Cada libro suyo, cada relato, viene a constatar que estamos hechos de historias, y que estamos en el mundo a través de los relatos que se sumergen en lo cotidiano o en el absurdo, en el desastre que nunca termina de llegar del todo, tal vez porque aprendimos a convivir con él. Son historias que indagan con humor acerca de lo inusitado, el fracaso, la huida, la muerte, la incomunicación. Por eso la función de escribir o contar historias depende completamente de los significados de la propia existencia, del pensar, como mantiene Mario Levrero en su libro El discurso vacío, “y no se puede pensar conscientemente en el pensar mismo; de igual modo no se puede escribir o hablar por hablar, sin significados... Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos”.
La escritura de Trías es reveladora y está en sintonía con el sentir literario de Levrero. Retrata otros significados de la vida, fijando sus instantes con la idea de transformar lo cotidiano en excepcional, con el propósito de combatir los fantasmas que transitan a su aire dentro de nosotros. Todos los cuentos reunidos en Miembro fantasma (Páginas de Espuma, 2026), su libro más reciente, se bifurcan y se adentran por territorios fantasmagóricos en los que, con el paso del tiempo, se vislumbran vínculos rotos, vacíos, cicatrices y secuelas que perduran. Son piezas que transitan por esos límites y trabajan con el silencio, con todo lo que no se dice, pero, queda cifrado dentro del texto y nos hace cavilar a sus lectores. Son diez relatos concebidos bajo la metáfora sensorial de algo amputado que sigue presente y doloroso, provocando el desasosiego o el caos en el vivir de sus afectados.
En el primero de ellos, Personaje en construcción, un escritor trata de crear un personaje referido a un gran escritor, pero termina confundiendo su identidad con el protagonista que inventa. Percibimos aquí un juego metaliterario circular que aborda la impostura y la dificultad de imaginar la experiencia ajena. El relato que da título al libro es la pieza clave, quizá también la mejor. Miembro fantasma es un monólogo interior escrito en un tono íntimo y tenso en el que un exilado de la dictadura uruguaya nos cuenta su experiencia de pérdida, supervivencia y duelo, como imagen y metáfora de que lo ausente sigue anidando en el cuerpo, en la memoria. Otra pieza central del libro es Ciclón, la historia de una mujer, ya anciana, que recibe una llamada inesperada que la hace revivir el recuerdo de una amistad intensa de la infancia y adolescencia con una escritora de éxito. Aquí la fidelidad de la memoria, la amistad, el deseo y los silencios se agitan como herida abierta.
A través de Una mujer de su época, uno de los relatos más breves, pero de los más intensos y hondos, percibimos el presente del dolor y de los deseos de su protagonista, una mujer de unos sesenta años que observa desde la ventana de un hospital a un perro callejero en una plaza. La vejez, la finitud de la vida, el amor y los deseos se entrelazan con resignación y media sonrisa. Llegamos a otro de los mejores cuentos del libro, me refiero a Intimidad irremplazable, una historia que vuelve a poner en primer plano la amenaza del alcohol vista desde el desencanto. El relato percute de nuevo en la sensación que envuelve al libro de “miembro fantasma” como presencia irremplazable, que sigue doliendo en presente continuo.

