Diría que en la última entrega de aforismos de Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), bajo el título de Luminiscencias (Libros del Aire, 2026) encontramos muchos de estos pasadizos, vislumbres y rendijas que apuntan a esa idea de certeras iluminaciones propias de estas incursiones literarias, coherentes con su economía verbal y con la tradición de lo breve como forma y sentido de un género tan propicio a ser cautivo de las paradojas que la vida nos ofrece, de incitarnos a la reflexión, a lo controvertido del al conocimiento. Romero, además, es un autor que añade matices singulares en sus creaciones aforísticas que le permiten un rastreo constante de sentido y de reflejos que relacionan pensamiento y lenguaje.
Al igual que pudimos comprobar en Una galaxia imperfecta (2022) y en Desajustes (2020), al autor canario le importa mucho continuar por esa misma senda estructural de organizar sus aforismos bajo un índice que se repite también en Luminiscencias. En esta ocasión incorpora un apartado más, titulado Personas, en el que reúne un puñado de instantáneas, que muestran lo que tienen en común determinas personas de variados pareceres: personas decadentes, ocupadas, sensibles, insatisfechas consigo mismas, narcisistas, de toda índole, como estas que así quedan trazadas: Algunas personas perfeccionan tanto su fracaso que terminan por convertirlo en su mayor logro; Las personas equilibradas rara vez logran adaptarse a su tiempo; La mayor contribución a la humanidad de no pocas personas ha sido no dejar discípulos.
En las otras partes del libro, me refiero a Trayecto, Territorio, Gavetas, Impresiones y Escombros, se concentran más de cuatrocientos miniaturas encariñadas con lo cotidiano en las que se aúnan la levedad y la ironía con la desnudez del pensamiento y el discurrir de la vida de un yo consciente de sus vicisitudes existenciales, protagonista de cuanto siente y piensa. Son aforismos, apuntes, definiciones y greguerías, o definiciones ordenadas alfabéticamente a modo de minidiccionario, como recoge en la cuarta sección del libro, titulada Gavetas, que quiere hacerse presente, aunque apenas sea mediante modestos destellos de discernimiento, como vemos en estos ejemplos: «Arrogancia». Estrafalario palacio en el que no funciona ningún electrodoméstico; «Desengaño». Aura del conocimiento; «Pregunta». Cúter con el que abrimos la caja de los problemas.
Lo cotidiano tiene mucha cabida en la aforística de Romero, más que para describirlo, para descorrer su trastienda existencial y mostrar detalles, vicisitudes y carencias: Las imperfecciones de la realidad sirven para mantener a raya a los sistemas filosóficos; Sin curvas, el camino carece de sustancia; Antes tragábamos con todo lo de entonces; hoy, con todo lo de ahora. También en otros aforismos aparece una simple anécdota que suele ocultar mucho más que lo que aparenta, incluso, una perspectiva casual puede derivar en centella universal prometedora, como es el caso de estos: Mientras sigan existiendo las floristerías, habrá margen para la esperanza; La mejor manera de pasar inadvertido es fingir que te diriges a alguna parte; Ciertos afortunados logran que la soledad no sea un estrecho pasillo, sino una amplia avenida.


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