, vida que es más grande que nosotros mismos, y, justamente por eso, ofrece ventanas que nos permiten escapar de todo aquello que nos perturba.




















