lunes, 12 de enero de 2026

Entre piel y pelaje


La elección de una lectura es un proceso azaroso, tan personal como heterogéneo. El imán puede llegarnos por el título sugerente de la propia obra, por el hallazgo de una voz nueva o la lealtad a un autor ya conocido y que nos gusta mucho. Nos dejamos persuadir por la arquitectura de los personajes, la estética del lenguaje, ya sea por su lirismo o su sencillez y, cómo no, por ese gancho instintivo de las primeras líneas del texto. Sin embargo, el flechazo literario del hallazgo rara vez proviene de un único elemento, sino de la confluencia de varios: la trama y su pulso narrativo, a la que se añade nuestra curiosidad y estado de ánimo, que también cuenta, de igual manera que la recomendación oportuna de un amigo nos vale para determinar que un libro se posicione favorablemente para tratar de conquistarnos.

Ya dispuestos con el libro entre manos, dejamos que nuestro detector de ideas interno impulse su lectura y se active al instante. Porque bien sabemos que los escritores parece que viven con el detector literario siempre activado. Saltará la alarma en su interior en cuanto tropiecen con una idea con posibilidades. Ideas que pueden convertirse en obra literaria de muchas maneras. Vale cualquier chispa potencial, ya surja de un paisaje, de una charla trivial con un vecino, de la misma rutina diaria o de su mismo interior, invocadas por la memoria. A menudo, esa inspiración brota de la propia intimidad del autor, y hasta de la convivencia con mascotas. Basta con observar la cercanía de estos animales para que el escritor halle un sinfín de sucesos capaces de transformarse en relatos singulares y ecos de vida en los que se exploran las fronteras de lo tangible de la realidad.

Las historias que la madrileña Chelo Sierra reúne en El único animal rozan a menudo lo azaroso e inexplicable. Le basta a la escritora partir de la observación de cómo nos entendemos con los animales para esbozar un buen puñado de vidas en común convertidas en un bestiario íntimo de lo humano que conforman, a su vez, un álbum de intercambios de vivencias en el que el mundo animal y la propia zoología humana comparten identidad, espacio, confluencias vitales y vicisitudes, un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Todos ellos convergen hacia una extrañeza y un núcleo de tensión en el que realidad y ficción se enfrentan en un juego de espejos. De tal manera que todos los seres humanos que por aquí transitan, cada uno a su manera, son el resultado descarnado de su propia parodia de vida.

Pero antes de proseguir, conviene que nos fijemos en el epílogo con que la autora cierra el libro, un texto que lleva como propósito encender nuestra curiosidad lectora, “bajo la apariencia de un nuevo relato”, y desvelarnos los entresijos del instinto creativo de quien lo promueve a la hora de corregir y armar las historias “a punto de salir de su crisálida” para darlas a conocer. Dicho esto, los trece relatos que agrupa El único animal ajustan un buen corolario de relaciones y conductas entre seres humanos y su hábitat. Cada historia revela las conexiones de sus personajes y ese medio ambiente en el que ineludiblemente tiene protagonismo el mundo animal.

En la primera de ellas, bajo el título de El ruido de los pájaros al caer, una pareja de jóvenes emprendedores, consiguen con éxito el sueño de su vida tras sortear todos los contratiempos: construir un hotel rural en plena naturaleza. Pero un ridículo incidente, unido al aleteo exterior de aves agitarán las quejas de los huéspedes y el desconcierto en la pareja. En el siguiente relato, otro de los destacados, una venganza animalista de dos limpiadoras de una multinacional se hace patente en la presentación pública de una crema antiarrugas novedosa y revolucionaria. Podemos afirmar que cada relato del libro exhibe una relación directa con el mundo animal, en mayor o menor medida. Algunos de ellos rozan a menudo lo inexplicable, pero, inesperadamente, nos toca la piel y nos da que pensar y mirarnos a nosotros mismos.

Chelo Sierra, escritora de larga trayectoria, tanto en relato como en novela, con premios importantes en su haber, como el Ramiro Pinilla de novela, instaura en El único animal una estupenda compilación de relatos donde la dimensión psicológica humana alcanza nuevas cotas. Y tiene que ver mucho con la presencia y el protagonismo de ese mundo animal que forma parte de la coexistencia y de la rivalidad de nuestra propia especie, que nos dice tanto con lo que manifiesta como con lo que oculta y solo sugiere. Le anima igualmente a dar rienda suelta a una prosa cargada de ironía y sentido del humor, caracterizada por su naturalidad y fluidez.


En suma, las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen fuera de la lógica y, en ocasiones, conducen al lector a replantearse otros aspectos en los que tenemos mucho que ver con el mundo animal. El único animal contiene esa pulsión y una crítica social añadida, así como una cautivadora reflexión sobre narrar historias, y una defensa de la necesidad de ponerse en lugar del otro para entender que la humanidad es una sola, y todos somos animales que andamos parejos entre piel y pelaje.


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