viernes, 20 de febrero de 2015

Una educación


Bajo este epígrafe y con el el seudónimo de Lisboa, Martín Casariego (Madrid, 1962) presentó su obra El juego sigue sin mí al Premio de Novela Café Gijón 2014, una historia de aprendizaje a la que el jurado del certamen le otorgó el galardón valorando la escritura fluída del autor y la tensión dramática desplegada en la novela.

El juego sin mí (Siruela, 2015) es una novela de iniciación que tiene de protagonista a Ismael, el narrador, un chico de trece años que arrastra problemas académicos en el colegio. Sus padres deciden ponerle de refuerzo a sus estudios un profesor particular, de nombre Rai, que es un compañero del Instituto, mayor que él, un joven especial que se convertirá en faro y guía para el adolescente. Rai, un chico carismático y misterioso de dieciocho años, se estrena en su nuevo cometido ofreciendo un pacto a Ismael para que en las clases se hable de otros asuntos ajenos a las Matemáticas, siempre que éste cumpla con su parte: sacar adelante la asignatura por sus propios medios.

Martín Casariego tiene el claro propósito de presentar una novela con gancho para jóvenes y adultos y, para ello, se vale de un personaje atractivo, con luces y sombras. Rai es todo un ídolo entre sus colegas y un alumno muy respetado en clase, además no se amedranta ante los cabecillas abusadores de otras aulas, pero en su interior hay mucha pesadumbre oculta. Sobrelleva como puede su tormento. Perdió a su madre al nacer y sólo encuentra consuelo para ese vacío acercándose a los libros que ella leía, las películas que veía y las canciones que adoraba. Solo de esa manera se alivia de tan larga orfandad. Casariego se vale del artificio literario de poner voz a Ismael, el narrador, ya adulto, con veintitrés años, para contar sus peripecias durante el tiempo que permaneció junto a Rai entre los trece y los catorce años, un período vertiginoso y conflictivo, de rebeldía entre la eduación académica y la sentimental. La trama aparece ambientada en el momento presente y no rehuye los problemas actuales: la dependencia de las redes sociales, el acoso escolar, la pornografía infantil o los miedos de los padres a la adolescencia de sus hijos. Ismael va relatando aquellos años de aprendizaje, dejando al lector intensos diálogos, en un marco generacional en el que la adolescencia es efervescencia pura, una etapa sentimental donde, entre sus horas fértiles y de felicidad, también surge el dolor y la traición de algunos compañeros de viaje.

El juego sin mí es un libro lleno de referencias culturales e inquietudes artísticas. Nombres como Leopardi, Kawabata, Goethe, Camus o Cioran transitan entre sus páginas, así como evocaciones sobre obras literarias: Moby Dick, Pedro Páramo, El túnel..., bajo la música de Lou Reed, Elton John o David Bowie y los recuerdos de míticas películas como El ángel azul, Quadrophenia, Verano del 42 y la serie televisiva de Hombre rico, hombre pobre. El juego sigue sin mí conduce al lector a un cruce de camino entre la adolescencia y la madurez, con la promesa de escuchar secretos personales mezclados con resonancias literarias, un recurso estilístico que viene a postular que la vida y la ficción se parecen mucho, más de lo que la gente suele creer.

Martín Casariego ha escrito una novela emocionante y entretenida, una historia que lleva al lector en volandas, gracias a su ritmo ágil y a su prosa directa que fluye sin pausa a lo largo de sus más de doscientas páginas. Si tuviera que constreñir la esencia de este libro recurriría a las propias palabras del narrador que viene a decir en diferentes episodios del relato que la vida no trata de no caer, sino de cómo levantarse y sobreponerse.

En definitiva, El juego sigue sin mí es una historia de aparente sencillez que conmueve por lo que cuentan y viven sus protagonistas, un libro con mucho espíritu romántico y existencialista que saca a la luz temas tan capitales como el dolor, el amor y el suicidio, tres asuntos latentes a lo largo de esta meritoria novela.