viernes, 10 de mayo de 2013

Los libros son explosivos


Los lectores de La librería ambulante quedamos gratificados con las insólitas peripecias de sus protagonistas, Helen y Roger, a bordo de su carromato por los campos de Nueva Inglaterra, vendiendo libros. La librería encantada, un asilo libresco atendido por un chiflado y una lunática (pág. 20), es la continuación consecuente de la entretenida y divertida novela anterior de Christopher Morley (Pensilvania, 1890 – 1957). Aquí, los protagonistas han madurado y se han establecido en el corazón de Brooklyn, según los deseos del Sr. Mifflin. “El Parnaso en casa está ubicado en una de esas confortables y antiguas construcciones de piedra marrón que han hecho las delicias de generaciones de fontaneros y cucarachas”, (pág. 11).

Parece que ahora en Gissing Street, donde se ubica la librería de los Mifflin, todo está en calma y sosiego, pero no es así. Estamos al final de la Primera Guerra Mundial, en el meollo de una época convulsa, repleta de avances técnicos, espionaje y mucho suspense. A pesar de que para Roger y Helen acabaran sus aventuras rurales, no dejarán de vivir situaciones divertidas y rocambolescas en su propio negocio. Allí acuden todo tipo de personas y se dejan seducir por la personalidad de Roger que siempre está dispuesto a ayudar a sus clientes y a asesorarles de lo que él sabe de forma apasionada: los libros. “No hay nadie más agradecido que un hombre a quien le has recomendado el libro que su alma necesitaba sin saberlo”, (pág. 19). Por allí pasarán hombres de negocios, un joven publicista, farmacéuticos alemanes y colegas libreros que forman parte del Club de la Mazorca, un foro de discusiones sobre el negocio de los libros, entre otros. Aunque para Roger, un especialista en biblioterapia (pág. 22), lo que más le anima de su negocio es transmitir el verdadero espíritu de amor a los libros, que él denomina bibliodicha, (pág. 76).

La librería encantada es una historia llena de referencias literarias muy británicas, donde la pasión por los libros es el leitmotiv del discurso narrativo desplegado, escrita en tercera persona y narrada magistralmente por Morley con destellos de humor y sarcasmo. Destaca las innumerables citas de libros en muchos de los pasajes de la novela que invitan a subrayar y a destacar para futuras lecturas.
Christopher Morley
Es una obra incisiva, divertida, donde los libros son el corolario de todo el argumento y donde la intriga policial pone un tono de excitación en la trama del relato, dedicada por el autor americano a los amantes de los libros y muy especialmente, en su escueto prólogo, a todos los libreros.

Vivir en una librería es como vivir en un depósito de dinamita. Esas estanterías están cargadas con los más temibles explosivos del mundo: los cerebros humanos" (pág. 28). Esto, tan incendiario y vehemente, es cosecha de un librero poco común, un letraherido convencido de que “los libros contienen los pensamientos y los sueños de los hombres, sus esperanzas y empresas, y sus personajes inmortales. Es en los libros donde casi todos aprendemos lo increíblemente valiosa que es la vida” (pág. 141). Porque los libros son la respuesta a todas nuestras perplejidades, (pág. 201). Y este libro es un logrado ejemplo de lectura recomendable.