domingo, 9 de septiembre de 2018

Asuntos que damos por hecho


Leer es, probablemente, una de las maneras más fructíferas de poseer y de sentir la multiplicación de yoes, y de ellos reflejados, en una tarea que, a la postre, se convierte en una celebración del nosotros, de la parte sencilla y secreta de lo que somos y nos conforma. La lectura, como subraya Giulia Alberico, es ese hilo de Ariadna que se desenreda y, mientras se sujeta un cabo, puedes encontrar minotauros que te persiguen en una estancia tras otra, “negociar con las sombras”, por usar una expresión con la que Margaret Atwood se refiere a la escritura, ese oficio capaz de rastrear en lo cotidiano la esencia de nuestra existencia.

Desde esa perspectiva mítica, La hazaña secreta (Turner, 2018), el último libro de Ismael Grasa (Huesca, 1968), transita por el laberinto de lo común y cotidiano de nuestras vidas, sin la pretensión de sortear seres fantásticos ni fabulosos, sino con la idea de posar la mirada y la reflexión en ese transcurrir de la existencia en la que el tiempo enseña a asumir los trazos definitorios del estar diario.

Grasa, profesor de Filosofía, que se dio a conocer con su novela De Madrid al cielo (1994), finalista del Premio Herralde, ha continuado una trayectoria literaria cargada de sutilezas y hallazgos que han ido conformándole, para muchos, en un escritor de culto. Es autor de libros de relatos y de viajes. En 2002 escribe La tercera guerra mundial, una novela breve que viene a constatar que lo más surrealista se haya pegado al quehacer diario, y en 2016 publica Una ilusión, un libro encajado en la auto-ficción, que vierte su mirada hacia la vida y adolescencia de su autor así como al oficio de escribir, una crónica desatada en la que reflejar su itinerancia de vida y literatura.

Ahora, en La hazaña secreta, un título seductor y vívido, vuelve Grasa a tomarle medidas al tiempo y el pulso a la auto-ficción, entablando un diálogo con el lector, al que invita en sus reflexiones y perplejidades a participar de los asuntos domésticos que además les surten de experiencias e información desde sus rutinas y rituales diarios, motivado por las ganas de emparentarse con la vida común que nos une a todos. Dice al principio: “En ocasiones nos quedamos con la sensación de que deberíamos haber dirigido unas palabras a alguien en lugar de quedarnos callados”.

Desde ese inicio intencionado, en apenas noventa páginas, irá desgranando, en las cuarenta y siete piezas sin enumerar que componen su opúsculo, toda esa tarea en la que consiste el heroísmo de lo cotidiano, como decía Montaigne, al que cita en más de una ocasión. Grasa sabe que en la literatura todo es cuestión de medida: un poco más, algo menos..., como la vida misma que diría Antonio Machado en uno de sus proverbios. Por eso el diseño de su libro se encamina al aprovechamiento de lo que se puede volcar en no más de dos páginas, lo suficiente para albergar una experiencia, un matiz de vida: afeitarse, limpiar los zapatos o hacer la cama, para enlazarlo con el gozo de hacer sobresalir ese ritual.

Las lecturas y citas que aparecen en cada entrada de este diario fingido son alumbramientos que suscitan el interés por no abandonar la actividad de seguir aprendiendo. “Uno no puede pretender saber de todo –subraya Grasa–, pero debería dar razones de todo lo que hace”. Y añade: “cuando uno está bien y está a solas permite que el mundo descanse un poco, incluso de uno mismo”.

La hazaña secreta es un ejercicio de la memoria, una obra que encierra una teoría experimental del aprovechamiento del día, como bien decía al respecto el pintor Pepe Cerdá, otro de los citados: “un día es una cosa muy seria”, que nos muestra las posibilidades que ofrece el devenir de cada jornada que se nos presenta, en la que nos llevan a profundizar en esa levedad rutinaria que llamamos costumbre.

Ismael Grasa incide en que “por más que una persona siga una vida sedentaria y común a los ojos de los demás, nunca se puede decir que no esté llevando a cabo alguna clase de viaje”. Uno tiene la impresión de estar leyendo un manual de buenas costumbres, pero también parece encontrarse ante un tratado reducido de filosofía de lo que acontece discretamente alrededor de la vida, bajo un impulso espontáneo que nos lleva a interpretar con sutileza, desde un punto de vista ético, todo aquello que nos rodea.

Lo persuasivo de todo el libro es ese cariz de aproximación de la prosa a la poesía que conlleva el texto, pleno de asombro e intuición, que no es más que el reflejo común y sencillo de mirar con gratitud la propia vida, como posibilidad de hacerla más entendible y jugosa.

La hazaña secreta contiene la respiración, el latido y la verdad del hecho de vivir, sin impostura. No es un libro concebido como una fragata para llevarnos a tierras lejanas, como diría Emily Dickinson, sino más bien una balsa para manejarnos por el ámbito doméstico en asuntos que damos por hecho y en los que conviene reparar.


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