domingo, 23 de agosto de 2015

El sobrepeso de vivir

En el Babelia del pasado sábado, el gran gurú de la lectura Alberto Manguel decía, al inicio de su reseña, esto que suscribo en su totalidad: “Quizás porque la lectura es una actividad íntima y solitaria, el lector siente, después de cerrar un libro que le ha gustado, la necesidad de contarle a otro su experiencia”. Desde luego, de ese impulso irresistible aludido por el escritor argentino, doy cuenta al acabar la agitada lectura de Setecientos millones de rinocerontes (Alfaguara, 2015), y es que en esta novela sí he encontrado suficientes líneas, párrafos y argumentos merecedores de la atención que comporta un libro como este, tan sorprendente, no solo por su forma de contarnos la algarabía encerrada entre sus páginas, sino por lo excepcional de su entramado narrativo que, no tengo dudas, llamará igualmente la atención al futuro lector que se atreva con esta singular obra, un tanto delirante y, más que nada, reivindicativa en su totalidad.

No es verdad que la literatura se deba solo a sí misma, carecería de interés si no tuviera en cuenta la realidad, el mundo que retrata y los conflictos que rodean la vida de sus personajes o las del propio narrador que sostiene la historia. Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) lo sabe muy bien y es capaz de conectar con el lector con un artefacto literario, entre la novela, el ensayo y el reportaje, para mostrarnos su universo por el que deambulan sus protagonistas, esos rinocerontes aturdidos, solitarios y enigmáticos que representan a tantos millones de seres trastornados y estresados como en realidad nos sentimos nosotros, los humanos.

En apenas doscientas cincuenta páginas, Vilas nos resume su apuesta existencial, esa que conduce a temas tangibles y reales como el envejecimiento, el amor, el alcoholismo o el divorcio, donde no falta el humor, el delirio y mucha sensatez por cada resquicio del texto, dejando claro que “la literatura no precisa ni bondad, ni maldad, sino palabras que le sean leales a la fuerza y al ímpetu indeterminado y ciego de la vida” (pág. 116).

Setecientos millones de rinocerontes tiene la estructura de un libro de relatos donde el autor aragonés parece divertirse a lo grande, agitándose como en una coctelera psicoanalítica, y en la que aparece Cristóbal Colón como conductor y psiquiatra a la vez de esa manada de seres bien armados y con cuernos, que andan solitarios y desdichados por el mundo. España es el escenario principal por donde vagan estos especímenes extraños y enigmáticos, y un lugar reivindicativo para hablar y polemizar con la literatura: aquí se abrazan y reconcilian Vargas Llosa y García Márquez, aquí se disfrazan y juegan al despiste entre ellos Vila-Matas, Rivas y Vilas, y aquí, también, se homenajea en un extenso capítulo, con parodia y rigor, a Umbral, un escritor moderno y fértil, que escribió brillantemente de casi todo.

Para Vilas, la vida humana es un caos, en el fondo, un enigma irresoluble, y escribe con la obsesión de saber y cuestionar lo que pasa dentro de sí mismo y lo que ocurre a su alrededor en cada momento o estadio de la vida. Los rinocerontes que aparecen a sus anchas por la novela no son más que ejemplares que representan la metáfora de las insatisfacciones y aspiraciones propias de nuestra existencia. Setecientos millones de rinocerontes no es más que un manual narrativo de antisiquiatría, subrayan algunas voces, una dehesa extraña de seres desorientados que viven al pairo y sienten en su piel la deriva de sus vidas efímeras, aunque también encontramos la generosidad e inteligencia manifiesta de muchos de sus ejemplares.

Como un feriante que exhibe espejos deformantes, Vilas se pasea en este libro político y socialmente incorrecto con desparpajo, humor y sátira cercana al esperpento. Sus millones de rinocerontes desencantados reivindican, con una clara invocación a la vida, la esperanza de vivir sin ataduras el tiempo que se nos escurre con ligereza.

Descubrir a Manuel Vilas ha sido todo un hallazgo feliz, un encuentro gratificante otorgado por el azar, y que, gracias a la originalidad de su escritura y a su trascendencia, no quería ponerme a reseñar esta primera incursión lectora de su obra sin conocer su poesía, hasta leer El hundimiento (Visor, 2015), como he hecho y que me parece un estupendo poemario existencial y alegórico.


Con solo haber leído sus dos últimas publicaciones, y conociendo mi propensión a ser lector de esos autores que me han dejado huella, seguiré dando pasos por su trayectoria literaria con la confianza de que el poeta y narrador aragonés me ofrezca parecidos gozos como lo hicieron estas dos recientes creaciones, y así aliviar la rutina y el sobrepeso de vivir, eso que a tantos “rinocerontes” nos aqueja. [Reseña núm. 234]