lunes, 20 de octubre de 2014

Lo prometido es deuda


En 1932, Federico García Lorca pronunció una conferencia en el Hotel Ritz de Barcelona sobre su obra maestra Poeta en Nueva York en la que destacaba la impronta de la metrópolis americana con estas palabras: “Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia”. Después de casi un siglo, hoy día es difícil aún resistirse al encanto que ejerce la ciudad de Nueva York, símbolo de la modernidad y del capitalismo occidental; por eso es fácil comprender la extraordinaria atracción y fascinación que su arquitectura vertical debe haber creado no sólo en el visitante español de principios del siglo XX, acostumbrado a un espacio urbano menos puntiagudo, sino también en los que en estos inicios del milenio nos hemos acercado a La Gran Manzana: la ciudad que nunca duerme. La impresión de su grandiosidad e importancia llama la atención del emigrante, del turista sencillo, del recien casado, pero también despierta el interés de escritores y artistas que ven en la geometría atrevida de la ciudad y su ambiente una fuente inagotable para sus creaciones. Tampoco parece inmune al hechizo de la metrópolis el poeta y su poesía. Poetas de la estirpe de Lorca, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas o José Hierro testimoniaron con su lírica el alma de los barrios neoyorquinos y cantaron en endecasílabos a sus rascacielos infinitos.

La última crónica poética editada en España sobre la ciudad de los rascacielos viene acompañada del Premio Nacional de Poesía, un galardón prestigioso que en esta ocasión ha recaído en el veterano poeta andaluz Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1943) por su poemario Nueva York después de muerto (Calambur, 2013), que ya obtuvo este año el Premio Nacional de la Crítica. Hernández se redime de una promesa que hizo en 1992 a su amigo y maestro Luis Rosales en su lecho de muerte. El poeta granadino, Premio Miguel de Cervantes, quería hablar del exilio, del problema de la gran ciudad, de la lucha de clases y de razas. Nueva York era su objetivo poético como continuidad al espíritu creado anteriormente por Federico, pero la enfermedad pudo con sus anhelos y aquel empeño imaginado lo recoge como compromiso el propio Antonio.

En Nueva York después de muerto hay tres protagonistas: Lorca, Rosales y A.Hernández. En este libro trinitario abunda el coloquio y una filosofía en su ejecución que aspira a la poesía total, un intento de interrelacionar los diferentes géneros: poesía, narrativa, teatro y crónica periodística. La verdad es que, en esta apuesta arriesgada y comprometida, Antonio Hernández ha estado a la altura y exigencia de la obra proyectada, desde el arranque vindicativo, hasta su final conmovedor.
Antonio Hernández

Así comienza el poema:

Luis Rosales Camacho
nació en una calle, Libreros,
tan pequeña que iba a dar clases por la noche.
Federico García Lorca sigue naciendo,
sigue naciendo para siempre como un río.
En Federico quisieron asesinar
lo que es coraza contra la muerte. A Rosales
pretendieron hacerlo cómplice
del crimen.

Y así concluye:

Abrió un ojo sonriente, como
quien no quiere tratos con el luto.
Y al volver a cerrarlo presentimos,
unificados por la voz del alma,
que algo acababa de estrenarse
arriba, en las estrellas.

Antonio Hernández ha escrito una de las obras más potente de su producción lírica, donde no renuncia a sumar ironía y sentimiento, un extenso poema estructurado en tres partes que atraviesa la ciudad de Nueva York evocando el espíritu de Lorca y rinde homenaje a la conciencia ética del maestro ausente, Rosales.

En síntesis: Nueva York después de muerto es un libro memorable, toda una promesa cumplida de manera sobresaliente por un poeta curtido y de reconocida trayectoria literaria.