miércoles, 20 de mayo de 2015

Reloj de arena

David Trueba (Madrid, 1969), escritor, guionista y director de cine, después de siete años de silencio, nos entrega su cuarta novela, una historia amena y contemporánea, narrada con humor contenido, sobre el naufragio vital de una relación amorosa, la infelicidad que conlleva y la inestimable presencia de lo imprevisto que contribuye a que la debacle se transforme en una mejor estancia.

El protagonista de Blitz (Anagrama, 2015) es un joven arquitecto paisajista, entusiasta de los relojes de arena. Le fascinan porque dicha obsesión le sirve de aviso y cuantificación del valor del tiempo pero, a su vez, de evasión. Para él, estos artilugios ancestrales formulan una idea visual sobre la ansiedad del hombre ante el transcurso inexorable del tiempo, ese proceso inevitable del discurrir de la vida. Por eso, la idea concebida por Beto, el narrador y personaje de esta novela corta, sobre su bosque de relojes de arena, a escala humana, un proyecto que presenta, como invitado, en una convención internacional que tiene lugar en Múnich, es una metáfora que señala la sumisión de cada uno a la ley de la gravedad, lo mismo que esa arena que va cayendo por la cintura prieta de esos transparentes recipientes de cristal. Mientras el congreso inicia su andadura, Beto recibe, por error, un mensaje en su móvil de su novia, que le acompaña como ayudante, y descubre que la vida que compartía con ella hasta entonces se ha roto en pedazos.

Este es el arranque del libro, un fogonazo cruel en el alma de un joven arquitecto. Trueba toma por título lo que en alemán se refiere a relámpago, estallido, para situar lo que a continuación le va a suceder a este hombre, de apenas treinta años, que no está preparado, ni quiere asumir una ruptura desgarradora que llega en el momento más indeseado e inoportuno de su carrera. Beto no puede evitar caer en un angustioso abandono. Sin embargo, la ternura y comprensión de una mujer mayor, Helga, una alemana que le dobla la edad, se convertirá en un extraordinario refugio y bálsamo que le aliviará de los estragos del desamor. A partir de esta nueva e insólita hospitalidad, la mujer será determinante en abrirle los ojos a la realidad sobre aspectos en los que nunca había fijado su atención antes, como la infidelidad, el sexo con una mujer madura, la soledad, la intermitencia del amor en cualquier etapa de la vida y el paso del tiempo que tantas veces había observado en los relojes, pero en el que jamás había reparado a nivel personal.

Blitz es una reflexión sobre las consecuencias de la orfandad sentimental pero, a su vez, es una catarsis existencial destilada en pequeños detalles que habla de nuevas apariciones y vislumbres acerca de esa alocada forma que tienen los sentimientos de irrumpir en nuestras vidas, para abatirnos o para volver a ilusionarnos.

Si hay algo importante y que marca al lector de esta intensa novela corta es que, una vez iniciados sus primeros párrafos, no hay otros posibles argumentos que puedan perturbar el final del relato, ni mucho menos lugar para pensar en abandonar su lectura, atrapado en la intriga por saber qué va a ocurrir en la vida azarosa del protagonista que, después del abismo, se siente más experimentado y con la ilusión de girar de nuevo el reloj de arena de sus sentimientos. No sería peregrino imaginar que esta historia de soledad y fracaso nos depare en el futuro su versión cinematográfica, dirigida por el propio autor. En este caso concreto, parece que esta aspiración ha sido ya revelada por el mismo escritor en una reciente entrevista en la televisión.

En resumen: Blitz es una novela emotiva, concebida a modo de diario personal y muy bien escrita, donde el tiempo está muy presente, incluso en el aspecto formal del texto. Hay una primera parte de tres días que transcurre en el congreso y que ocupa gran parte del libro, y otra de once meses de menor extensión. Toda la historia sucede a lo largo de un año y, aunque Trueba sabe bien que para contar algo se necesita guardar la distancia apropiada, aquí acierta en la aproximación que exige el relato en primera persona, capaz de transitar por un terreno más cercano y cómplice con la verdad del narrador, para contarnos en un tono, entre apesadumbrado y sentimental, una indagación en el amor perdido y la realidad del paso del tiempo.