miércoles, 23 de marzo de 2016

Vidas azoradas


Podríamos decir que hay una suerte de necesidad que mueve a determinados autores a escribir. Una simple frase puede ser suficiente para desencadenar en el escritor una idea que dé lugar a un relato o a una novela. Cuando esto sucede, puede optar por reflejar un episodio real en el que él mismo esté implicado, siendo incluso el protagonista, o bien puede elegir la vía del distanciamiento de lo personal y crear una historia fuera de la realidad y de su vida. Sin embargo, nunca se alejará lo suficiente como para evitar que algo de él esté en sus creaciones: su vida, su pasado, su entorno, su forma de ver el mundo y de sentirlo... Todo salpicará, de un modo u otro, a lo que escribe.

Para Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940) nada de lo anteriormente dicho es excluyente del resto para definirla como narradora. Considerada en los círculos literarios europeos como autora de culto, de estilo depurado y desnudo, muy leída y premiada en Italia, se trasladó a Milán en 1968, después de haber vivido en París y Roma, para trabajar en la editorial Adelphi Edizioni y casarse posteriormente con el ensayista Roberto Calasso, su actual presidente. Para esta mujer, entusiasta lectora de Kafka y de su paisano Walser, la verdad interna de un relato, tal como dijera el escritor checo, no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, de manera renovada, por cada uno de los lectores. De ahí que en los textos reunidos en El último de la estirpe (Tusquets, 2016), bajo la traducción primorosa de Beatriz de Moura, la escritora suiza despliegue todo su oficio narrativo para gozo de sus lectores, entretejiendo una serie de motivos que se repiten una y otra vez. Los arquetipos que discurren por aquí son una constante en su actividad literaria: seres desvalidos, amistades imposibles, desencuentros de padres e hijos, personajes melancólicos y perturbados...

Los veinte relatos que componen el libro no se atienen a una temática común, pero ninguno se distancia de lo esencial: no parece que el sentimiento y la razón sean mundos antagónicos. En los cuentos de Jaeggy hay pasiones en las ideas y razones en los sentimientos de sus protagonistas. Para una escritora tan pendiente de narrar lo esencial, con esa destreza sintáctica que le permite desengrasar toda retórica con un texto límpido, casi sin adjetivación, las palabras han de ser solo las justas y las necesarias, como ya dio cuenta en 1989 con su mejor novela, Los hermosos años del castigo, o en 2003, con otra que fue nombrada mejor libro del año por el Times Literary Supplement, me refiero a la historia familiar y cruel de Proleterka. Posee ese don artístico de pulir la escritura con frases sencillas y menudas, condensadas de expresividad, en donde los silencios insinúen tanto como las palabras, para punzar al lector a que complete lo callado. En una sola línea cabe un trastorno, un asombro o una maldad. Todo lo que cuenta en este volumen reciente va cargado de melancolía y tristeza. En el relato que abre la colección, Sono il fratello di XX, como figura en el original que da título a la obra, el internado, el dolor y la tristeza no le impiden seguir adelante al niño escritor y poeta que, ya de mayor, sabe que “a las palabras pese a todo siempre hay que darles crédito. Al menos hay que fingir que se parecen a su significado. A su significado sesgado”. En Negde, Jaeggy retrata al poeta Iosif Brodsky paseando por Nueva York, como si anduviera a su aire por ninguna parte, que es lo que significa en ruso “negde”. En otro, como la Sala aséptica, un microrrelato sutil sobre la vejez, la autora aparece acompañada de la escritora y amiga Ingeborg Bachmann. En Un encuentro en el Bronx aparece un comensal especial, Oliver Sacks, sentado en un restaurante neoyorquino. En esta historia, la metáfora de la muerte vuelve al relato a través de la mirada de un pez superviviente que espera en el acuario la orden del cliente para su sacrificio culinario.

Los relatos de Fleur Jaeggy no dan sosiego al lector, ni siquiera cuando el protagonista sea un astuto gato, un simple objeto o seres angelicales. Los temores y los silencios que surcan sus páginas producen inquietud y desasosiego, fragilidad e incertidumbre. Los personajes denotan apagamiento y dramatismo. No sabemos cómo hablan, sólo conocemos cómo actúan y cómo se las apañan para sobreponerse.

No le faltaba razón a Sartre cuando decía que no se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan, como es el caso de la autora de estos susurrantes cuentos, una escritora sintética, atinada en la observación de los pequeños detalles.

Por El último de la estirpe discurren seres aturdidos, expuestos con maestría a ser examinados por el lector a través de cómo miran y cómo gesticulan, con pocas palabras: una sutil manera para constatar la correspondencia latente de sus vidas azoradas.