domingo, 24 de mayo de 2015

Puttermesser o el Bronx como Talmud psicodélico

Miguel A. Zapata

Hay en la narrativa norteamericana del último medio siglo una serie de constantes que permiten hablar de “novelística judía” o del “factor judío”, especialmente perceptible en autores como Saul Below o Philip Roth, tanto en la construcción de la psicología de sus personajes como en el análisis de ambientes y vivencias individuales y comunitarias. Ahondando en esta singularidad, Los papeles de Puttermesser (Mardulce, 2014), la celebrada novela de Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), es una vuelta de tuerca inaudita al tema hebraico como vertebrador (aquí más que nunca) de la obra.

Estructurada en separatas a modo de crescendo biográfico de la protagonista, narra la histora de Ruth Puttermesser, una funcionaria neoyorquina que es testigo trágico de las corruptelas administrativas del consistorio de la Gran Manzana, en una difusa época que estaría entre los albores de los años setenta hasta los días de Jackson y Giuliani, sin que haya mención alguna a gestores reales a lo largo de la novela, despersonalización que abunda en el carácter de fábula neurótica que impregna la obra. Desde su puesto gris en los cuadros bajos de la administración hasta el ascenso de Puttermesser a la alcaldía y posterior caída en desgracia, Ozick aborda la narración como una actualización originalísima de los mitos hebraicos y de sus rasgos de estilo culturales, trenzando un biopic trufado de humor negro e ironía, con un estilo de gran brillantez visual y alegórica.

Asistimos así a la creación espontánea por parte de Puttermesser de su propio Golem, de forma azarosa, como una floración espontánea en las macetas de su apartamento del Bronx. El Golem, como ser fundacional en la cosmogonía medieval del mito judío para la defensa de la comunidad asaltada por las andanadas antisemitas, es aquí un descacharrante trasunto de los deseos imposibles de orden moral y de lucha contra la corrupción política de Ruth Puttermesser, que empleará a su criatura como alter ego hacia la conquista de la alcaldía de Nueva York.

Posteriormente, la acción dará un vuelco desde el fantástico surreal de la primera parte hacia la vida amorosa de Puttermesser, su búsqueda de una pareja afín a sus aspiraciones intelectuales, alguien a quien convertir en el depositario de sus deseos de conocimiento. Avanzada ya la novela, y deshechos sus sueños de poder político regenerador y de un triunfo amoroso imposible, la protagonista devendrá también en una suerte de cicerone y guía espiritual de su sobrina, una ambigua y desencantada inmigrante de origen ruso que llegará a Estados Unidos tras la caída del régimen comunista soviético con su equipaje de arribismo neocapitalista y un plan de regreso que terminará por traicionar finalmente a su tía y mentora, a su loable espíritu redentor.

Cuando en el capítulo final asistamos a la muerte terrible de Puttermesser en su apartamento solitario y a su ascenso a una visión particular del Paraíso, en esas reflexiones finales del espíritu de una solterona que ha visto derrumbarse su plan de búsqueda de un ideal que dé sentido a sus días está la reelaboración del mito judío de la espera mesiánica, de la llegada de la buena nueva que deberá transformar al hombre y a la civilización occidental, al pueblo hebraico como destinatario de la gloria venidera de Yahvé. El humor grotesco de Ozick convierte esta espera de tiempos mejores y la resignación proverbial del mundo judío en una magnífica novela que es a la vez una ácida crítica a la decadencia de la sociedad norteamericana contemporánea y a la pasividad de una comunidad atribulada por los conceptos de pertenencia, memoria histórica y aceptación cultural.