sábado, 6 de abril de 2019

Todo es un decir


El pensamiento breve y, por ende, el aforismo es un género milenario que nació con algo de estatuto, de código o, incluso, de principio. Lo podemos comprobar en las máximas, sentencias y proverbios que ya comenzaron a proliferar en la época clásica de la mano de filósofos griegos y latinos. Ha conservado desde sus orígenes la naturaleza instructiva propia de una escritura deontológica, proclive tanto a la descripción como a la prescripción de normas y reglas, y nunca ha dejado de tener cultivadores a lo largo de la historia de la literatura. El aforismo contemporáneo está alejado en cierta medida del tono grandilocuente, didáctico y moralista de etapas anteriores. Pero conviene resaltar que, aunque ha virado, el compromiso con la reflexión y la verdad, más el añadido del humor, permanecen, siguen estando en su esencia. En definitiva, como afirman algunas voces acreditadas, el aforismo es un género fronterizo entre la poesía y la filosofía.

La publicación de Suma breve (Trea, 2018) viene a constatar no solo el argumento que precede, sino que su autor, Miguel Catalán (Valencia, 1958), escritor y doctor en filosofía con una tesis sobre el pragmatismo clásico, pertenece a esa estirpe de hombres de hoy con el espejo retrovisor bien colocado sobre ese pensamiento clásico que se sustenta en la concentración conceptual. Entre su obra literaria destacan las colecciones de aforismos y textos breves, ahora reunidos en este volumen reciente que abarca toda su producción desde 2001 a 2018, y, por otra parte, un amplio tratado sobre el engaño, la impostura y la mentira titulado Seudología, del cual, y hasta el momento, se ha publicado nueve volúmenes, acreedores de distintos premios de ensayo.

Los enunciados breves de los que se ocupa esta reseña comprenden un mosaico de andanzas y paradojas, textos bienhumorados que comparten estancia con desolaciones. En su mayoría son textos reflexivos y filosóficos extraídos de la realidad cotidiana y de propios pareceres del autor, que corresponden a un hombre atento al devenir de los días por donde transcurre la paradoja y la perplejidad de esto que llamamos vida. Sobre la misma base que decía Unamuno, “nada más fecundo que lo paradójico”, Catalán escruta sus breverías, y vuelve a reforzar la misma idea, apoyándose en esta otra de Oscar Wilde: “El camino de las paradojas es el camino de la verdad”.

Podemos afirmar que ante tanta confluencia terminológica y tanto bucle semántico en torno al aforismo, Catalán se enfrenta a esta abundancia formal a través de la paradoja, un campo que encaja con su manera de entender el mundo y este género literario que para nada se acomoda en un concepto unívoco, y menos cuando se viene a interpretar lo que se cuece en el interior de uno mismo y en el acontecer de las cosas, como se aprecia en este ejemplo: “Hace poco acepté esa creencia tan extendida de que no conviene hacerse demasiadas ilusiones. Ahora solo me falta acertar con la dosis”. O en este otro: “Ya está todo escrito, pero de otra manera”. Tampoco desaprovecha añadir a sus textos más descriptivos la sorpresa de un atisbo risueño, de una dosis de humor: “Siempre fue una mujer coqueta. Se estuvo quitando años hasta llegar a los ochenta; a partir de entonces, empezó a añadírselos”.

En cuanto a su composición, Catalán no se priva de ensanchar el corsé de lo sucinto que encierra el aforismo. En su confección, cuando es preciso, se amplifica y es, por tanto, la amplitud del pensamiento la que determina su margen, y no al revés. A veces, con una sola línea es suficiente, pero en otras muchas, el párrafo se constituye en elemento defensivo y de ataque. Para él, el aforismo no es solo un relámpago o un dardo, también puede ser un trueno extensivo o un juego de razones y perplejidades, lo que en un campo de batalla sería fuego a discreción.

En Suma breve lo mismo encontramos sutilezas, esbozos o sarcasmos como este: “En los buenos tiempos soy epicúreo, en los malos, estoicos”, que amplitud regocijantes en sus reflexiones. Una enorme variedad de registros en un constante batir de alas. Sus aforismos comparten un núcleo ético y existencial que se hacen presentes en casi todas sus epifanías. Todas, bajo el amplio paño que otorga la paradoja, como impulsión del lugar común, nos viene a decir José Montoya Sáenz en el brillante prólogo del libro. La paradoja que se aviene a examinar lo que sucede con las cosas de la vida y sus contradicciones, de las que todo sujeto, como aprendiz permanente de la vida, no se libra.

En este compendio aforístico, todo es un decir, un aire de pensamientos y contrasentidos que van implícitos en esa “quemante luz de verdad” de la que habla su autor, por donde se entrecruzan ingenio y deber, recogimiento y ventanas al mundo, certezas y equívocos, lumbres, consuelo y delicias, con mucho humor y sentido crítico. Miguel Catalán firma un gran libro que depara una fecunda y gozosa lectura.

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