domingo, 2 de noviembre de 2014

Asuntos propios


El debut literario de Landero, hace veinticinco años, con su novela Juegos de la edad tardía (1989) fue todo un acontecimiento literario que acaparó el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa y pronosticó el inicio de una carrera sólida como novelista que se consagró con la publicación de sus siguientes libros. Si hay algo singular y destacable en la literatura de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) es, sencillamente, definirlo como un escritor que se hace querer, un novelista que te hace sentir como si fuera alguien cercano al que conoces de toda la vida.

Con El balcón en invierno (Tusquets, 2014) esa sensación se acrecienta, porque en esta ocasión el escritor extremeño se presenta con un hermoso relato autobiográfico para contarnos cómo el hijo de un campesino resurge y se convierte en escritor, una metamorfosis complicada para un joven díscolo que detesta convertirse en abogado para disgusto de un padre exigente que se empeñó mientras pudo en la tarea de lograr que su vástago fuera un hombre de provecho.

Landero ha escrito una novela que acredita su solvencia como narrador y, en este caso, sobreponiéndose al desengaño de una incipiente novela fallida que le conduce al cauce de otra novela que, como subraya el propio escritor, no tuvo que ir a buscarla, le salió del corazón porque todo estaba en su memoria, esperando el resurgir. De un atasco narrativo, de una novela de jubilado que llevaba entre manos, Landero aflora otra historia natural de su pasado que, tengo que confesarlo, encandila por su tono contenido y su excelente prosa.

El balcón en invierno es una novela de hechos verídicos que depara en una crónica familiar bella y libresca, estructura en dieciocho capítulos que saltan en el tiempo, desde los orígenes en el campo del narrador, hasta la decisión de dedicarse a escribir a sus veintiún años, gracias al logro azaroso del descubrimiento de la literatura. Cuenta Luis Landero que, a pesar de que en la casa de sus padres la presencia de los libros era inexistente, muchas narraciones orales de su abuela Francisca, pastora analfabeta, le contagió el germen de la fantasía y el gusto por el lenguaje. De ese asombro, resalta, salí pertrechado para ser escritor. Por los derroteros de la memoria, del autoexamen y de la confesión, el narrador nos asombra con sus vaivenes laborales: mozo de ultramarinos, empleado en un taller mecánico, oficinista en una fábrica de leche y artista de la guitarra; todo esto, antes de dedicarse a la enseñanza y abrazar su verdadera vocación: la literatura.

Desde el barandal de un balcón, la mirada tiene otra perspectiva. Cuando te asomas, la vida recobra detalles que sirven al narrador para pintarnos un fresco colorista y melancólico de su pasado y del presente, sobrepuesto a una crisis de bloqueo creativo, como si la vida y la literatura se fusionaran en un solo espíritu. Este libro último de Landero forma parte de su producción más literaria y el mérito radica en su magisterio estilístico, servido con emoción atemperada y con los ingredientes de humor y melancolía justos para que la trama narrativa conduzca al lector, sin sobresaltos, por ese mundo novelesco que el narrador exhibe.

Luis Landero ha escrito una novela hipnótica, nacida desde el corazón y con la sutileza de tratar de que ese “yo” no se note demasiado, con la maestría de narrar pasajes calcados de la propia historia y otros reconstruidos desde la evocación y la memoria; un libro delicioso que festeja la nueva etapa de jubilación de su autor y que se aúpa brillantemente entre lo mejor de su cosecha.

En resumidas cuentas, El balcón en invierno es una epifanía literaria que no hay que dejar pasar en vano y que viene a decirnos que contar da sentido a la vida, y mucho más cuando se trata de asuntos propios tan bien escritos como los que atesoran sus páginas.