martes, 1 de mayo de 2018

La vida lastimada


Jesús Montiel (Granada, 1984) ha publicado en apenas unos años cinco poemarios que le han provisto de distintos reconocimientos, entre los que cabe destacar el Premio Internacional Alegría y el Hiperión. En lo que va de año acaba de publicar dos libros en prosa. El primero de ellos, Notas a pie de página (Ediciones Esdrújula, 2018) es un texto que aglutina reflexiones, aforismos y brevedades, bajo una escritura donde la condensación marca el norte de las evocaciones y sugerencias que el escritor va enhebrando como invitación al asombro de sus alumbramientos. El segundo, Sucederá la flor (Pre-Textos, 2018) es otra apuesta en prosa, pero más sentimental en su origen y más lírica en su forma expresiva, un libro hermoso y estremecedor, “con vocación de pan”, como le gusta llamarlo a su propio autor, autobiográfico e introspectivo.

Al igual que un poema, este libro intenso y contenido está hecho de lenguaje, de personalidad, de temperamento, de un estado de ánimo lacerado, de agallas y arrojo, de azar y destino, un canto en sí mismo, una reflexión desde el dolor a la vida, así como una visión interior de una pesadumbre. Sucederá la flor es un poema en prosa que obliga al lector a asentir por esa fuerza arrolladora de verdad que transmite, desde esa cosmogonía implacable que emerge del sentir de un padre poseído por una humanidad admirable frente a la adversidad sobrevenida por la enfermedad grave de su hijo pequeño. Las horas horribles se conjugan con vislumbres de verdad y aliento, a pesar del temporal azotado por los miedos, y la incertidumbre de una curación que se demora. La vida es una metáfora del boxeo, nos viene a decir: “Cada persona dispone de un puñado de tiempo más pequeño o más grande. Ese tiempo es el cuadrilátero donde uno ha de combatir a diario. Yo sólo espero que al final de mi combate gane el amor”.

Montiel se arroba, con un estilo sereno y punzante, en un canto a la vida y al amor desde esa suerte incierta de acometer un trance doloroso sobrevenido, y mostrarlo con una solvencia moral implícita, sin fingimientos ni ataduras. El lector, siempre ávido de historias, se conmueve cuando está delante de un texto sobrio que posee esa capacidad de unir una palabra a otra sin estridencia, para después encauzarlas en una secuencia emotiva que germine en el corazón de quien se preste a su lectura, o que logre describir de un modo preciso lo que sucede en la realidad de los hechos que el escritor va contando. Que no depende solo del acierto en la observación, sino que especialmente atrapa por cómo se ha resuelto el texto.

Desde el umbral de la conciencia, Montiel va trazando su relato introspectivo de amor y silencio, de desasosiego y gratitud, de serenidad y esperanza, en la habitación donde el cuerpo del hijo yace silente y pálido, mientras el padre aguarda a que el tiempo germine en fruto, al calor de su esperanza, sin caer en la desdicha de la pena y la derrota, defendiendo, una y otra vez, el asomo de un nuevo día. “Ser padre es contemplar cómo nace otra memoria”, queda dicho en su anterior libro Notas a pie de página. Aquí, ante la adversidad de la enfermedad que nunca avisa, que se cuela de improviso y lo pone todo patas arriba, el narrador se dirige al lector sin tibieza y con las palabras justas que encierran lo más concluyente de su historia: “Érase una vez un niño enseñándole a su padre a nacer”.

Con tal de llegar a emocionarnos como lectores, da igual el camino que elija el escritor. Cuando emprendemos una lectura viajamos también a bordo de su metáfora implícita. Jesús Montiel ha escrito un libro emocionante y sentido que explica su realidad vivida y porque, quizá, también ha sido terapéutico. Sucederá la flor es una revelación más de que la literatura es un medio de experimentación, de buceo y de irracionalidad, incluso. No hay literatura sin sufrimiento y aquí se nos viene a decir que vivir, ya de por sí, es una enfermedad que duele, pero también es un canto de esperanza sobre la vida y el amor que se puede ejecutar en pocas páginas, exactamente, cincuenta y cinco.

Esperar es una lata, escribe Andrea Köhler en su ensayo El tiempo regalado (2018). Y sin embargo, es lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas. En el libro de Montiel se dice que quien sabe esperar sabe lo que significa vivir con ese condicionamiento. La espera genera temperatura, porque imagina lo venidero, a veces con el corazón tiritando o ardiendo de deseo.

La verdad es lo más interesante de este libro, y la verdad en literatura es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo. Sucederá la flor estremece, y es así, precisamente, porque lo hace con luz propia.