La protagonista de la novela Ruth (2026, Destino), de la escritora argentina Adriana Riva (Buenos Aires, 1980), tiene 82 años, es viuda y médica jubilada, y, sobre todo, es una mujer que rompe con los estereotipos tradicionales de la vejez. Ruth es una persona irisada de cautelas que rehúye de cualquier paraíso moralista y se refugia en la música clásica como lenitivo para superar la dura realidad a la que se enfrenta. Va a la ópera con asiduidad, y la lectura viene a ser su sustento para entendérselas con el mundo. Siente una pasión desmedida por la pintura y los museos. Ruth es una enciclopedia vital y una hedonista que sostiene que “también la comida es un lenguaje”. Le gusta cobijarse en rutinas frente al tiempo que pasa, ocupada serenamente en su vida cotidiana, consciente de que no tiene otra, y, además, se siente atrapada por la amenaza de la muerte. Por eso mismo, le brota el afán de sacar el máximo partido a su propia existencia, así como al propósito de justicia universal y por la compasión hacia todos sus congéneres.
Adriana Riva se vale de este personaje para escribir una novela luminosa, realista y llena de humor, mostrando la vida de una octogenaria que, a pesar de sus achaques, refleja toda una perspectiva vitalista y lúcida, en las antípodas de la decadencia y de la tristeza que, en la mayoría de los casos, conlleva la vejez. Escrita en primera persona, y con una prosa sencilla e incisiva, la historia de Ruth nos encandila por sus reflexiones sobre su propia familia y el mundo. Destacan las conversaciones con sus amigas Fanny y Luisa, las relaciones con sus dos hijos, uno abogado y el otro al que llama “el que pasea al perro”. Ruth es una mujer de actitud positiva, insuflada de las más hondas aspiraciones del ser humano, sin perder de vista la ironía, consciente de que lo importante en la vida se aprende, sobre todo, con los años. No le importa reconocer que se encuentra en un trayecto de su vida que bien podría ser un examen final, sin temario establecido, y a solas, en el que la calificación la dicta el propio examinado.
Desde el inicio del libro pone por delante al lector para que conozca sus rutinas: “Desde que murió mi marido, vivo en la cocina. Es el único lugar de este departamento donde me siento cómoda. Duermo y miro películas en mi cuarto, pero el resto del día me lo paso sentada junto a la heladera, en camisón, estudiando movimientos artísticos, obras, mapas, palabras, fechas. Es mi manera de matar el tiempo, porque el tiempo se resiste a matarme”. Página tras página, vamos descubriendo que el deseo de Ruth se limita a vivir casi ensimismada, para vivir con mayor sentido y ganas de compartir este deseo de gratitud con lo vivido. Dicho deseo está lejos de obsesionarla por alargar su vida, sino de implicarse cada vez más en ensancharla para ahondar en su razón de ser. El humor le brota como producto anticipado de esa muerte que le aguarda, como sedante provechoso para reírse de ella misma y a pesar de ella: “Cada vez deseo menos, pero nunca alcanzo la felicidad de no desear”.
Ruth es una novela breve, pero inmensa, repleta de pensamiento, jugosa y amena. Todo en ella me parece encomiable y punzante, dispuesto para el subrayado y la cita: “Llevo años achicando el mundo”; “Las palabras tienen una tendencia a la evasión, muestran y esconden”; “Cada vez me siento más extranjera entre la gente”; “Mi nieta aprende y yo desaprendo, estamos en las antípodas de la vida”. A Ruth, pese a todo, lo que le importa y la empuja a seguir adelante son las disquisiciones que le ayudan a tomar aire y a aceptar la incertidumbre del vivir. Para ella, “la duda es el motor de la vida”, y la realidad le importa un pito. Lo que a ella verdaderamente le importa son los puntos de vista: “Ya lo decía Proust, la realidad se construye en la cabeza. Somos sonámbulos”.


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