martes, 6 de agosto de 2013

El lenguaje del amor


La novela En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart (Ottawa, 1913-1986) es una autobiografía, distante por completo de los cánones del género, en la que la escritora canadiense narra distintas fases de su relación con el poeta inglés George Barker. Una autobiografía novelada, impregnada de poesía, por cuyas páginas circula a raudales el aliento lírico que hace que esta obra sea única, porque Elizabeth Smart quiere empeñarse en contar su estado interior y su evolución, referido a un corazón partido e inconsolable. La relación adictiva con Barker acabó siendo una droga para Elizabeth, que se enamoró de forma demencial y patológica de un hombre casado con otra mujer, imposible de atrapar.

No es de extrañar que esta novela, publicada por primera vez en 1945, sea la obra más conocida de Elizabeth Smart, debido a que está inspirada en su propia vida, martirizada por el amor tormentoso con George Barker, de cuyo romance nacieron cuatro hijos, pero que ni siquiera fue suficiente para que abandonara a su esposa y se uniera a ella, su amante desesperada.


George Barker
Un libro tan maravilloso como sobrecogedor, excelentemente traducido por Laura Freixas, escrito desde la piel y el alma, muy difícil de encontrar en la literatura del relato íntimo de una mujer, tan despiadado como autodestructivo. En Grand Central Station me senté y lloré encontramos una escritura nítida y apasionada, una crónica de amor delirante, de las que dejan huellas en el lector, una pasión erótica reflejada en pasajes inolvidables como: “...en mi cama me invade la selva, me veo infestada por una horda de deseos: una paloma me picotea el corazón, un gato hurga en la cueva de mi sexo...”, (pág. 20). Y como este otro: “...Él es la luna dueña de las mareas, es el rocío y la lluvia, es todas las semillas y la miel del amor. Siento crujir mis huesos, aplastados como los bambúes...”, (pág. 43). Son diez fragmentos de la relación de Elizabeth con George Barker, y, en cada una de las partes del libro, la canadiense se funde en un lenguaje poético que da vida a lo narrado. En cada uno de los capítulos se despliega un instante de vivencia imborrable, con guiños alusivos a Shakespeare, Dante o Blake, para describir la inquietud del primer encuentro, la feminidad desbordada, la exasperación del abandono o el rechazo social.

El resultado es una obra maestra, bella e intensa. Un ejemplo perfecto de novela en convivencia con la grandeza poética, narrada en primera persona, con un insistente y eficaz presente de indicativo. Aunque el texto es fragmentario en su concepción, no impide mantener en su conjunto la cohesión interna necesaria para el desarrollo narrativo. A pesar del clamor por su desdicha, Elizabeth Smart, una mujer preciosa, describe su realidad con la distancia justa, lejos de cualquier asomo patético.

Elizabeth Smart

En Gran Central Station me senté y lloré es una novela corta, escrita con suma fluidez, que precisa una lectura pausada y atenta por la infinidad de metáforas poderosas y visuales que muestra. Un texto emocionante y desgarrador, profundamente poético, sobre una mujer malherida de amor y marcada por la sociedad de su tiempo.