martes, 10 de febrero de 2015

No todo es saber

Siempre ando al acecho de las publicaciones aforísticas que se suceden. Me gusta rastrear por los cauces editoriales en busca de novedades sobre este género literario tan particular y sorprendente que cuenta cada vez con más adeptos y seguidores entusiastas por el lado de la lectura, como afines en el bando de la escritura. Lo último que ha acaparado mi interés, aunque llegó con retraso, es el libro Por si acaso (Espasa, 2014), un compendio de reflexiones e ideas bajo la forma breve del aforismo, en esa línea fronteriza entre la literatura y la filosofía que abarca la prosa de pensamiento y el micro ensayo.

Para Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949), catedrático de Metafísica, que fue fraile antes que profesor y ministro, su nombramiento político no le supuso un menoscabo a los dos puntales de su verdadera vocación: la enseñanza y la escritura, sino que fue una travesía de poco más de dos años que le aportó experiencia y estímulo para continuar vinculado a la universidad y al oficio de escribir. Los casi 1200 aforismos reunidos en esta obra vienen a conformar la verdadera filosofía de su pensamiento y su sentido de la vida, aunque Gabilondo está más interesado en adoptar en sus máximas y mínimas, como le gusta nombrarlas, una forma descriptiva, más que imprimir un carácter prescriptivo. Al fin y al cabo, su interés es más de aprendizaje y búsqueda, que didáctico. No es tanto el enunciar un sentir individual en cada uno de sus pensamientos, como en recurrir a la verdad universal, esa que a todos nos ocupa. Es estar más implicado en el razonamiento colectivo, sin negar, ni renunciar al sujeto singular en su momento preciso.

Por si acaso es un texto fragmentario abierto al rescate y al razonamiento, frases encadenadas que parecen formar bloques, como si combinaran intencionadamente unas con otras; un libro que aporta ideas con vocación de permanecer en el pensamiento de quien lo lea, para seguir dialogando, una apuesta propia del autor que entiende la esencia del aforismo como alumbramiento que ha de propagarse. La escritura aforística guarda bastante relación con la literatura autobiográfica y diarística. En realidad, quien practica el aforismo se retrata de alguna manera y revela muchos rasgos de su personalidad y talante:

Si nos falta la palabra, no nos encontramos.
Cuando era niño no tenía probablemente infancia. Ahora sí.
Hay que procurar que coincida la muerte con el fallecimiento.
Tú te fuiste y yo que quedé ido.
Nos pasamos la vida tratando de aprender a vivirla.
Ser preciso es una forma de generosidad.
Es importante aprender que no todo es saber.
No leer es una forma de ceguera.
A veces, el peor de los naufragios sucede en tierra firme.
A oscuras todo cambia de tamaño.
Las casas con libros nunca están del todo deshabitadas.
Cuando sabemos que creemos, creemos que sabemos.

Como todo buen aforista, Gabilondo deja espacios libres para que el buen lector los llene a su manera o cuestione su tronío. Por si acaso configura un bloque compacto de pensamientos, esbozos y hallazgos vitales que deja la estela filosófica de un hombre comprometido con el saber, la conciencia de vivir y la transformación del hombre. Contiene más rebeldía que sosiego, más pellizcos que caricias, más reflexión que elocuencia. Las máximas y mínimas de Ángel Gabilondo no están concebidas como un catálogo de sabiduría, ni un recetario para salvarnos, sino que el empeño, nada pretencioso, va en otra dirección y viene a decir que si son máximas podían ser mínimas pero, en ambos casos, no para olvidarse de la vida, sino para cuestionarla mejor.

No todo consiste en saber y, como apostilla Ramón Éder, un maestro vivo del género, cuando el aforismo es bueno, es una frase feliz, es una verdad irónica, es filosofía cristalizada. Por si acaso tiene que ver con todo esto y más.