martes, 16 de julio de 2013

Pensar por lo breve


Unamuno apuntó, hace ya tiempo, que “el escritor que hoy quiere ser leído ha de saber fabricar píldoras, extractos, quintaesencias”. El auge sobrevenido en los últimos tiempos por las formas breves en la literatura ha propiciado una revitalización fulgurante del aforismo. Confieso que tengo una gran debilidad por la brevedad (influencia de Gracián y Pascal), y me considero un lector insaciable en esta categoría literaria. Ciertamente, en el panorama español actual, gozamos de una excelente caterva de escritores que cultivan este género en alza. Recuerdo que el pasado año hice mi homenaje particular a la memoria de dos maestros de estas formas breves y agudas como lo fueron Carlos Castilla del Pino, con Aflorismos, sus pensamientos póstumos y el gran Carlos Edmundo de Ory, con sus sentencias y fogonazos en Aerolitos. No me olvido tampoco de Ramón Eder, Carlos Marzal, Benjamín Prado, Andrés Neuman o Erika Martínez, extraordinarios aforistas que se han perpetuado muchas tardes de lecturas entre mis manos.

Acabo de leer un nuevo hallazgo, en este terreno tan querido,  se trata de Los extremos (Editorial Lumen), publicado en 2011, escrito por el poeta, ensayista y musicólogo medieval y renacentista Ramón Andrés (Pamplona, 1955). Los extremos tienen una textura e intensidad que linda con la alta poesía. Estos breves pensamientos iluminan y enumeran los asuntos más recurrentes del alma humana. Son de lectura inagotable, repleto de refinado desprecio a toda vanidad y a toda fama. Cuando te adentras entre las páginas de Los extremos descubres la visión personal y, al mismo tiempo universal, que obliga a reflexionar y a extraer conclusiones o, simplemente, dudas:
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Por amplio que sea el pensamiento, siempre tiene un punto ciego: nuestros ojos (pág.7).

Hay personas que ocupan y otras abarcan (pág. 9).

Cuanto más hondo se respira, menores las creencias (pág. 15).

Las verdades no maduran, envejecen (pág. 24).

De la especulación del suelo surgieron las naciones (pág. 26).

El cerebro tiene un margen de error; el corazón, no (pág. 28).

El mundo no nos puede sacar de dudas, un buen libro tal vez sí (pág. 35).

Sólo tenemos miedo a la certeza. El supuesto pavor a lo desconocido no es tal. Es nostalgia (pág. 59).
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Estas son algunas muestras de los 290 aforismos reunidos en esta singular obra, unos pensamientos abiertos para que el lector transite por el tiempo, para escrutar sobre hallazgos filosóficos. En cierta medida, el texto de Andrés, colmado de inteligencia y profundidad, redime al lector de no precipitarse por ocurrencias embarazosas, porque los aforismos recogidos en Los extremos están concentrados por frases felices, verdades irónicas y burlas sublimes.



Los aforismos de Ramón Andrés son todo un florilegio jugoso para leer lentamente, para pensar por lo breve.