domingo, 13 de marzo de 2016

Auto de fe

Soy un lector omnívoro, sin prejuicios ante la lectura tomada entre las manos, porque lo que más me entusiasma de verdad, por encima del género, son los escritores lúcidos, los que sienten que de algún modo la obra se construye y desarrolla sobre la nada, que un texto para tener validez debe abrir nuevos caminos, debe tratar de decir lo que aún no se ha dicho. Autores que necesitan inventar un universo imaginario donde refugiarse de la aspereza de la vida real. Esos que conciben a la literatura como una enfermedad crónica, un mal del que necesitan escribir siempre, un cauce para saber de sí mismos, utilizando el libro como una máscara, como un disfraz que les permita ser desde la aparente incertidumbre que otorga la ficción.

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) encaja, como pocos, en ese canon, al ser un autor convencido de que un libro nace de una insatisfacción, de un vacío, cuyos contornos van revelándose en el transcurso de la creación hasta perfilarlos definitivamente al final de la misma. Escribirlo, seguramente, es llenar ese vacío. Si hay algo notorio y distintivo en la escritura de Vila-Matas es que no hay ninguna novela suya encasillada en lo convencional. Todos sus libros son enigmáticos: Historia abreviada de la literatura portátil (1985) es una mezcla de ensayo y ficción radical; Suicidios ejemplares (1991) y Lejos de Veracruz (1995) indagaciones de vida y muerte desde la metáfora de la desesperación; y Barleby y compañía (2000), El mal de Montano (2002) y Doctor Pasavento (2005), son tres obras que marcan un camino literario de abismo y vértigo al mismo tiempo. Y así sucesivamente. No hay propuesta creativa suya que no revele ese motor inagotable de ideas que conforma su universo literario y su manera personal de plasmarlo.

En Kassel no invita a la lógica (2014), el escritor barcelonés hablaba de grandes esperanzas en torno a la vida y al arte. Ahora irrumpe con una novela breve para seguir rindiendo culto a la creación plástica y literaria. Con Marienbad eléctrico (Seix Barral, 2016), Vila-Matas se asocia en esa línea a la experiencia artística, compartiendo pasajes y reflexiones con la francesa Dominique González-Foerster, una figura relevante internacionalmente en el arte contemporáneo.

A partir del año 2007, ambos concertaron encuentros por distintos lugares, mayormente en el Café Bonaparte de París, para debatir y dialogar sobre la “república del arte” (pág.12), e intercambiar impresiones en un ambiente en el que el arte se perciba “más intenso como experiencia que como imagen” (pág. 106). No hay novela de Vila-Matas en la que la cita de otros autores no esté presente. En esta hay resonancias y apariciones de toda índole, desde la del joven Rimbaud a la del pesimista Cioran, guiños para Gombrowicz, evocaciones sobre su admirado Robert Walser, como la que hace cuando enfatiza la mirada que pone Dominique en la creación artística, con estas palabras del suizo: “no hace falta ver nada extraordinario, pues ya es mucho lo que se ve”, (pág. 59). Y muchas otras presencias más, como las de Perec, Ribeyro, Sebald o Borges. No le importa confesar que su originalidad de escritor se fundamenta en “la asimilación de otras voces”, (pág. 73).

En las páginas siguientes, el propio autor desvelará de dónde sale y por qué el título de esta obra. La Marienbad checa, lugar de grandes balnearios acristalados, aparece en la imaginación del escritor totalmente electrificada, una reinvención de la película de Alain Resnais El año pasado en Marienband.

Marienbad eléctrico es un texto a modo de diario en el que el lenguaje visual se funde con la ficción literaria, una prueba más para demostrar que a la narrativa vilamatiana es difícil encorsetarla en los parámetros clásicos de la novela. En estas conversaciones entre Dominique y el autor hay, además, resquicios para que el lector intervenga e indague a su manera sobre las múltiples bifurcaciones del libro.

Vila-Matas explora y ofrece unas teorías, como ya hizo en su anterior libro de Kassel, sobre las interrelaciones de la literatura con esa envoltura propia del arte moderno, capaz de convertirla en una especie de performance, un territorio poroso para la libertad narrativa y la controversia artística.

Ningún artista soporta la realidad, y menos Vila-Matas. Los lectores fieles a este singular y extraordinario escritor tenemos una oportunidad más de comprobar cómo la imaginación y la inventiva de un autor nos empujan a creer, como auto de fe, en su obra literaria. La buena ficción nos concita a una pregunta retórica: ¿Y si esto pasara? Lo mismo que la mejor no-ficción, como es el caso de esta novela, tal vez ofrezca otra posibilidad más compleja y ambigua: puede que esto haya pasado así, o no. La vida artística es un experimento y una creencia.

Vila-Matas tiene esa habilidad literaria de complicar la vida del lector. Su literatura nos remite a algo diferente. Nada surge porque sí, sino que también trasciende y anuncia, como decía Ribeyro, que no es necesario ir a buscar aventuras: la vida, nuestra vida, es la única, la más grande aventura.