viernes, 28 de agosto de 2026

Estampas y reminiscencia


La novela La gente (Fundación José Manuel Lara, 2025), de Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) es una muestra más de la riqueza abierta de este género como contraste escalonado de lo hecho y lo recordado a través de ese vaivén perpetuo de la memoria que la novelística estira hasta sus extremos más imprevisibles. En estos confines narrativos destaca la inclusión y el cruce de lenguajes de los distintos estratos sociales, así como el reflejo de una serie de extravagancias y comportamientos de los diferentes personajes que por aquí desfilan en sus modales y lenguajes particulares. Precisamente, dichos ámbitos se cruzan en un juego narrativo de frontera fluida entre el retablo-relato y la vida.

En esta nueva incursión narrativa, Benítez Reyes presenta una galería de estampas y reminiscencia en la que está muy presente la identidad como mecanismo de revelaciones y confabulaciones de la condición humana expuestas por quienes por aquí se dejan ver, y cómo cada cual se interpreta a sí mismo a través de la voz indulgente de su conciencia. Esta nouvelle, de apenas 155 páginas, subtitulada Mural de espectros, además, está entretejida como un mosaico coral de vidas anónimas que deambulan por su propio pueblo costero andaluz, Rota, donde el verdadero protagonista del libro lo desempeña la colectividad y no un personaje concreto. La memoria de esa atmósfera local está muy presente en sus páginas, como así se destaca desde su inicio: “La memoria es también como un caleidoscopio. Por eso su fundamento es indeciso y todo gira en ella con el vértigo de un remolino de imágenes que no pueden quedarse quietas…”

Por otro lado, la novela se construye sobre el viejo artificio del manuscrito hallado. En este caso, se trata de un narrador en primera persona, Alberto Márquez Rancés, que asegura haber descubierto entre los papeles de su tío abuelo, Miguel Rancés Olivares, un texto inconcluso que retrata a los vecinos del pueblo. Ese manuscrito, titulado provisionalmente Los afanes, recopila un fresco de tipos y anécdotas que, engarzados, sin una trama lineal, conforman una destacada galería costumbrista de personajes que representan la vida cotidiana de una localidad, en sus diferentes facetas y planos, a modo de mural de una época, de bazar de curiosidades, suposiciones y conjeturas.

Las vidas de todos ellos se suceden, se cruzan y se bifurcan en un microcosmos donde el tiempo parece anodino y, sin embargo, como en una novela cervantina, aflora el ingenio, el detalle, la parodia y el humor, desde el rumor y los equívocos que se van encadenando, verbalizados por cada uno de los protagonistas que salen a colación. La Guerra Civil y la posguerra siguen marcando, también, la vida del pueblo. Por todo ello, diría que el tono de la novela es, ciertamente, tragicómico, compasivo y bienhumorado, compaginado con las manías y los dimes y diretes de quienes entran en escena, bajo una estructura de engarces y vericuetos, dejando ver “una panorámica sin ilación argumental entre las partes”, pero con certeros detalles y vivencias de quienes entran en liza.


Benítez Reyes
percute e impulsa, con gracia y destreza, cómo la literatura es un ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede, pero que siempre el relato se impone en tal deseo travieso e imposible. La gente refleja ese sentir de convertir lo real en palabras y hacer que las palabras sean reales, por medio del hechizo de sus personajes y sus enigmas. Con este libro su autor marca una ruta a descubrir, por la que el lector viaja con los ojos de los labios de quienes miran y pronuncian la historia de lo escrito, de sus chismes y malentendidos: “Esa novela, en suma, que no escribe nadie y escribimos entre todos”.

La gente es una novela desenfada, inteligente y de latidos gozosos, que se distingue por su vasto repertorio de figuras. Cada una a su manera, nos muestra y nos conduce a pensar cómo cualquier vida posee su particular razón de ser y de estar en el mundo, como una extraña confabulación tácita ante los demás. Un disfrute de lectura, “una especie de diario en que el protagonista no es quien lo escribe, sino los otros”.

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