viernes, 30 de enero de 2026

La vida y la muerte


En cada libro hay algo que, igual que en la vida, oscila y predispone a entendernos con el mundo. Aunque suene a extravagante, muchas veces la gente se comporta como si todos los libros fueran de la misma especie, sin percatarse de que los libros, cada uno a su manera, contrastan entre sí: unos tienen su pelaje particular y otros muestran su desnudez. ¿Qué hace quien lee, en verdad? Pues cabría decir que quien lee descifra, ordena, relaciona, imagina, recuerda, descubre, aprende, duda, piensa, compara, interpreta y también recrea lo escrito. Se lee para soltar amarras, para interpretar el mundo y reconocernos en él y, por supuesto, para sentirnos más reales e interpelarnos.

La voz narrativa de Oxígeno (Alfaguara, 2026), de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) recurre a todo este pálpito lector de indagación en la propia experiencia vital para descifrar, ordenar y entender un episodio traumático cinco años después de ocurrir lo narrado. Lo hace en primera persona, y logra encandilarnos mediante un relato poderoso y verídico, sin tener que recurrir a la épica del sufrimiento, para esclarecer un suceso real sobre la vida, el amor y la muerte, entretejido por el deseo de acometer una historia personal en la que está muy presente la precariedad de la vida y la propia contingencia del mundo. No rehúye en confesar que durante mucho tiempo pensaba que nunca iba a escribir este libro: “¿Por qué? Porque trata de lo que ocurrió, pero yo no lo recuerdo. Durante el punto álgido de la narración, yo estaba inconsciente.”

Oxígeno es un relato breve e intenso de autoficción en el que su autora narra la intoxicación por monóxido de carbono en 2020 que casi acaba con su vida. Parte de un hecho real en el que una fuga de gas en la caldera del piso de alquiler que comparte con su pareja la deja inconsciente y a punto de morir. Ambos son evacuados a tiempo y logran sobrevivir. Marta Jiménez reconstruye con detalles la cefalea, el sopor, el pitido del detector de monóxido y las horas posteriores al suceso, con la sensación de haber estado perdiendo la vida sin saberlo. A partir de ahí el relato despliega un recorrido que abarca pasado y futuro, en el que están presentes la historia sentimental de la pareja, los vínculos familiares, el trauma, la terapia y el lento aprendizaje de vivir con la conciencia de haber rozado la muerte.

Escribir, en su esencia más pura y talentosa, no es un ejercicio de mímesis, sino un acto que refleja la vida consciente de ser vivida: un camino incierto, a tientas, invadido por el vértigo de la duda. Tanto la existencia como la creación literaria se forjan con la misma incertidumbre, en la soledad del individuo que busca su propia voz y sentido. Otras vidas, otros libros, pueden ser conocidos, pero nunca servirán como plantillas para el camino propio. Diría que esta conexión intrínseca entre vida y literatura conforma la médula espinal de Oxígeno, una novela que confirma que toda creación que aspira a ser relevante se convierte, por necesidad, en metaliteraria.

Así como reflexionar sobre la vida es no apartarse de vivirla, pensar sobre la literatura y escribirla son actos inseparables y simultáneos, como deja dicho la autora: “La escritura tiene una dualidad seductora: uno está más presente que nunca y al mismo tiempo deja de existir. No hay modo de escribir que no pase por estar completamente presente, y a la vez uno está ajeno a la realidad que lo rodea, el mundo no existe, solo existe el texto”. Marta Jiménez llega incluso a entrevistar al equipo de emergencias que le atendió para rellenar los vacíos de su memoria, buscando alumbrar y dar autenticidad a un texto concebido más a lo literario que a lo documental.


Decía Ribeyro que para escribir no veía necesario salir a buscar aventuras, pues consideraba que la vida, nuestra vida, era la única, la más y grande aventura. No me cabe duda que estas palabras del escritor peruano encuentran cobijo y asentimiento en este libro de Marta Jiménez, cuyo valor literario reside en su capacidad para transformar una experiencia traumática en un relato preciso y reflexivo sobre la utilidad de la literatura para procesar lo imprevisible de lo cotidiano y dar sentido al caos, a “qué vino primero y qué después. Y, sobre todo, “cómo recordarlo”, tal como lo escribe.

Por todo esto, y la calidez del relato, merece la pena leer Oxígeno, un libro dispuesto bajo una destilación narrativa honesta que trasciende y convierte en literatura una experiencia límite real con un lenguaje íntimo y directo en el que la escritura y la vida se entrelazan al máximo, un testimonio que confirma que las palabras son el verdadero germen que pone valor y sentido a la obra escrita.


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