jueves, 6 de agosto de 2026

Representar la invisibilidad


A menudo, acudimos a una representación teatral sin apenas prestar atención a los figurantes, esos personajes que aparecen en escena sin asumir, por lo general, un papel protagonista, ni intervenir con parlamentos extensos durante el discurrir de la obra. Sin embargo, su presencia está lejos de ser irrelevante. Les toca a ellos contribuir a poblar, en buena medida, un espacio dramático pertinente, dotándolo de vida, verosimilitud y movimiento. El figurante, por lo tanto, no es necesariamente una figura pasiva. Aunque no tenga texto, comunica mediante su propio cuerpo una expresión, una postura, una reacción colectiva o un desplazamiento que puede vislumbrar alguna información narrativa a tener en cuenta. En ese sentido, su actuación pertenece a una dramaturgia de lo visible en segundo plano, en la que su significado no depende exclusivamente de la palabra.

Llega ahora la escritora Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) para destacar, precisamente, en su primera incursión teatral, el desempeño de los figurantes, de aparente invisibilidad, y situarlos dentro de un rodaje de cine, poniendo su atención en el papel que los extras desempeñan, pero, en esta ocasión, además, dándoles voz y protagonismo, e invitándonos a pensar y reconsiderar qué rol representamos en la sociedad las personas normales en la que, muchas veces, nos toca vivir en suerte como meros figurantes. La acción transcurre durante una jornada de filmación en la que cinco figurantes: Cécile, Orso, Bruno, Joyce y Nora, esperan en una sala las instrucciones de la jefa de figuración o del Superayudante. Ninguno sabe con certeza para qué película trabaja, ni en qué momento saldrá a escena. Pasan las horas sometidos a cambios de vestuario y a larguísimas pausas, con la incertidumbre de no saber si aparecerán, o no, en pantalla. Pero sí saben que conforman una parte más del decorado.

Los figurantes (Anagrama, 2026) representa una metáfora de las jerarquías sociales, la precariedad y la invisibilidad laboral. De Vigan aborda aquí toda esta simbología y la paradoja de quienes resultan imprescindibles sin llegar a ser reconocidos, y convierte esa experiencia en una reflexión más amplia sobre la existencia, de ahora y de siempre, del deseo de pertenencia e identidad, de la brecha entre lo real y lo anhelado, y de la impresión consecutiva de actuar como meros “figurantes” en una sociedad que nos excede y somete a desempeñar roles competitivos en exceso. Frente a una cultura dominada por la exposición constante ante el mundo y la aspiración al protagonismo, la obra reivindica la dignidad de las presencias marginales, así como lo irreductible de aquellas vidas que se desarrollan en escenarios secundarios.

De Vigan viene a decirnos en Los figurantes que siempre nos contamos una historia, y nos movemos en la ficción entre el ser y el no ser, como ya dejó escrito en novelas anteriores suyas, como Las gratitudes (2019) o Las lealtades (2018). En este texto teatral de ahora, bajo la traducción de Pablo Martín Sánchez, viene a resaltar, además, la inventiva que otorga esa verdad emocional que siempre va con nosotros a todos lados. Algo así como dice J.M. Coetzee, que “cuando nos inventamos nuestra autobiografía estamos ejerciendo la misma libertad que tenemos en los sueños, donde imponemos sobre los elementos de una realidad recordada una forma narrativa que es nuestra, por mucho que esté influida por fuerzas que apenas entendemos”. La lección, según se deriva de lo expuesto, es que es difícil escapar del papel que desempeñamos en nuestro quehacer diario, pero tal vez seamos libres para reinventarnos y cuestionar lo que significa ser visto y reconocido por los demás.

Entrando en los entresijos de su estructura y estilo, Los figurantes es una obra teatral concisa y punzante, llena de humanidad, enmarcada en cuatro actos. El primero de ellos, titulado Esperar, ocupa la mayor parte del texto, destacando la importancia de la espera como centro neurálgico de la obra y exponente de nuestra condición existencial y laboral. Los otros tres actos: Pasar, Bailar y Hablar en silencio, más breves, conforman el complemento coral que anuda su dramaturgia donde lo cotidiano, los caprichos y pautas a seguir se vuelven material escénico para hablar del trabajo, de la precariedad y de los agravios comparativos, mientras se está a la espera de un golpe de suerte, como deja dicho uno de sus personajes: “No seamos ilusos. No somos más que sombras movedizas, aisladas, borrosas, al servicio de los caprichos de las grandes estrellas”.


Delphine de Vigan evita incurrir en compasión innecesaria o en preocuparse de emitir juicio moral alguno. En Los figurantes deja pie a sentir las palabras sin tener que acudir a emborronar la realidad. Contar la invisibilidad de los personajes que por aquí transitan es para ella su objetivo literario, dar testimonio de cuanto les rodea, producto también de su imaginario y experiencia. Es decir que todos somos de alguna manera figurantes en la vida, que el mundo entero y cualquier escenario por donde nos desplazamos no es más que un conjunto inevitable de figuraciones engarzadas. Yo también lo creo.

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