lunes, 6 de marzo de 2017

Relaciones movedizas

El deseo aparece como un sentimiento, como un sobresalto o una explosión dentro del cuerpo, escribe Siri Hustvedt en su ensayo Vivir, pensar, mirar (2012), pero siempre significa un ansia por algo y siempre nos empuja hacia algún sitio, hacia eso que nos falta. Mientras que una necesidad puede suponer una urgencia para el bienestar o para la supervivencia del cuerpo, un deseo, como bien apunta la novelista neoyorquina, existe en otro nivel de la experiencia. Puede ser razonable o irracional, saludable o peligroso, pasajero u obsesivo, débil o fuerte, y cuando ese anhelo raya en traspasar los límites del mundo de otra persona, entonces la urgencia se puede convertir en una inevitable pesadilla o en una triste derrota.

La historia de adulterio que cuenta Francisco Solano (Burgos, 1952) en su última novela, Jugaban con serpientes (Minúscula, 2016), responde a esas relaciones movedizas descritas con tanta sagacidad por la escritora norteamericana en su ensayo que conducen a la mayoría de la gente que se embarca en este tipo de juego amoroso y sentimental en el que las urgencias y el desatino llegan a trastocarlo todo. En este caso, el acoplamiento compartido por los dos amantes de este relato solo aspiran en principio a intercambiarse afectos y pasión en la intimidad mientras dure su aventura. Pero el deseo urgente que va creciendo en el alma del narrador anónimo de esta novela lo convertirá, como el mismo personaje revela, más en un estratega que en un amante, sobrepasado por ese anhelo arrebatador de conocer y comprender el lado ajeno, que no es otro que el del marido engañado. Este es el lado perverso y original del libro de Solano: situarnos como lector frente a una historia sobre la inconsistencia del amor, planteada desde la infidelidad conyugal, desde esa geometría del triángulo amoroso, pero desde el lado del narrador amante, un hombre que se apiada de sí mismo, de una situación que casi le sobrepasa. Se siente intrigado y, al mismo tiempo, le corroe la compasión por ese marido al que engaña como amante de su esposa, quien ostenta por ley ese atributo concedido en el matrimonio y que él no posee, aceptando el rol de ser un extraño oculto, el otro que menudea en la vida de la misma mujer y que comparte, a ratos, intimidad y secretos. Alguien dijo que el verdadero objeto de intriga del adúltero, aunque él lo ignore, no es el amante, sino el marido de ésta. El narrador de este melodrama sí es consciente de ello, hasta el punto de que quiere saber más sobre su particular existencia, una aspiración que legitimará aún más su aventura.

No es verdad que el matrimonio sea indisoluble, como decía el humorista gráfico español Chumy Chúmez, sino que se disuelve fácilmente en el aburrimiento. Cristina y Santiago pertenecen a este prototipo de pareja aburrida y esquiva a todo tipo de relaciones sociales, principalmente por él, un hombre discreto y simplón que pasa la mayor parte del día entregado a sus quehaceres administrativos en la notaría donde trabaja como oficial. El matrimonio de ambos carece de entusiasmo y trascendencia, disuelto en una vida lineal e insignificante. Sin embargo, sabemos por el narrador, que para los que la tratan, la esposa como tal ha sepultado a la verdadera mujer que encierra, aunque fuera del ámbito matrimonial, Cristina parece recuperar con su amante su gracia y esencia no realizadas plenamente con Santiago, su marido.

El narrador de Jugaban con serpientes se conforma aparentemente con su papel de amante, pero la incertidumbre de contar con que la mujer decida abandonar al marido y ofrecerle una relación diferente y más comprometida le azuza e inquieta. Ante lo que le puede sobrevenir, una vez que conoce al marido de Cristina en su entorno laboral, decide indagar más sobre ella, pero sin apenas peguntar, interpretando sus gestos y mirada que le conducirá a crearse una inevitable dependencia de cercanía y arrebatos irreprimibles de estar más con ella.

El autor es capaz de sorprender al lector dando un giro a lo que parecía devenir en este melodrama tan bien urdido, y entonces la mujer encuentra el salvoconducto ideal para librarse igualmente de las ataduras de su amante tras el divorcio que se avecina: si gracias a su marido lo eligió como amor clandestino, con la ruptura matrimonial también perderá su función de amante y sustituto.

Así pues, este es un relato de una relación prohibida que aborda la imposibilidad de aflorar un amor clandestino cuando ninguno de sus protagonistas opta a cambiar otro papel que no sea estrictamente el de amante. Atravesada por un clímax psicológico llevado muy inteligentemente, esta novela, profunda e incisiva, pese a su brevedad, no rehúye el conflicto moral del engaño amoroso consentido, como tampoco pasa de puntillas sobre la complicidad que dicho engaño requiere.

Solano firma una novela en estado de gracia sobre las relaciones movedizas del adulterio: concisa, hermosa y reflexiva, con una prosa eficaz y contenida que subyuga al lector a seguir leyéndola atento hasta su portazo final, un hallazgo feliz que debo a la recomendación entusiasta del crítico Ignacio Echevarría en su columna semanal de El Cultural de hace poco y de la que propongo correr la voz.