martes, 31 de diciembre de 2013

Recuento de las lecturas más "fescambreras" del 2013


Hacer un recuento de los libros leídos durante el año que acaba no es nada complicado si has llevado una agenda a mano donde has ido descargando los títulos con la referencia del autor. Un inventario que conviene calificar para facilitarte una categoría, algo parecido a las estrellas que se establecen en el negocio hostelero si no, resulta complicado elaborar una lista de tus lecturas favoritas, acudiendo solo a los destellos de tu memoria reciente, cuando el número de libros leídos supera con holgura el doble de las semanas del año. De manera que, con este procedimiento que propongo, el descarte es más fácil y entretenido a la hora de seleccionar tus lecturas destacadas del año.

Para mí, el año 2013 ha sido un trayecto generoso en sorpresas literarias, un recorrido de encuentros con nuevas publicaciones de autores como Muñoz Molina, Baroja, Echenoz, Vargas Llosa, Piglia y de otros hallazgos de la talla de Carrère, John Williams, Leila Guerriero o Ramón Éder. Esta sería la lista de los libros que más gozo y compañía me dieron en este año que hoy concluye (Pero, ¿por qué nos gusta tanto hacer una lista?, digo yo que va en nuestra condición humana de elegir, escoger, descartar..., ¿verdad?):

Stoner, de John Williams, una novela abrumadora y envolvente que cuenta cómo a alguien se le concedió la sabiduría y al cabo de los años encontró la ignorancia; La última noche (Edit. Salamandra), de James Salter, un libro magistral de relatos (debo su descubrimiento a un seductor artículo publicado en Babelia por Muñoz Molina acerca de este escritor americano), que hablan del mundo que se desmorona, de traiciones y de vidas que se apagan; Canción errónea (Edit. Tusquets), un poemario cuidado y sonoro de Antonio Gamoneda, repleto de perplejidades, un libro sincero que invita a discernir el significado existencial del individuo; La librería ambulante (Edit. Periférica), una agradable historia sobre el amor a los libros de Christopher Morley, incisiva y divertida, en la que la intriga policial pone un tono de excitación al relato; A sangre y fuego (Edit. Renacimiento), de Chaves Nogales, una obra capital sobre la Guerra Civil de España, a la altura de George Orwelly como indica Trapiello en el soberbio prólogo de esta edición: todo en estos relatos es inesperado; Librerías (Edit. Anagrama), un ensayo sorprendente que encaja perfectamente en el género de viajes pero, en esta ocasión, a través del mapamundi de las librerías. Un libro que el pope Alberto Manguel bendijo con estas palabras: “Si hubiera librerías en la Antártida, sin duda Carrión las habría visitado para contarnos qué leen los pingüinos”. 

Otro libro inmenso del año ha sido Técnicas de iluminación (Edit. Páginas de Espuma), de Eloy Tizón, un cuentista luminoso que sabe como pocos que en la forma se encuentra el todo; Una historia sencilla (Edit. Anagrama) es una entrañable crónica de la argentina Leila Guerreiro que cuenta la épica de un hombre común, ambientada en el corazón de la pampa, en la que no hay tragedias, solo sueños; no puede faltar en este inventario de lecturas favoritas un libro de aforismos, un género por el que siento gran debilidad, y el elegido es Relámpagos (Edit. Cuadernos del Vigía), de Ramón Éder, un título que define muy bien lo que significa para su autor estas frases breves y deslumbrantes que encierra esta antología llena de agudeza y sarcasmo. 

Y para terminar, lo último que devoré hace horas, Limónov, una fascinante crónica novelada de un personaje egótico y abominable, escrito con la maestría prodigiosa de Emmanuel Carrère, un libro que cierra el ciclo de mis lecturas del año y que me ha subyugado tanto que lo coloco en lo más alto del podio, como colofón de los 10 libros favoritos de este letraherido, servidor de ustedes.