La narrativa de la argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) conjuga su universo literario combinando esa prestancia que la palabra requiere alcanzar entre lo visible y lo invisible, donde lo anómalo corre el riesgo de volverse normal. Uno, como lector, termina sus libros con el cuerpo alterado bajo un aire enrarecido y un cierto amargor en la garganta. Desde sus primeros cuentos aparecidos en Pájaros en la boca (2009), o su primera novela Distancia de rescate (2014), pasando por los relatos de Siete casas vacías (2015), hasta llegar a las piezas que conforman su libro de relatos más reciente, El buen mal (Seix Barral, 2025), su literatura se centra en lo extraño e insólito. Rara vez sus personajes viven hechos fantásticos, sino más bien pequeñas torsiones de una realidad en la que lo monstruoso llega a convertirse en algo cotidiano.
Los seis relatos que conforman El buen mal se ambientan bajo el tapete de la vida diaria que llega a trascender lo insólito, en una dimensión ajena a la lógica, pero verosímil dentro de la historia contada. Todos los relatos, además, tienen una referencia o se sitúan en el país rioplatense. Schweblin se vale de unas historias, muchas de ellas al borde del abismo, para mostrar la condición humana como el resultado de una extraña tensión entre el aislamiento y la necesidad de vínculo, mediante una poética reconocible, la de una narrativa que desliza lo inquietante al pálpito de lo cotidiano. Todos los protagonistas de El buen mal asisten a un desacato parecido: un suceso desconcertante irrumpe en sus vidas para sacarlos de sus casillas, de la propia inercia que les impide comprender lo que aun teniendo delante de sus ojos no son capaces de ver.
En Bienvenida a la comunidad, el primero de ellos, el apego aparece unido a la crueldad y la culpa. Su título irónico revela una red de miradas, normas y violencias sutiles. La protagonista debe negociar así su lugar entre los vivos. El relato culmina con una tensión intensa y un extraño alivio; Un animal fabuloso, segundo relato, se construye mediante una conversación telefónica. La narradora reconstruye la escena en presente, mientras la revive. La precisión de la memoria vuelve el pasado cada vez más inquietante; el tercer cuento, William en la ventana, es el más autobiográfico. Su protagonista es una escritora argentina que viaja a Shanghai. Allí participa en una residencia junto a otros autores. Entre ellos está una amiga cuyo gato se llama William. El animal y los afectos interdependientes articulan el núcleo del relato.
El siguiente cuento, El ojo en la garganta, es el más radical. Narra la historia de Elías, un niño de dos años que ingiere una pila de botón y debe someterse a varias operaciones, incluida una traqueotomía. Aunque no puede hablar, piensa, observa y recuerda; su conciencia se convierte en voz interior, mientras el agujero de la garganta funciona como orificio narrativo y metáfora. El relato reflexiona sobre el cuerpo, el lenguaje y la culpa; La mujer de Atlántida, el cuento más extenso, combina iniciación y tragedia. Dos hermanas conocen durante el verano a Pitys, una anciana poeta bloqueada en su inspiración, y deciden ayudarla. La historia encarna la idea de que el mal puede nacer del bien. Por último, El superior hace una visita transforma una escena de solidaridad en una amenaza extrema: la atención a una anciana desorientada conduce a un giro hacia el terror psicológico, convirtiendo la casa en un espacio hostil e incierto.


me gusta mucho tu reseña, Jimmy.
ResponderEliminarMe fascina esta escritora, cómo integra lo extraño en lo cotidiano e hipbotizando nuestra atención lectora. Cómo nos lleva a otro lugar de la reslidad con sus recursos formales y su mirada
Así es María. Lo hace con suma maestría. Celebro tus palabras.
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