viernes, 26 de julio de 2013

La audacia del verbo


En el Cultural de ABC del pasado fin de semana se abordó, en un extenso e ilustrativo reportaje, el fenómeno de los libros más vendidos en el transcurso de este año por las diferentes editoriales españolas independientes, bajo el título de Los otros “bestsellers”. Entre el sugerente catálogo reseñado en el artículo, quiero destacar La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera (Actopan, 1970), publicado por Periférica. El escritor mexicano, al que tildan de “el Rulfo del siglo XXI” , dueño del poder del lenguaje y de la tradición, que tanto gusta a los lectores literarios, ha escrito una extraordinaria novela. En esta novela breve, no solo el lenguaje desplegado entre sus páginas es encomiable, sino que apabulla al lector, con una voz que parece llegar de otra parte. La voz narrativa de Herrera encuentra una forma nueva de hablar sobre el mundo.

El arranque de esta trepidante historia es brutal y demoledor: “Lo despertó una sed lépera, se levantó y fue a servirse agua pero el garrafón estaba seco y del grifo escurría nomás un hilo de aire mojado”. Este inicio, así como su continuación y final está atravesado literalmente por el empleo del arma que mejor domina Yuri Herrera: la fuerza del lenguaje, el alarde de las palabras.

En La transmigración de los cuerpos una epidemia está arrasando las ciudades. La gente tiene miedo al contagio y lleva “tapabocas” de protección. Muchos se quedan encerrados en sus casas esperando mejores tiempos. La enfermedad lleva al aislamiento e inevitablemente también desata la brutalidad entre sus habitantes. El personaje del Alfaqueque es memorable, y, como protagonista de la novela, nos da la perspectiva de todo lo que pasa alrededor de la trama. Es un emisario que, como indica su propia definición, tiene la misión de intervenir y apaciguar. De eso vive, de mediar en los conflictos de los vecinos. Lo suyo es hablar y destensar las tiranteces entre implicados. Sin embargo está atrapado en ese papel, ya que el rol que desempeña es bajar los ánimos encendidos y, para ello, necesita el problema de la violencia para actuar. Pero el Alfaqueque, un personaje fronterizo, que tiene que mediar entre dos grupos polarizados, y que tiene que intercambiar seres queridos, a pesar de que estén muertos (como acostumbraban los antiguos griegos en los conflictos de guerra), posee un verbo sanador para resolver los asuntos. Su palabra es el arma apaciguadora de la violencia existente en el meollo de la historia entre dos familias (como los capuletos y montescos) en México, aquí desarraigadas y barriobajeras, en donde Romeo y la Muñe representan la tragedia de la trama shakesperiana. Alfaqueque se presta porque es consciente de saber manejar las palabras justas: “Verbo y verga es lo que tengo, pensó. Y a veces susto” (pág. 133).



La originalidad de esta ficción radica en la lengua, en buscar la palabra exacta, como Flaubert proclamaba, aunque Herrera utilice en este caso un lenguaje seco y desnudo, pero absolutamente preciso y sonoro. Este es el modus operandi del mexicano, tan eficaz como transgresor. En una entrevista reciente en la redacción de ABC, Yuri Herrera apostillaba sobre esto último afirmando que: “la búsqueda de la precisión es más importante que la búsqueda de la originalidad... Uno tiene que saber por qué escribe cada palabra. Saber por qué cada palabra debe estar ahí –en el papel, en la pantalla del ordenador– implica no decir más de lo necesario para construir una imagen, una emoción...

La transmigración de los cuerpos es un acontecimiento literario a celebrar, una historia de violencia intensa y amena, verosímil y efectista, escrita con maestría y originalidad, con un lenguaje fresco y diálogos vivísimos, tan real que parece imaginado. Yuri Herrera se revela como un autor a tener en cuenta, tanto por su calidad literaria como por su audacia verbal.