lunes, 29 de abril de 2019

La familia y sus demonios


En todas las familias hay mentiras, y también en el amor y en la amistad, entre otras cosas porque para convivir es necesario que cada cual tenga sus secretos […], y es que en gran parte somos nuestros secretos. El perro su pan escondido, el pájaro su nido, el zorro su cubil, el cura los pecados de sus feligreses, el mandatario los secretos de Estado, los enamorados el trémulo fervor de sus miradas a hurtadillas de los demás. No hay nadie que no se lleve un secreto a la tumba, y no hay mayor gloria para un secreto que morir sin haber sido desvelado”.

Cuando destacamos algunos subrayados de una obra leída, como este que antecede, sacado de la nueva novela de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), Lluvia fina (Tusquets, 2019), marcamos sus epifanías y las señales que despiertan nuestro interés y curiosidad por razones diversas. Nos dan suficientes motivos para pensar en nuestra propia existencia, los justos para no dejar de seguir leyendo, como si se tratara de un viaje sentimental en el tiempo, y de paso, sentirnos próximos al narrador de la historia que nos confía sus secretos y revelaciones de los personajes que viven dentro de ella, gente extraña y, a su vez, muy parecida al mundo que nos rodea. Toda esta pulsión que nos llega, tanto por las palabras, como por las voces y silencios de sus protagonistas, a muchos nos produce un arrebato estimulante que nos obliga a tener bien afilado el lápiz. De alguna manera, en los buenos libros leídos siempre queda el rastro de lo que fuimos.

La escritura de novelas, ese género tan híbrido y excitante, es un arte muy difícil. De hecho, hay tantos detalles que pueden dar al traste con cada una de ellas, que es portentoso que existan tantos libros que han salido airosos en su primera tentativa. Landero es un maestro en ello, un escritor que se dio a conocer con Juegos de la edad tardía (1989), un libro memorable, al que siguieron Caballeros de fortuna (1994), Absolución (2010) y otras novelas como El balcón en invierno (2014) o La vida negociable (2017). Landero es un nombre importante de nuestra narrativa actual, no solo por la destreza y gracia de su escritura, sino por ese don de saber organizar la narración con perspicacia. De la misma manera que para surcar el mar se precisa saber remar, gobernar la embarcación y llevar el timón es algo fundamental, trasladado al arte de novelar es, precisamente ese engranaje lo que da sentido y valor a lo que se concibe como literatura de calidad y, a la vez, de entretenimiento.

Lluvia fina continúa por esa senda tan habitual en Landero. Se trata de una novela trepidante y sombría en la que una reunión familiar que discurre con aparente calma verse alterada hasta convertirse en un río desbordado. ¿Se puede hablar de todo entre los seres queridos? Esta es la pregunta clave que sostiene toda la trama de esta historia familiar. Ningún relato es inocente, y mucho menos todo lo que se cuenta y se esconde en el seno del hogar. Aurora, la esposa de Gabriel, es la narradora de esta novela, conforma el punto de vista y el espejo donde se paran los personajes para hablar de ellos y de los otros, la receptora de sus confidencias y discursos. Será ella el cauce involuntario de una familia donde unos se culpan a otros de sus frustraciones vitales hasta desembocar en un final ominoso de fatales consecuencias. Ellas es la que los escucha.

Gabriel, el hijo más joven de la familia es el que sigue teniendo una buena relación con la madre, y se empeña en reunir a todos para celebrar su octogésimo cumpleaños, invitando a Sonia y Andrea, sus dos hermanas con sus respectivas parejas, con la idea de recomponer sus relaciones que han estado enquistadas durante décadas. En las confesiones que van surgiendo, el lector asiste a un escenario familiar en el que se entrecruzan historias que se desmienten entre sí, y que, a su vez, conforman el hilo de Ariadna por donde cada uno cuenta al interlocutor lo que sabe del otro hasta desmadejar sus resentimientos y frustraciones, provocando que la conversación termine en reproches que nunca se habían echado en cara

Lo que el hermano presuponía de ensayo propicio para limar asperezas, se convertirá en un destrozo familiar inadvertido, en el que todos pondrán de su parte hasta la estampida final en la que cada uno se marcha sin haber limado las asperezas que lo habían mantenido distanciados: una madre autoritaria, empecinada y cruel; una hermana, Andrea, desquiciada por la envidia y el fracaso; otra, Sonia, sobreviviendo al drama de su destino; y desde luego, Gabriel, tan irrelevante e infantil como egoísta.

Cada uno de ellos conforma la historia familiar conjunta, como un palímpsesto, compuesto de capas de narraciones y segundas narraciones por donde todos vierten, polarizan y versionan la verdad de sus vidas. Todos están ahí con sus razones y discordias, y la presencia de cada uno refleja algún resquemor hacia el otro. Todos andan necesitados de un interlocutor para destapar la verdad oculta, el drama de una familia desavenida y maltrecha.

Lluvia fina es otra admirable novela de Landero, un libro que ahonda en el vínculo familiar, ese que aparentemente nunca o casi nunca desaparece en nuestras vidas, al que todos estamos obligados a proteger, pero que, en este caso, al final salta por los aires. Queda una sensación sombría de advertencia final, mediante la que se deduce que siempre es más conveniente no decir todo lo que pensamos de los demás, ya que, en cualquier hogar, la discreción es la única salvaguarda de la convivencia, y la mejor manera de cohesionar la familia se halla más en los silencios que en las conversaciones. Quizás sea así.


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