viernes, 3 de mayo de 2013

¿Que nos está pasando con internet?



Después de finalizar la lectura del magnífico ensayo de Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, me dirigí a mi librero y le encargué el libro que, felizmente, acabo de terminar: Superficiales, ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, recomendado por el nobel peruano, editado en Taurus, del autor norteamericano Nicholas Carr (1959), que además es un experto en nuevas tecnologías de la comunicación y cuyo título en inglés es: The Shallows: What the internet is doing to our brains? Un texto, francamente, absorbente y perturbador. Carr no es un renegado de la informática, pero su investigación concluye que todos los servicios extraordinarios de Google, Twitter, Facebook o Skype tienen un precio y significarán una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano, como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV, que generalizó a todos los confines la lectura de libros, pero con estos nuevos servicios tecnológicos, el impacto será aún mayor.

Como afirma Marshall McLuhan: “Un mundo popular moldea lo que vemos y cómo lo vemos, y con el tiempo, si lo usamos lo suficiente, nos cambia, como individuos y como sociedad”. Los beneficios son reales, pero tienen un precio. Como sugería McLuhan, los medios no solo son canales de información y proporcionan la materia del pensamiento, sino que también modelan el proceso del pensamiento. Y es aquí donde radica su fuerza y peligro. En la actualidad, la mente lineal está siendo desplazada por una nueva clase de mente que quiere y necesita recibir y diseminar información en estallidos cortos, descoordinados, frecuentemente solapados, cuanto más rápidos, mejor. Neurológicamente, acabamos siendo lo que pensamos.El cerebro es plástico, que no elástico, ya que nuestros lazos neuronales no se ciñen a su estado anterior como una cinta de goma, sino que persisten en su nuevo estado.

Pero los neurólogos han acabado por darse cuenta -dice Carr- de que la memoria a largo plazo es, de hecho, la sede del entendimiento. No solo almacena hechos, sino también conceptos complejos, tales como esquemas y combinaciones de algoritmos. Las investigaciones no dejan de demostrar que la gente que lee texto lineal entiende más, recuerda más y aprende más que aquella que lee texto salpimentado de vínculos dinámicos. Lo que yo me pregunto es: ¿no parece que estamos evolucionando de ser cultivadores de conocimiento personal a cazadores recolectores en un bosque de datos electrónicos?

Aprender a pensar en realidad significa aprender a ejercer cierto control sobre cómo y qué pensar”, decía el novelista Kenyon Foster Wallace.

Todo lo anterior está prácticamente extraído del texto leído de Nicholas Carr deja a cualquiera materialmente fascinado y, en cierto modo, asustado y cariacontecido con el futuro que les espera a los jóvenes. Lo peor de todo es que expertos en universidades o en medios de comunicación afirman que sentarse a leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido, no es un buen uso del tiempo si ya se puede obtener toda la información que se quiera con mayor rapidez en la Web; pero todavía es más lamentable que crean que se lee libros solo para informarse. Todo lo contrario de lo que dice Umberto Eco, que afirma categóricamente que los libros complementan la memoria, pero también la desafían y la mejoran, no la narcotizan.


Carr no defiende el conservadurismo cultural, de hecho él es un usuario tenaz de internet, pero alerta de las posibles consecuencias de su uso indiscriminado para nuestro entendimiento y memoria. Superficiales es un libro interesantísimo, un ensayo certero sobre la realidad y presencia de internet en nuestras vidas. En él su autor despliega una argumentación crítica y brillante sobre sus posibles consecuencias. Quizás, al término de la lectura de esta obra, habría que plantearse sin rubor lo siguiente: ¿Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos?