Pero, a todo esto, conviene no olvidarse de que para que la amistad llegue a buen puerto hay un camino previo que ha debido recorrerse. Esa es la idea que transita por La pasión de los extraños (Galaxia Gutenberg, 2025), de la profesora y filosofa Marina Garcés (Barcelona, 1973), un jugoso ensayo que engrana el horizonte de la amistad con los numerosos términos que la cultura nos ha legado, un libro que se detiene también en el concepto de amistad y su esencia filosófica de aventura, para abordar y explorar de forma esmerada quiénes somos y cómo nos vinculamos con extraños hasta convertirlos en cercanos, confidentes y partícipes de una relación de vida compartida. En toda esta experimentación, subraya la autora, cualquier amistad está atravesada por múltiples reglas, costumbres, rituales, formas y modos de expresarse, sin que haya necesitado de ninguna institución que la regule.
Esta constatación, apunta, no tiene un porqué claro y lleva implícito que “la amistad es un repertorio inacabable de situaciones y de estados afectivos a través de los cuales dos o más personas elaboran un vínculo extraño”. Desvela la escritora que tener amigos surge desde que inventamos amigos imaginarios en la infancia o interactuamos con nuestros juguetes, hasta que envejecemos y nos acompañamos de otra manera. La amistad, viene a decirnos, va mutando con nosotros a lo largo de la vida. Le importa señalar a la pensadora catalana que la amistad nace como un vínculo sin ley establecida en el que nunca ha hecho falta un contrato expreso para tal fin, a diferencia de otros lazos afectivos familiares o laborales. Sostiene, por otro lado, que el tema de los amigos nos ocupa el centro de nuestras preocupaciones y deseos, y más ahora, con las redes sociales “un hecho que no necesita justificaciones”, pero que sí requiere matices.
Para Marina Garcés, la amistad es un espacio que no tiene puertas, sino umbrales. Continúa su necesidad sin apartarse de que una amistad no es una isla, aunque se baste a sí misma, ni tampoco que su sentido principal sea combatir la soledad, aunque sea fértil y generadora de afectos y compañía. Porque lo que importa destacar de ella es que “la amistad no es ni buena ni mala, pero puede hacer mucho bien y mucho daño”. En ella hay un sustento para ensanchar la propia experiencia, el reconocimiento del amigo y, en especial, el desarrollo de una aventura que se vincula a entender nuestro mundo con el mundo del otro y nuestro entorno, como encuentro y estímulo que aspiran al reencuentro: “Las relaciones de amistad se viven para contarnos la vida desde otros puntos de vista”.
Diría que hay algo fascinante en este libro de filosofía de la amistad que lo hace propio y singular, y no es más que su calidez expositiva y su enorme honestidad, capaz de mantenernos atentos y ensimismados en un tratado que viene a destacar esa idea de Foucault, como así se cita en el libro, que plantea «que la amistad no es un tipo de relación, sino una forma de vida». La pasión de los extraños nos concita a buscar respuestas y sentirnos más cerca de pensar también, como dice Marina Garcés, que “la amistad no solo es reparadora o protectora. Es cómica y ridícula hasta el punto de hacer de la risa juntos la expresión de un desafío”. Por aquí transita todo un plano vital de entender la amistad como esencia y visión de una relación que “hace de la extrañeza un encanto y la convierte en una forma de compañía”.