lunes, 31 de marzo de 2025

Tiempo de vida compartida


La vida es esa referencia inacabable a todo lo que nos rodea, esa mirada que se engancha en todos los seres de nuestro entorno, estableciendo con ellos un diálogo, muchas veces silencioso, pero en el que se traduce siempre la asombrosa interdependencia de lo que llamamos existir. Vivimos en un mundo de palabras que buscan lazos de entendimiento. Ese mundo en el que nacemos, no solo es un elemento de comunicación entre los demás, sino que también encauza comportamientos, ideas y acciones en el marco de un conglomerado social apto para que el azar individual establezca contacto con sus semejantes. De esta tentativa, que se nutre de comunicación, surge hacer buenas migas, como paso previo para convertirse en amistad.

Pero, a todo esto, conviene no olvidarse de que para que la amistad llegue a buen puerto hay un camino previo que ha debido recorrerse. Esa es la idea que transita por La pasión de los extraños (Galaxia Gutenberg, 2025), de la profesora y filosofa Marina Garcés (Barcelona, 1973), un jugoso ensayo que engrana el horizonte de la amistad con los numerosos términos que la cultura nos ha legado, un libro que se detiene también en el concepto de amistad y su esencia filosófica de aventura, para abordar y explorar de forma esmerada quiénes somos y cómo nos vinculamos con extraños hasta convertirlos en cercanos, confidentes y partícipes de una relación de vida compartida. En toda esta experimentación, subraya la autora, cualquier amistad está atravesada por múltiples reglas, costumbres, rituales, formas y modos de expresarse, sin que haya necesitado de ninguna institución que la regule.

Esta constatación, apunta, no tiene un porqué claro y lleva implícito que “la amistad es un repertorio inacabable de situaciones y de estados afectivos a través de los cuales dos o más personas elaboran un vínculo extraño”. Desvela la escritora que tener amigos surge desde que inventamos amigos imaginarios en la infancia o interactuamos con nuestros juguetes, hasta que envejecemos y nos acompañamos de otra manera. La amistad, viene a decirnos, va mutando con nosotros a lo largo de la vida. Le importa señalar a la pensadora catalana que la amistad nace como un vínculo sin ley establecida en el que nunca ha hecho falta un contrato expreso para tal fin, a diferencia de otros lazos afectivos familiares o laborales. Sostiene, por otro lado, que el tema de los amigos nos ocupa el centro de nuestras preocupaciones y deseos, y más ahora, con las redes sociales “un hecho que no necesita justificaciones”, pero que sí requiere matices.

Para Marina Garcés, la amistad es un espacio que no tiene puertas, sino umbrales. Continúa su necesidad sin apartarse de que una amistad no es una isla, aunque se baste a sí misma, ni tampoco que su sentido principal sea combatir la soledad, aunque sea fértil y generadora de afectos y compañía. Porque lo que importa destacar de ella es que “la amistad no es ni buena ni mala, pero puede hacer mucho bien y mucho daño”. En ella hay un sustento para ensanchar la propia experiencia, el reconocimiento del amigo y, en especial, el desarrollo de una aventura que se vincula a entender nuestro mundo con el mundo del otro y nuestro entorno, como encuentro y estímulo que aspiran al reencuentro: “Las relaciones de amistad se viven para contarnos la vida desde otros puntos de vista”.

Diría que hay algo fascinante en este libro de filosofía de la amistad que lo hace propio y singular, y no es más que su calidez expositiva y su enorme honestidad, capaz de mantenernos atentos y ensimismados en un tratado que viene a destacar esa idea de Foucault, como así se cita en el libro, que plantea «que la amistad no es un tipo de relación, sino una forma de vida». La pasión de los extraños nos concita a buscar respuestas y sentirnos más cerca de pensar también, como dice Marina Garcés, que “la amistad no solo es reparadora o protectora. Es cómica y ridícula hasta el punto de hacer de la risa juntos la expresión de un desafío”. Por aquí transita todo un plano vital de entender la amistad como esencia y visión de una relación que “hace de la extrañeza un encanto y la convierte en una forma de compañía”.


La pasión de los extraños, hermoso título, conforma un memorial perspicaz y reflexivo que pone en valor la amistad como incentivo de habitar el mundo y de existir para los demás, desde la experiencia vital de entenderla “como conciencia compartida de la soledad”. Se trata de un texto que invita constantemente al subrayado, con un buen bagaje de referencias a otras lecturas y al intento de dar respuesta a unas preguntas que, muchas veces nos inquietan, un manuscrito que toca de cerca el sentido de la amistad y que apela al regocijo de aprovechar mejor su repertorio y singularidad. Un libro, en suma, inteligente y de vuelo filosófico, que se lee con fluidez, y que dice mucho sobre el arte de vivir y de entender la amistad como mérito existencial, como tiempo de vida compartido.

jueves, 20 de marzo de 2025

Variedades por lo breve


Se podría llegar a una conclusión universal de que el aforismo es un género que impregna la vida cotidiana, no solamente por lo que extrae de ella en su forma breve, sino, especialmente, por el pensamiento y la veracidad que es capaz de sacar de la misma para ponerla en entredicho. La levedad y gracia del aforismo está, precisamente en eso, en provocar y evocar un destello que despliegue su chispa y lucidez, a modo de un breve esbozo que tenga que ver con lo cotidiano que nos rodea, que dé motivos para sorprendernos o desconcertarnos, que combine, en definitiva, sabiduría de la vida, concisión y agudeza. Es curioso observar cómo, muchas veces, rondan por nuestras cabezas destellos propios de naturaleza sentenciosa, enunciados propios que tienden a encerrar una idea completa y autosuficiente que nos revelan algo propio y, al mismo tiempo, insólito de la realidad del día a día.

La obra y vida de Rafael Pérez Estrada (Málaga, 1934 - 2000) se corresponden con el retrato de un escritor cuyo imaginario literario, desde el aforismo, hasta la novela, desde su menudeo vanguardista de aquellos años sesenta, hasta la crónica emotiva de su enfermedad que trasladó en Diario de un tiempo difícil. Podemos afirmar que toda ella irrumpe en el compromiso de un autor con la imaginación, con la belleza, la utopía y, desde luego, con la libertad creativa para acercarnos a la realidad cotidiana y descubrir sus entresijos. El mejor ejemplo de este compromiso veraz y decidido, lo encontramos en sus aforismos. En estas brevedades encuentra un campo abierto, lleno de posibilidades, en el que desarrollar su práctica de la vida, por medio de la frase feliz y el pensamiento incisivo, para convertir su pasión por lo breve en uno de los pilares de su poética.

Los aforismos de Rafael Pérez Estrada, como subraya Vicente Luis Mora en el prólogo de esta estupenda edición recién publicada de sus Breverías completas (Galaxia Gutenberg, 2025) «revelan una personalidad arrolladora, aguda y desopilante, capaz siempre de decir la phrase juste en el momento exacto, y esa capacidad ingeniosa de síntesis». Me sumo a este pálpito descrito, y añado que aquí hay material suficientemente expresivo de destellos de lucidez capaz de refundir ideas, paradojas y vislumbres sobre verdades apremiantes o reticentes con las que su autor despliega una síntesis indagatoria, con cierto equipaje meditativo y lírico, que no esconde esa necesidad de sondeo que quiere encontrar sentido y alcance, utilizando palabras ajustadas para dar qué pensar.

Le importa mucho a Pérez Estrada destacar que el aforismo es un material expresivo contradictorio, un género propenso a disquisiciones, maleable, que da pie a una etimología donde se hospedan intensiones hondas y juegos verbales, como muestran estos aforismos extraídos del libro: El incienso es el desodorante de la religión; El origen de la niebla está en el pensamiento; Erótica: Todo poro es dilatable; Al planear se hace místico el pájaro; Detrás del espejo, el «otro» intenta desvelarnos el misterio... Por otro lado, encontramos en muchos de ellos ese afán suyo de escritor por contarnos con humor y tino cómo lo que salta a la vista está oculto. En estos tres ejemplos nos percatamos de ello: No se puede salir con las palabras, siempre te comprometen; Lo lógico es el silogismo; lo divertido, el sofisma; Saberse vulnerable es un estado de conciencia infrecuente.

Los aforismos de Pérez Estrada ofrecen una extensa variedad de perspectivas. Invitan a ser leídos, más que con la cabeza y el corazón, como diría Nabokov, «con la espalda, con ese lugar entre los omoplatos donde alguna vez tuvimos alas». Describen desde todos los ángulos y alturas, y someten al lector a una perplejidad de la realidad multiplicada con miradas que se entrecruzan. Le gusta tomar atajos a través de la greguería, como forma espontánea de organizar el lenguaje de su pensamiento, como así muestran estos aforismos suyos: Acuarela es el arte de hacer malabarismos con el arco iris; En el vértigo encuentra su eco el pájaro; El coral sufre de bronquitis; La nube es el alma del algodón.


Aquí se halla recogida toda la escritura aforística de Rafael Pérez Estrada que publicó entre 1985 y 1992. Un estupendo repertorio minimalista de gozosa lectura, agrupado en temáticas donde encontramos a un autor de ilimitada imaginación y desparpajo, en cuya obra confluyen el pensamiento poético, entre vanguardia y breverías surrealistas.

En resumidas cuentas, este es un libro de abundante luz para hacer un recorrido provechoso por esa amplia parcela de miniaturas que su autor desplegó con tanto tino y gracia, apto, no solo para entusiastas del género, sino, también, para lectores curiosos que andan en busca de atención y lectura de lo escueto.


miércoles, 12 de marzo de 2025

Memoria avivada


Conviene no olvidarse de que la literatura, en cualquiera de sus géneros, siempre es una cuestión de punto de vista. No hay tema que se repita si se cuenta de otro modo. Por eso mismo, lo importante de la confesión que expone la escritura autobiográfica no es tanto validar que lo que se cuenta es verdadero, como destacar el funcionamiento de dicha confesión en el artefacto narrativo, como subraya el escritor uruguayo Sergio Blanco, esto es, «la forma como opera y se articula la historia que se cuenta». En otras palabras, el narrador autobiográfico, como apunta Manuel Alberca, pide al lector que confíe en él, que le crea, porque se compromete a contarle la verdad de su vida tal como la ha memorizado y así la traslada al texto, siendo consciente de que lo escrito «lo va a poner a prueba» frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo.

En Una historial particular (Alfaguara, 2024), Manuel Vicent (Vilavella, Castellón, 1936) acomete un relato autobiográfico, que es también un retrato de toda una generación, una crónica implícita del siglo XX, en la que se constata que estamos hechos de recuerdos y de silencios, de experiencia y memoria. La prosa de la vida está aquí impregnada de historias propias, a través de una mirada perspicaz, evocadora y genuina de un autor de semántica tallada como es su escritura, en línea estilística con Azorín, su escritor predilecto. Para Vicent, la memoria no mira hacia atrás ni hacia adelante; mira simplemente al tiempo. La memoria de la que está hecha este libro no pretende repetir lo vivido, sino interpretarlo, interpelarlo. Deja ver que, quizá, lo que aquí va a encontrar el lector es que quien recuerda no debe olvidar que está interpretando su legado, que se está interpretando a sí mismo.

Ya en el prólogo deja dicho que solo le gusta contar lo que ha visto, lo que ha conocido y los sucesos que ha presenciado: “Pero, sin duda, a la hora de escribir lo más inquietante es lo que uno tenía sumergido en la memoria, tal vez en el inconsciente”. Es eso lo que le seduce, lo que esconde la memoria y no salta a la vista, pendiente de desvelar: “Cada historia particular –escribe– está compuesta por un millón de nudos a merced del azar”. El escritor sabe que el pasado está abierto y desde ese pasado que no está clausurado nos habla de su infancia, juventud y madurez, de lo importante que para él han sido siempre los libros, como así deja dicho: “Hace ya mucho tiempo que tuve conciencia de que leer y comer son dos formas de alimentarse y también de sobrevivir”. Tampoco se olvida del cine. Su afición al séptimo arte, confiesa, siempre nutrió su imaginación.

Su actitud literaria queda explícita en el libro, y no es otra que fijarse en los detalles y abordarlos de forma evocadora, sin tratar de discernir lo auténtico de lo ficticio, valiéndose de una prosa sencilla y diáfana. Vicent, tanto en las columnas que escribe en El País, como en sus libros, se decanta por la fuerza vital de su estilo, provisto de esa inteligencia e intuición afilada de mirar tan suya, y no solo sobre lo que está pasando ahora mismo, sino que mira un poco escéptico hacia dentro, hacia lo que pasa cuando la gente no ve lo que está pasando, sin tener que abandonar esa ironía que tan bien domina. Ahora toca contar aquí qué fue su vida, sus trasiegos y avatares, sus buenos momentos y sus decepciones humanas y políticas, sus muchas lecturas, desde Baroja a su celebrado Azorín, desde Sartre a Grahan Greene, Ortega y Gasset, Camus o a lectura de Joyce a trompicones, acompañado de vinilos de música de jazz.

Sobre sus influencias, podríamos atenernos a lo que decía Azorín sobre la particularidad de las influencias literarias: «¿Quién podrá conocer y explicar todas las influencias que obran sobre el escritor? Influye el escritor en el escritor; influyen las obras en las obras; influyen las cosas». Vicent nos acerca a sus lecturas memorables, a su mundo libresco para que el lector repare en sus gustos y descubra a los autores clásicos que desde su juventud más emociones literarias le inculcaron: Montaigne, Dostoievski, Tolstoi, Flaubert, Virgilio, Dante, Borges, sin olvidarse de Azorín. Para el escritor castellonense, la escritura es voluntad y es imaginación. Por eso mismo, entiende que la memoria es una invención permanente.

En verdad, no hay placer más gratificante e inmenso para un lector que acometer una obra bien concebida, abordada desde la honestidad y escrita con total solvencia. En Una historia particular fisgoneamos tras la puerta del alma de un hombre que a la altura de su edad pone en valor sus vivencias, con pasajes novelados de su vida, de sus perros y de sus coches, unidos al lance de su oficio de escritor, sin nostalgia, tan solo con una cierta melancolía, con la voluntad de resaltar aquello que dice Annie Ernaux: «La memoria es un proceso en curso de escritura».


Poco más que decir de este estupendo libro, una autobiografía llena de jugosos episodios y anécdotas. Manuel Vicent muestra su talento de hábil cronista, de radical libre con instinto de conversación, que lleva décadas ejerciendo su oficio con la maestría y elegancia de los grandes, un escritor que sigue cautivándonos con la agudeza y claridad de su pluma. Un deleite de escritura, precisa y pulida.


jueves, 6 de marzo de 2025

Subsistir


Le atrae a Pilar Adón retar al lector de sus relatos a romper sus convenciones y para tal fin le interesa escribir con cuidadosa lupa que tome nota del detalle o del pequeño gesto, de tal manera que tengan cabida en sus historias esas pequeñas anécdotas y mínimos detalles para que aparezcan reflejos y resonancias de asuntos más grandes para que generen imágenes vívidas en la mente del lector más allá de la realidad. Para ella, el secreto de todo es ser capaz de convertir ese primer embrión en una historia que sea perceptible, visible, que alcance esa necesidad de experimentar y comprender algo que el lector, en su subconsciente, le demanda. De este empeño no se aparta Adón para que sus cuentos se vuelvan plásticos, vivos, y a la vez simbólicos, sin olvidarse de que para conseguirlo hay que tener en cuenta ese lado insospechado, no solo de lo extraordinario, sino también de los sucesos corrientes, los objetos humildes, los gestos cotidianos y el tiempo suspendido.

Todos estos atisbos y convicciones conforman el trasunto de los dieciocho relatos de Las iras (Galaxia Gutenberg, 2025), un volumen en el que sus personajes femeninos, niñas y jóvenes, son seres atrapados en busca de una libertad acuciada por la conciencia abrumada de cargar con un horrible secreto y una culpa insondable. Pero aquí el extrañamiento de sus criaturas también se manifiesta a través de ese mundo turbador que las atrapa. Lo importante para la escritora es reflejar la inquietud, su ritmo y ambigüedad, y las circunstancias difíciles por las que atraviesan sus personajes. Porque de lo que se trata es de la supervivencia de cada uno de ellos, de ponerle voz a personas atrapadas en una existencia inquietante, y de permitirle modular sus miedos y sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias, buscando zafarse de ellos, como así refleja en el primero de los relatos su protagonista: “Intento repetirme que no hay de qué preocuparse, que lo que sucede ahora no es lo que va a suceder siempre, pero no me resulta fácil estar aquí”.

Estos cuentos de Adón proponen, además, una mirada distante de la realidad, porque no todo lo que ocurre alrededor de la vida visible de sus personajes es visible, ni está presente, ni acaso se explique con la única ayuda del sentido común. En Las iras están palpables los temas que tienen prioridad en su universo literario. Me refiero al aislamiento, a lo singular y, desde luego, a lo espiritual por encima de lo corporal o físico, sin olvidarse de que sus personajes andan inmersos en la naturaleza, más allá del mero jardín hogareño. La inquietud no se aparta en la forma de cómo está conformada cada historia, en concordancia con la propia edad de sus protagonistas, seres nada conformistas que aspiran a ser únicos y que, a su vez, anhelan ser queridos y aceptados: “Todos necesitamos pensar que los demás nos quieren, que nos miran con los ojos del cariño”, como sostiene la narradora del relato Empieza dulce mundo.

En la misma medida, se esconde, igualmente, la conflictividad existencial de quienes transitan por estas historias, así como de la incertidumbre y el miedo inquietante que habilita su presencia. Todo este encomio perdura a lo largo del libro en las diferentes historias que van surgiendo. Nada queda indiferente, más bien inalcanzable, de difícil aprehensión en muchos casos, haciendo hincapié en la mirada curiosa y ávida tan propia del alma femenina, como deja ver las palabras de la narradora de Roca blanca, fondo azul: “Lo primero que hace una mujer cuando llega a una tierra que es suya pero no lo ha sido hasta entonces es medirla... Hacerla suya con la certeza de que lo será para siempre... Aunque la abandone... Y no porque sea una idealista o una arrogante, sino porque es necesario. Lo hace para conocerla y asimilarla”.

Se nos antoja afirmar que el territorio literario es un campo de transformaciones, un laboratorio desde donde la realidad se configura en moldes de misterio, de conciencia y de lenguaje. El agente capaz de llevar a cabo estas transformaciones es la palabra, el orden de su disposición y, desde luego, su inventiva. Y en esa voluntad se conjura todo el discurrir de estos cuentos de Pilar Adón, una escritora que cuenta con una imaginación sutil conformada de tiempo e inventivas. La intervención del tiempo no es gratuita, la hace necesaria y fundamental. El tiempo es el motor que vuelve operativo al mito de sus relatos, el que contribuye a resaltar y reinventar su misterio. Es la dimensión que apela a contar la realidad del mundo de quienes las llevan a cabo, sus rarezas y sus abismos.


La literatura de Pilar Adón está apartada del realismo de lo más cercano, se adentra en ese mundo que le interesa tanto a la propia escritora, esto es, el de la fantasía y lo simbólico, el de la imaginación. Sus personajes se parecen más a muchos de los antiguos cuentos: abandona la protección del hogar para internarse en las sombras, en sus entresijos, pero sin la protección de la magia, sin príncipes ni duendes que los amparen, sin mediadores que vengan a salvarlos de su encierro. En sus historias destaca su relación con la madre Naturaleza tan poderosa y causal. Lo que sorprende más es ver cómo las mujeres que protagonizan estas incursiones sean frágiles y vulnerables, sensibles y valientes, sin miedo a arrojarse desde su propio desamparo a la búsqueda de la verdad, sin garantía de encontrarla.

En suma, diría que los encierros y redenciones que andan sueltos en este estupendo libro, de mucho tono lírico y atmósfera hipnótica, se sitúan en un contexto con aire de extrañamiento, un mundo inquietante en el que sus protagonistas entran en conflicto con la exigencia de vivir, más con ellos mismos que con los demás, todos en busca de consuelo y de una una subsistencia libre de ataduras.

viernes, 28 de febrero de 2025

Homo narrans


Este libro no es ficción, es más bien el sumatorio de un ensayo y unas memorias, pero su autor, Javier Peña (A Coruña, 1979), también despliega en él un relato, la historia de su vida como lector y escritor, sus emociones y los últimos días de la vida de su padre. Partiendo de la enfermedad de este en la habitación de un hospital, nos habla de literatura, de escritores, de la conexión entre ellos dos en sus lecturas, de los sentimientos y los gustos compartidos, una travesía emocional intensa y simbólica empapada de libros para dar cuenta de cómo la literatura y la vida se funden en la memoria, en la lectura y en la escritura. Todo esto es Tinta invisible (Blackie Books, 2024), un libro, como deja dicho el propio autor en el subtítulo del mismo, Sobre la pérdida, la escritura y el poder transformador de las historias, un libro que, bajo ese extenso denominador común, contagia por su tono y cercanía, por las vivencias e historias compartidas que convergen con la presencia del padre y del homo narrans que el propio autor hace gala.

Ningún buen lector dejará de percibir este sentir en sus páginas, bien flanqueado por la reflexión que el escritor gallego señala en la introducción del libro y que dice así: “Pienso también que habitar el mundo de las historias no es una elección personal, sino una forma de ser, a veces innata, a menudo inculcada desde la infancia, como hizo mi padre conmigo”. Nos encontramos, por tanto, con un vívido libro sobre el amor a la literatura y, sobre todo, sobre el amor compartido hacia los libros de un hijo y un padre como vínculo sentimental y estímulo de conversación. Tinta invisible saca a relucir esa pasión compartida de los dos por la literatura, así como pasajes y citas de grandes autores que revelan secretos y obsesiones a la hora de escribir, angustias y esperanzas, miedos frente a la escritura y las rencillas que había entre ellos, pero, a su vez, sus afanes de ampliar la realidad y de desenvolverse en la vida.

Encontramos en todos estos referentes literarios muchas de las razones e inquietudes de ese ego del escritor que viaja en soledad sin salir de casa, que recorre un camino incierto de creación, bajo la intemperie de su escritorio, tan solo confiado en la mirada, la memoria y la imaginación para conjurarse en trazar el mapa de su escritura. Salen a su paso Saramago, Kafka, Emily Dickinson, Dickens, Kundera, Orwell, Jon Fosse y otros muchos, para dejar constancia de que la escritura es inseparable del acto de leer. Viene a decirnos Javier Peña que la literatura ofrece una de las mejores maneras, dejando a un lado la experiencia, de entender a la gente distinta de uno. Por eso mismo, a menudo, la ficción nos resulta más útil que la experiencia vivida. La experiencia nos pasa por encima como una apisonadora y solo comprendemos lo sucedido años después, si acaso. La ficción, como dice Ursula K. Le Guin, aporta una comprensión fáctica, psicológica y moral mucho mejor que la realidad.

Tinta invisible es una incursión sentimental en la escritura sobre el duelo acompañada de un viaje emocional y consolador por el imaginario de la literatura. Uno encuentra sintonía y entendimiento con la voz narrativa y descriptiva que ronda sus páginas, una voz que nos interpela y pone de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a la palabra escrita, a la vida reflejada en los libros. Pero tal vez, en todo este paralelismo de vida y literatura que dilucida este libro, lo más verdadero y revelador sea el poder incisivo, incluso perverso, que tiene la literatura de agitar y examinar etapas de nuestra vida, de ser bisagra que abre la puerta a lo inefable para entrever la realidad y sus historias.


En este ensayo se condensan aprendizaje, reflexión y experiencia, bajo el sentir de un escritor al que le interesa la revelación que aflora de su propia realidad el acto de escribir, consciente de que escribir es disponerse a hacer sobresalir las palabras que dan lugar al embrujo de las historias que traen consigo: “Cormac McCarthy dijo aquello de que los libros están hechos de otros libros y eso, que es verdad en cualquier ocasión, no puede ser más acertado para definir estas páginas”, concluye el autor.

Javier Peña firma un libro de sesgo literario intenso, de lectura jugosa y de singular lucidez, un correlato de vida y literatura donde resuenan el poder del verbo literario como prodigio de las palabras, de los deseos y de las historias que nos conforman, un viaje narrativo por todo lo que supone de efervescencia la lectura y la escritura, incluso con la vida en contra.


lunes, 17 de febrero de 2025

Sin miedo a vivir


Con el paso del tiempo y mi experiencia lectora, tengo la impresión de que lo que entendemos por novela, más que un género autónomo, de rasgos claramente definidos y de formación y desarrollo bien delimitados en el tiempo, tiende a ser considerado, como diría
Luis Goytisolo, un producto de aluvión en el que encajan diferentes formas narrativas por donde transcurre una verdad novelesca pendiente de que el lector la perciba en su fuero interno como algo evidente, sin que medie demostración alguna, que se baste con su verosimilitud y en cómo está contada. El pacto se concibe, además, bajo tres vectores: autor, texto y lector. En ese pacto caben todas las novelas, pero si de lo que se trata es de una novela biográfica o autobiográfica, lo que implica, sobre todo, es que el autor y el narrador se muestren como personajes verdaderos.

Javier Marías contaba en una de sus conferencias, que lo que distingue a una novela basada en datos biográficos de una biografía, es que mientras el autor de unas memorias se propone convencernos de que lo que narra le sucedió de verdad, el autor que construye su narración sobre datos autobiográficos debe convencernos de lo contrario: que aquello es ficción. En realidad, en Notre Dame de la alegría (Siruela, 2025), su autora, Ana Rodríguez Fischer, propone al lector, sopesando todo esto, que lo que tiene en sus manos es un relato biográfico de un personaje que, a su vez, es el narrador de su propia historia. Volviendo a lo que decía Marías, en esta ocasión, el resultado es que aquí, verdad y ficción se conjuran en una novela de vivencias que invita al lector a introducirse en la subjetividad del narrador y a mirar de cerca su realidad psíquica y emocional.

Rodríguez Fischer pone voz a la pintora Maruja Mallo para que sea ella quien cuente sus andanzas vitales y artísticas, desde la memoria propia de una mujer anciana y enferma en un hospital de Madrid, para que escenifique momentos memorables y dramáticos del mundo que la rodeó y que ella sintió: artistas, acontecimientos históricos, viajes por América y, cómo no, la chispa creativa y manifestación plástica que soplaban permanentemente en su espíritu indomable que plasmó en su pintura de caballete y en sus murales. El universo mágico de esta mujer orgullosa y vitalista, cosmopolita y de ultramar, que le gustaba denominarse Marúnica, queda bien reflejada en esta novela, una artista que durante un buen período de su vida mantuvo un pie en cada una de las dos orillas del Atlántico: entre Madrid, París, Buenos Aires y Nueva York, sus ciudades más amadas.

Maruja Mallo era gallega y estaba orgullosa de ello, pero pasó su niñez y adolescencia en Avilés, Asturias, donde comenzó a pintar, como su hermano Cristino a esculpir, en la escuela de Artes y Oficios de esta localidad. Cuando trasladan a su padre a Madrid, encuentra allí la ocasión propicia para relacionarse con artistas, escritores y cineastas como Salvador Dalí, Concha Méndez, Federico García Lorca, Luis Buñuel, María Zambrano, Rafael Alberti, con el que mantiene una relación hasta que el poeta gaditano conoce a María Teresa León o, con Miguel Hernández, con quien también mantuvo un idilio. Decide estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se cortó el pelo a lo garçon, y se quitó el sombrero para pasear por la puerta del Sol con sus amigos Dalí y Federico. Le cayeron pedradas e insultos, pero, para ellos, escandalizar a aquella masa de energúmenos les pareció gloria bendita.

Durante la década de 1920 trabaja asimismo para numerosas publicaciones literarias como La Gaceta Literaria, El Almanaque Literario o la Revista de Occidente y realiza portadas de varios libros. Ortega y Gasset conoce sus cuadros en 1928 y le organiza su primera exposición en los salones de la Revista de Occidente, la cual obtuvo un gran éxito. Su primera exposición en París tuvo lugar en la Galería Pierre Loeb en 1932. Allí comienza su etapa surrealista. Su pintura cambió radicalmente y alcanzó maestría y renombre, tanto que el mismo Breton le compró en 1932 el cuadro titulado Espantapájaros, obra pintada en 1929, poblada de espectros, que hoy es considerada una de las grandes obras del surrealismo. Afirmaba que la soledad era su mayor capital, que el hombre se mide por la magnitud de soledad que es capaz de aguantar. Dalí decía de ella que era “mitad ángel, mitad marisco”.

Podemos afirmar que lo que está presente en esta novela, no son tanto los acontecimientos reconocibles de la vida de Maruja Mallo, como las emociones que despertaron en ella. Y así, por ejemplo, nos percatamos del valor del deseo que los surrealistas, en parte, le habían aportado en su concepción artística, que confluye con su propia pulsión del alma, compromiso social e intensidad más radical. La narradora nos desvela que el aprendizaje vital tenía para ella mucho que ver con la naturaleza de sus aspiraciones estéticas. Pone el foco e insiste que de todo aquello que llega por los sentidos surgen las formas, los colores, su alimento para la creación artística, sin olvidarse que el cuerpo, como sede del yo, siempre tiene algo de extraño para el imaginario. Y, por eso, le importa tenerlo en cuenta.


Tres décadas después, Ana Rodríguez Fischer recupera el mundo complejo de una artista que ya estuvo presente en su anterior obra Objetos extraviados, Premio Femenino Lumen de 1995, para un nuevo empeño narrativo de reescribirlo y ampliarlo con Notre Dame de la Alegría, el mundo en el que vivió, el mundo en el que volcó sus sueños, el mundo que representó en sus cuadros. Es desde esa recreación combinatoria donde la autora asturiana erige con tino su novela, en su espacio, en su tiempo y en sus circunstancias, desde el plano biográfico de la voz lúcida y sin ningún miedo a vivir en libertad que mantuvo Maruja Mallo a lo largo de su existencia, un rescate meritorio con un final hermoso y simbólico, en el que alumbra la presencia de una niña que evoca el sueño de quien tras una larga travesía por el bosque, metáfora de la vida, se dispone a no sucumbir en su empeño en cruzarlo y regocijarse por lo que ha hecho.


martes, 11 de febrero de 2025

Andar con uno mismo


Como decía el gran poeta
Eluard: «hay muchos mundos posibles, pero solo este es real». Y continúa razonando así: «a lo que hay, hay que sacarle el mayor jugo posible». Ahora bien, ese jugo no se extrae más que desde la experiencia, desde la percepción y el deseo, sin olvidarnos de las soledades, de las que uno va y viene: «Porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos», según lo versificaba Lope de Vega. Lo cierto es que no podemos pensarnos desde fuera de nuestro propio pensamiento, y eso convierte a la vida en un andar continuado con uno mismo, con nuestras soledades errantes, en busca de silencio e introspección, al propio tiempo que de compañía. Soledad y compañía se necesitan por ser interdependientes. Por muy solos que estemos, en la puerta de nuestro corazón hay siempre un resquicio latente para quien pueda llegar.

El nuevo libro de Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), Mapa de soledades (Seix Barral, 2024), transita por estos entresijos en los que la soledad, como caja de resonancia, se convierte en una cartografía de diferentes índoles, un viaje diverso por lugares y tiempos que invitan a considerar lo mucho que se nos ofrece a reflexionar sobre el sentimiento de soledad personal y social. Podemos constatar, a su vez, la existencia de una interesante paradoja: leer es algo que hacemos a solas, pero al mismo tiempo es una forma de conectarnos con los demás. Hay libros que exacerban nuestro sentimiento de soledad, otros, por el contrario, nos hacen sentir que hemos encontrado un lugar de pertenencia. Este ensayo conmovedor, de alto contenido confesional, podríamos decir que establece un armisticio entre ambas posiciones.

Gómez Bárcena logra con ello que su libro, en su desarrollo narrativo, también se convierta en una novela-ensayo bien urdida sobre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva que conlleva toda soledad. Analiza con detenimiento y asombro soledades de personajes y artistas diversos, como la maldición del escritor Horacio Quiroga y su familia, vidas marcadas por la fatalidad del suicidio de su padre, su primera esposa, sus hijos, varias de sus amistades y el de él mismo, hasta las ancianas japonesas que delinquen para no estar solas y poder refugiarse por un tiempo de la precariedad que le causa su aislamiento. Pone nombre a esa soledad de la muchedumbre y la denomina “soledumbre”, una manera hermosa de nombrar esa soledad percibida, proveniente de la gran ciudad: gente que viene y va en el Metro o por las grandes avenidas, gente sola rodeada de una multitud.

Conforme avanzamos en la lectura, nos percatamos de que en todo ese Mapa de soledades, la invisibilidad aparece como una de las mayores obsesiones del solitario. De ahí que entre los muchos motivos que tiene uno para estar solo, destacan las de aquellos solitarios forzosos y la de los solitarios por elección. También hay soledades pasajeras, incluso eternas. Hay soledades que llegan a la enajenación, y otras que alcanzan mejores estadios, por ejemplo, el placer de la lectura y de la creación artística. Se puede estar solo y reanimado en una isla, como el capitán Pedro Serrano, que inspiró la figura de Robinson Crusoe, tras un naufragio en 1526, como también lo está calladamente el ama de casa que plancha mientras espera, el escritor que se refugia en su cuarto con unas hojas en blanco. El autor nos viene a decir que la soledad no es, por tanto, un accidente del individualismo, sino su consecuencia circunstancial.

Por diferentes puntos recurrentes, Mapa de soledades es una singladura emotiva y hermosa. Gómez Bárcena nos concita a entendernos con esa parte intrínseca de la soledad referida a “un paréntesis, una cesura, un alto en el camino”, a hacer, sobre todo, incursiones en la selva, en el océano, en el desierto o en los mismos casquetes polares, así como en la ciudad y en el hogar, para participar de sus dispares estancias solitarias, o pararnos a analizar y a reparar la soledad de la propia piel, por lo que significa de tacto y de sentirnos vivos. No se olvida de resaltar que la soledad es un bagaje necesario que nos conduce a nosotros mismos, apoyándose en esta cita memorable de Petrarca tan reveladora: «La soledad es la única forma que tiene el hombre de contemplar».

Gómez Bárcena nos cuenta que recluirse en un convento sin conexión a internet es parecido a experimentar el vacío y a poner en valor lo que afirmaba el filósofo Nietzsche al respecto: «La grandeza de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar». Pero, en verdad, lo que impulsa al libro es dar pie a pensar que cada uno vive la soledad a su manera: “De modo que el problema no es la soledad sino lo que uno hace de ella”. Le importa marcar la diferencia entre sentirse solo y estarlo, la soledad como pandemia contemporánea pero también como bastión de retiro trascendente.


Llego al final del libro reconfortado, más consciente de que la soledad es una palabra importante, que junto al deseo quizás sean dos palabras que nos abren los ojos al sentido de la vida. Mapa de soledades es un estupendo debut en el género ensayístico del autor cántabro, con una obra muy bien enfocada y medida, que razona y confirma lo que decía Conrad, que «vivimos como soñamos: solos». Este libro es tan ameno como hondo, muy bien escrito, que empatiza y muestra la enseñanza secreta y silenciosa de la soledad que a todos nos circunda.