viernes, 19 de julio de 2013

Pequeños atisbos y fragmentos


En El País Semanal del pasado 7 de julio leí, en la sección Memorias de vivir, un recopilatorio de los artículos de Rosa Montero muy interesante y llamativo, bajo el título Mujeres que hablan de sus vidas. En esta página, Montero defiende la literatura por encima de las batallas sexistas y recomienda tres libros de mujeres que acaban de publicarse, todos ellos enmarcados en la autobiografía. Tomé nota de las referencias, pero con especial énfasis sobre el libro Un comunista en calzoncillos (Editorial Alfaguara), de la argentina Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960), que ciertamente desconocía como escritora. De las otras dos autoras reseñadas por la articulista: Carmen Riera y Laura Freixas, sí había leído algunas obras suyas. Así que entre la novedad de adentrarme en territorio desconocido y el buen ojo literario de Rosa Montero, decidí agenciarme el libro de la bonaerense, que parecía, según la periodista, el más original y atrevido, y con un título aparentemente cómico.


Un comunista en calzoncillos es un texto conmovedor, una mezcla de novela corta y memoria biográfica, con una parte final a modo de álbum, con fotos entrañables de la infancia de la autora que conforman un texto para que el lector juegue al estilo cortazariano, para añadir a lo que se está leyendo o a cambiar el orden. La historia que encierra surge de una anécdota rememorada en un pasaje de la infancia de Claudia Piñeiro y fuertemente vinculada a la relación con su padre en el luctuoso año de 1976 en Argentina. El relato está escrito en primera persona y, en él, la narradora, Claudia, se centra en la figura trascendente de su padre. Una novela con mucho tinte autobiográfico, pero, como dice la autora en una reciente declaración, “con todas las mentiras necesarias para que merezca la pena ser leída”.

Marcada por la historia de su país, Piñeiro devuelve una mirada al pasado, recupera la memoria de la ruptura entre la infancia y la adolescencia, una etapa de la vida en la que la relación con el padre alcanzó su máxima complicidad. Este vínculo es el hilo conductor de la novela y propicia dos rupturas paralelas: la humana, propia del tránsito a la pubertad de la protagonista, y la historia del momento, el paso atrás de la democracia a la dictadura militar argentina, una etapa reprobable y llena de pesares.

El relato está ubicado en Burzaco, un pueblo en el extrarradio sur de Buenos Aires, y el tiempo narrativo se sitúa entre diciembre de 1975 a junio de 1976, y gira en torno a la ideología de su padre, “un hombre que se decía comunista, a pesar de no ser ni militante ni revolucionario, ni nada” y el choque que supone para la joven protagonista el descubrimiento que, fuera de su casa, existe gente con otras ideas y comportamientos diferentes. De la misma manera que la relación padre e hija se va fortaleciendo, la pequeña se va asomando a las contradicciones de los habitantes de su pueblo, donde los secretos, la censura y las sospechas comienzan a desfilar por las calles de Burzaco.




La vida es una sucesión de actos miserables interrumpidos por unos pocos y pequeños actos heroicos, y es en el promedio de todos ellos donde logramos sentirnos dignos”, sentencia la narradora al final de la primera parte, para apostillar en el epílogo con lo siguiente: “la memoria es un juego de cajas chinas... Los novelistas mentimos, pero la novela es lo más real que tenemos, no sé si para entender el mundo pero al menos para sentir que el mundo no nos engaña como quisiera”. Una confesión extraordinariamente bella que pone colofón al arranque que Claudia Piñeiro toma prestado de Natalia Ginzburg: “Los libros que se basan en la realidad con frecuencia son sólo pequeños atisbos y fragmentos de cuanto vivimos y oímos”.

Un comunista en calzoncillos es un relato breve, muy emotivo, intimista y entrañable sobre la infancia, pero al mismo tiempo, un retrato de una época en el que se debate la fidelidad a la familia y el deseo de pertenencia al grupo, escrito con un lenguaje pulido y conciso que deja regusto.