jueves, 20 de noviembre de 2014

El dinero lo es todo


Un buen principio de un libro debe tener la fuerza de un hacha bien arrojada y la voluntad de un apache: ser capaz de empujar a la novela a su mejor destino, y caer con la brutalidad de un zarpazo en el pecho del lector. Con El país del dinero (Algaida, 2012), Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) cumple con este requisito imprescindible para atrapar sin demora al lector y, como buen guerrerero de las letras, da su primer golpe de efecto con un arranque donde los enredos del amor tienen su analogía con el dinero porque marcan su precio e irremediablemente el pago por ello.

Cuando el escritor vasco acechó la idea de escribir una novela sobre los negocios inmobiliarios, acababa de publicar Casi inocentes (2004). Eran tiempos de bonanza económica y todavía subyacía en la sociedad el boom de la construcción, ese camino engañoso hacia una vida mejor que arrastró a tantos ingenuos y codiciosos en igual proporción, sin atisbo de que todo se derrumbaría de manera fulminante después. Confiesa Pedro Ugarte que cuando en 2008 apareció la novela de Isaac Rosas, El país del miedo, le dio mucha rabia porque barajaba ese título, aunque El país del dinero, ganadora del V Premio Logroño de Novela, en verdad, ya llevaba el miedo intrínseco en el título.

El país del dinero es una historia cargada de reflexiones que desgrana algunas claves de la codicia y además narra un trasunto amoroso protagonizado por Simón López de Chávarri, un descendiente de una familia adinerada e industrial de Vizcaya, su amigo Jorge, abogado, nacido en una familia pudiente, pero venida a menos, y una amiga de ambos, Sharon, mujer frágil y vulnerable que esconde un terrible secreto familiar. Simón y Jorge se enfrascan en una aventura empresarial donde los chanchullos inmobiliarios y los amaños políticos en recalificaciones del suelo se suceden impunemente, hasta que se pincha la burbuja y los destinos de ambos cambian drásticamente.

Esta novela de Pedro Ugarte, narrada en primera persona por Jorge, un anclaje utilizado por el escritor bilbaíno en otras novelas suyas y en muchos otros cuentos, presenta equidistancias entre otros protagonistas literarios precedentes como Rubén Bertomeu, personaje de la novela Crematorio, de Rafael Chirbes, un especulador ominoso, cínico e implacable, o como John Self aquel antihéroe adictivo de la novela de Martin Amis, Dinero, un hombre cegado por su codicia. El Jorge de El país del dinero es un prototipo de hombre ambicioso y sentimental que tiene sus límites, menos nocivo y corrosivo que tipos como Self y Bertomeu, insaciables y sin escrúpulos.

El germen de esta obra de Ugarte hay que buscarlo en la obsesión por el enriquecimiento. El dinero representa un papel alegórico como modelo y cauce del comportamiento de las personas, más allá de la vida sentimental. El país del dinero, por otra parte, concita a reflexionar sobre la realidad política de España. Quiero sospechar que el relato del escritor vizcaíno deja algunos cabos sueltos para que el lector reescriba lo que proceda acerca de las razones magnéticas y perniciosas del dinero, porque a lo mejor resuelve lo mismo que subrayó Dostoievski: “el dinero lo es todo”.

El país del dinero es una metáfora social, una tentativa literaria de narrar la podredumbre del dinero, sus alianzas insospechadas, su fatalidad. Pedro Ugarte ha escrito una novela decorosa y amena, de prosa ágil y ritmo galopante que evidencia sus buenas dotes de narrador curtido, un libro que contiene meritorias páginas reflexivas y lúcidas cuyas resonancias morales se hacen eco en la actualidad política de nuestro país, un texto publicado hace dos años que sigue dando pistas sobre la trama oculta del dinero ilícito y que confirma que no hay riqueza inocente posible.