jueves, 11 de julio de 2013

Escenas polacas


Hace dos veranos hice un tour por tierras polacas. Si los inviernos en Polonia dejan una huella imborrable para el visitante, aquel verano de 2011, la ola de calor proveniente del sur quedó registrada en los anales como los días con las temperaturas más elevadas que se recuerdan en las tierras del Vístula. Durante una semana un sol de justicia nos acompañó celosamente por el país de Copérnico, Chopin y el Papa Wojtila.

Al norte de los Cárpatos existe una región que fue uno de los focos culturales más activos de Europa. Allí nacieron escritores de la talla de Paul Celan, Joseph Roth o Bruno Schultz. Ambientado en esta comarca acabo de leer un libro de Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960) titulado Cuentos de Galitzia (Editorial Acantilado), un texto que encierra las vivencias de un pueblo, la gente de Galitzia, en una sucesión de historias personales llenas de melancolía que plasman las leyendas, la realidad y las fantasías de sus habitantes. En este territorio, entre ucraniano y polaco, que fue soviético y, anteriormente, un eslabón más del inconmensurable imperio austrohúngaro, suceden estas piezas narrativas sobre la vida cotidiana de sus campesinos y artesanos.

La mirada de Stasiuk se fija en la vida rutinaria de un pueblo pequeño de la Galitzia rural de hoy en día. Los diálogos de los protagonistas rezuman la atmósfera local e integran las historias de unos y otros, hasta completar el cartel de un retrato colectivo.

Son quince retratos, más que cuentos, en los que Stasiuk nos habla de un personaje, de un lugar, de un tiempo, de un crimen... Sorprende la facilidad del escritor polaco para entretejer historias por medio de otras. Y este efecto se va extendiendo a medida que vamos avanzando por el libro hasta descubrir que todos los relatos se interrelacionan. Aparecen nombres de personajes, lugares como la tienda, la tasca y otros espacios que se repiten exactamente igual que nos ocurre en nuestra vida diaria. Los días son distintos y, paradójicamente, iguales. Las descripciones de los personajes que desfilan por las páginas de Cuentos de Galitzia son breves y certeras, llenas de agudeza. Así habla sobre el herrero Kruk: “...su andar se ha vuelto un poco más lento pero los pies los pone como siempre: plob, plob, plob, como si hiciera ventosa, como si se amoldara a la desgastada carretera gris”, (pág. 23). O esta otra descripción: “Janek es una especie de persona rubia y de talle corto en la que las venas y músculos de un hombre grande se han encogido y apiñado sin perder un ápice de su fuerza”, (pág. 29). O, por ejemplo, esta otra sobre uno de los personajes más activos de estos relatos: “Kosciejny tenía un aspecto corriente y moliente, un poco como un espantapájaros fugado de algún huerto. Ésa es justamente la pinta que tienen los cuarentones flacos en mono de trabajo...”, (pág. 49).


En toda las narraciones parece que el autor prescinde del adorno, pero lo cierto es que el conjunto está tan bien dispuesto, que apenas se deja notar. Sin lugar a dudas, lo que sobresale en la páginas de Cuentos de Galitzia es la calidad eterna de sus personajes, gente apegada a su tierra y a su tiempo. La sensación que da la lectura de este libro es haber contemplado unas escenas magistrales de cine que alumbran personajes y lugares, una especie de documental literario que recuerda a Fellini. Stasiuk recrea la realidad y los sentimientos de esos habitantes sirviéndose de una prosa cuidada y poética, y logra componer un paisaje vital y verosímil.