domingo, 19 de febrero de 2017

Escuchar a los otros

Estamos siempre convocados a narrar, decía Piglia. De siempre se han contado historias y se seguirá haciendo. La literatura se ocupa de que nunca falte ese cauce, y si pensamos en su futuro persistirá por siempre, porque para eso están los cuentos y las novelas, para enseñarnos la complejidad del mundo, no desde el exterior, sino a través de los ojos de sus protagonistas que viven en ese mundo para contarnos algún secreto. Narrar historias, en definitiva, es el gran modo de intercambiar experiencias entre nuestros congéneres. “Los lectores y los autores”, como afirma el nobel Orhan Pamuk, “reconocen y están de acuerdo en el hecho de que las novelas no son imaginarias por completo, ni tampoco están basadas en hechos reales por completo”.

Podemos suponer que Rachel Cusk (Toronto, 1967) comparte en su totalidad estas revelaciones de los novelistas citados. Sin embargo, lo que le interesa a la escritora canadiense es poner de manifiesto que un buen narrador, además, no sólo es el que propone el sentimiento de la experiencia, sino, sobre todo, quien es capaz de transmitir al otro esa emoción necesaria e imprescindible que exige toda ficción. En 2014, escribió Outline, una novela que obtuvo diferentes reconocimientos literarios en Gran Bretaña y en su país de origen, una obra concebida casi por completo para abordar ese interés suyo por contar historias de gente con todas las armas del diálogo y de sus silencios.

El sello Libros del Asteroide acaba de publicar hace poco esta original novela de la norteamericana con el título A contraluz (2016), bajo la traducción de Marta Alcaraz, una obra, como destaca en grande la faja que acompaña al libro, sobre cómo nos contamos historias y tejemos el relato de nuestras vidas. Este detalle, más una ligera ojeada a su interior, sumado al descubrimiento de una nueva autora extranjera, fueron alicientes sobrados para llevarme a casa un ejemplar de esta prometedora novela que, a la postre, me resultó muy provechosa literariamente, más allá de la frescura de su prosa y del discurrir de las conversaciones y de los relatos de las vidas ajenas contadas por sus personajes.

A contraluz es una novela en la que forma y contenido se aúnan a la perfección, gracias al oficio de su autora, capaz de fundirlos para que el lector se acomode sin menoscabo de perder detalles de las confidencias que sus protagonistas refieren sobre sus vidas. El código secreto de esta inteligente novela viene dado por la pericia de la narradora. Ella es la instigadora que inspira a sus interlocutores a que hablen sin cortapisas, a confesarse con naturalidad y confianza sin importarles revelar secretos matrimoniales, errores y fracasos vitales a una recién conocida. La narradora, que apenas habla, pero siempre predispuesta ante ellos como receptora activa de sus confidencias, es una mujer divorciada y escritora, primordialmente novelista, que vive en Londres y que emprende un viaje a Atenas para impartir un seminario de escritura creativa. Hay mucha semejanza con la propia realidad de Cusk, quien comparte la misma profesión e idéntica situación civil, lo que viene a conformar un dueto narrativo intencionado en el que la ficción y la autoficción se complementan armoniosamente.

El libro, bajo el impulso de una voz narrativa en primera persona, está estructurado en diez capítulos en los que se teje una relación de cercanía entre los personajes que van apareciendo y la propia narradora. La gracia de esta relación espontánea que surge entre ellos la pone el papel de médium que adopta Faye, la narradora, un rol de interlocutora casi invisible, casi sin interferir en los monólogos de sus acompañantes, pero si se trata de opinar sobre asuntos candentes, como el matrimonio, no le importa manifestarse irónicamente: “El matrimonio es, entre otras cosas, un sistema de creencias –se apura en matizar–, un relato, y aunque se manifiesta en cosas muy reales, sigue un impulso que, en última instancia, es un misterio”.

Estamos ante una novela ágil y viva que aporta una reflexión variada sobre la naturaleza de las relaciones humanas, sobre la perenne y devastadora distancia que existe entre la gente o, como viene a decir uno de los amigos griegos que transitan por estas páginas, sobre la aversión inevitable que existe entre hombres y mujeres, en la que cada uno trata de sobreponerse de la mejor manera posible con lo que denomina franqueza.

En A contraluz el lector asiste como testigo a la esencia de la literatura, que a su vez es el tema central del libro: contar historias, algo que es lo único que justifica la verdadera razón de ser de la inventiva, de esa convocatoria para narrar que apunta Pamuk y Piglia.

Rachel Cusk firma un libro lleno de literatura y vida, algo que a muchos lectores tanto nos gusta, historias inventadas y verosímiles con alma y carne, y esa es la clave de la tradición narrativa: involucrar al lector para que no escape, seducirlo para que escuche y permanezca fiel a la lectura.