martes, 8 de marzo de 2016

Un padre infame

La historia de la literatura está plagada de libros donde la relación padre-hijo estalla en desencuentros, odios, crímenes y liberaciones. La importancia de la figura del padre en la escritura es milenaria. Desde el Pentateuco hasta los libros proféticos de la Biblia, desde las tragedias griegas hasta la épica romana hay toda una extensa nómina de obras que abundan en esa temática. En el teatro de Sófocles, la trascendencia del progenitor en el destino de sus hijos es casi tan sagrada como cruel. En cambio Virgilio nos revela en su epopeya cómo Eneas no demora la tarea que le había encomendado Anquises, su padre, emulando su figura como artífice para continuar con la saga en busca de esa liberación que los dioses ya le habían predeterminado.

Kafka y otros muchos escritores han considerado la figura paterna un serio obstáculo para el desarrollo de sus vidas y han bajado a los infiernos de sus experiencias para relatarnos con detalle el pasado oscuro de sus progenitores, hombres crueles que les marcaron y mancillaron su infancia y juventud. La muerte del padre es un acontecimiento crucial, un detonante que cierra la gran paradoja de la existencia: enterrar a quien engendró la vida, liberarse de su influencia.

El ensayista, filósofo y escritor Pascal Bruckner (París, 1948) tuvo que vivir esa paradoja hasta que su padre falleció. Su liberación definitiva no llegó hasta que logró escribir Un buen hijo (Impedimenta, 2015) que concluye con un sentido epílogo en el que afirma que el regalo más hermoso que le hizo su padre es la certeza de haberle permitido pensar mejor pensando contra él. La literatura como rescate cuenta con libros como este donde esos dilemas ineludibles de la existencia tienen correlación y sentido. “El mundo –como dice el autor en el último párrafo– es una llamada y una promesa... y mientras sigamos creyendo, mientras sigamos queriendo, estamos vivos”.

Este libro lúcido, directo y sincero condensa todo el sentir de Bruckner en relación a su padre y a la realidad abrumadora y terrible que sobrellevaba, desde su infancia, pasando por su juventud, hasta llegar a la madurez. El tono de esta novela autobiográfica arranca intempestivamente en la primera página, en la que el narrador, de apenas diez años, relata cómo en su oración recatada diaria le suplicaba a Dios Todopoderoso que provocara la muerte de su padre. No hay más razones para sospechar que detrás de la oración de un crío desvalido se cuece un clamoroso calvario que pide o, más bien, exige auxilio y rescate. Lo que viene a continuación no es más que una vida marcada por la convivencia con un padre abominable y déspota en la que a lo largo de los capítulos muestra hasta dónde llega el desvarío de un hombre infame y mujeriego al que el narrador (el hijo) llama verdugo, torturador y monstruo; un ser despreciable que somete vilmente a su mujer a las peores vejaciones. Su comportamiento no se ciñe al ámbito del hogar, sino que, fuera de casa, también dará rienda suelta a su brutalidad como colaborador del nuevo orden que enarbolaba Hitler. Este padre, ingeniero de minas, derrocha una actitud rabiosa y desconsiderada sobre todos los que no piensan y obran como él. Se burla del humor de los Hermanos Marx y deplora el cine de Chaplin. Siempre aspiró a grandes posesiones y lo único que hizo en su vida fue endeudarse hasta los ojos, para acabar en la ruina más absoluta. Este personaje aborrecible y colérico acabará, después de haber enterrado en vida a su mujer, en una residencia de ancianos, tristemente abatido por la enfermedad, abandonado por todos, pero con la insólita compasión de un hijo que, para perplejidad del lector, muestra signos contradictorios con el triste desenlace de la existencia de su infame padre.

Un buen hijo es un hermoso libro, una novela perturbadora que no te deja indiferente, de prosa ágil e intensa, una historia dura y reveladora sobre un trasunto ominoso que cala en el sentir del lector, una obra estupendamente traducida por Lluís María Todó, que deriva en un ajuste de cuentas o, como dice acertadamente Juan Manuel Bonet en su meritorio prólogo, en un “parricidio literario”, que alterna el brío narrativo con pausas reflexivas de mucho calado filosófico.

Es necesario leer muchos libros para que los más interesantes, como este que firma Bruckner, decanten su jugo y trascendencia. Cuando esto sucede, entonces el gozo recibido es enorme y duradero.