viernes, 9 de agosto de 2013

El cuento: el origen de todo

Del escritor Juan José Arreola había leído algún cuento esporádico, pero desconocía por completo su obra. Tras la lectura de Confabulario, reeditado por RBA (un sello editorial que está decidido a recuperar clásicos contemporáneos de la literatura americana, para mayor gozo de sus lectores), siento haberme adentrado en una de las obras más vanguardistas referida al cuento de la mitad del siglo pasado.

Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, 1918- Guadalajara, 2001), es un clásico del cuento, de “ilimitada imaginación y lúcida inteligencia”, en palabras de su admirado Borges, que reúne en Confabulario, publicado en 1952, lo mejor de su escritura. Un libro esencial que contiene piezas memorables como: “Parábola del trueque”, “El prodigioso miligramo”, “La migala” o “Un pacto con el diablo”. Son veintiocho cuentos, escritos en un español sin apenas influencias de giros mexicanos, elaborados por medio de frases concisas y cuidadas, impregnadas de ironía y sarcasmo, sin ninguna conexión entre ellos, pero que reflejan la amplitud del mundo vivido por el escritor mexicano. Arreola se había formado en Francia y, a diferencia de otros autores de su época, creó un universo más cosmopolita, con menos apego a la tierra donde nació. Su escritura es culta, elegante y afilada, teñida de influencias surrealistas. Confabulario es la cima de su creación literaria. Aquí se descubre al escritor jalisqueño en su pleno apogeo. Su obra exige un lector para hacerle pensar, para obligarle a resolver las incógnitas narradas, pero, a su vez, logra gratificarle siempre, desde el arranque magnético de sus cuentos hasta empujarle a sucumbir en un final magistral.

Juan José Arreola no disimula su desdén hacia la gramática enredosa para reafirmarse en transmitir la pasión por la literatura que él había aprendido de pequeño por boca de su abuela, y apostar por la sabiduría del pueblo llano que habla de espaldas a las normas gramaticales y alejado de las pompas académicas. Se jactaba de haber ejercido más de veinte oficios, y el don del diálogo decía haberlo aprendido en sus papeles interpretativos en el cine y la televisión. Nada le resultaba difícil, hasta que todo dio un giro en su vida cuando pasó por los talleres de una imprenta. Allí fue acogido, gracias a un amigo, como filólogo y gramático, que no lo era. Durante tres años estuvo corrigiendo pruebas de imprenta y traducciones, hasta que le llegó su turno de figurar en el catálogo de autores. Esto es lo que cuenta en las primeras páginas de Confabulario, bajo el título “De memoria y olvido”: “Procedo en línea recta de dos antiquísimos linajes: soy herrero por parte de madre y carpintero a título paterno. De allí mi pasión artesanal por el lenguaje”. Y más adelante afirma orgulloso: "Soy autodidacto, es cierto. Pero a los doce años leí a Baudelaire a Whitman y a los fundadores de mi estilo: Papini y Marcel Schwob...” Y concluye con esta confesión: “No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla”.


Arreola fue un polifacético que convirtió su vida en literatura, con una imaginación poderosa y corrosiva, heredero de la estética vanguardista y extraordinario dominador del microrrelato. Para él, el cuento es el origen de todo, porque el cuento libera pronto al autor de la red y eso le hace salir más rápidamente del trance maravilloso de la inspiración. Fue un entusiasta promotor de talleres literarios. No había más interés para él que apoyar nuevas promesas en el oficio que más amó: la escritura.

Confabulario es un libro gozoso e intemporal, que seguirá reeditándose indefinidamente, cargado de irónica simbología, que se disfruta plenamente y constata que, cuando un libro es bueno, su precio es una ganga y su lectura, una ganancia segura.