Es esta advertencia y llamada a la continuidad o al inmovilismo lo que viene a ofrecer El mundo acabará en viernes (Menoscuarto, 2025), de Manuel Moyano (Córdoba, 1963), una novela apocalíptica, mordaz y de humor negro dispuesta a revertir el sentido propio y genuino de la narrativa distópica. Quiero decir con esto que, en lugar de terror, desesperanza y caos, lo que se propone su autor con esta historia no es otra cosa que mostrar el determinismo del fin del mundo y el juicio final bíblicos, pero desde una mirada irónica, irreverente y desenfada. Para tal fin, Moyano articula la acción de su novela como un relato coral en el que varias tramas se entrelazan mientras el mundo se desmorona entre catástrofes de terremotos, plagas o explosiones nucleares, y una revelación escatológica que pone a prueba las creencias, los miedos y las ambiciones de los personajes que desfilan por sus páginas.
Entre estos personajes, destaca un psiquiatra que atiende a un paciente que podría ser Ernest Hemingway resucitado. También llama la atención una empleada de atrezo en Tel Aviv que prepara un macro evento televisivo, con Eurovisión como telón de fondo, mientras una plaga de langostas avanza desde Egipto. Otro personaje curioso es el de un paparazzi en Londres que anda obsesionado tras una sombra misteriosa en las nubes. La presencia de figuras como Napoleón, Borges, Lady Di o un carismático joven llamado Yeshua, conforman igualmente el amplio elenco de personajes extravagantes que por la novela transita. La novela, por otro lado, incorpora una representación radicalmente heterodoxa de un Dios descrito como “un gusano gigantesco y viscoso”, junto a Jesús y la Bestia, en escenas en las que cohabitan la teología, la metafísica y la sátira.
Tal vez escribir sobre el apocalipsis, en cierta medida, es una forma de exorcizar esos miedos personales que nos rondan de vez en cuando al tomar el pulso a la realidad política. Un rasgo a destacar aquí es el cometido heterogéneo de personajes históricos, de ficción y mediáticos que interactúan sobre esta idea central, sin que el resultado parezca una mera parodia. El engranaje narrativo logra que lo insólito resulte convincente dentro del imaginario propio de la novela. En ese sentido, Moyano lo subordina todo a sostener, con mucho oficio, la arquitectura del relato, donde la estructura domina y el estilo se pone al servicio de la efectividad narrativa, destacando su prosa fluida y su tono sarcástico, sin caer en la farsa burda, manteniendo una ironía y un humor finos y punzantes.
Este libro es, en síntesis, una fábula amena y cruda, una historia construida bajo unos pilares realistas en la que todos nosotros nos vemos reflejados e inmersos en la pesadilla de su distopía, una historia convulsa e inmarcesible del fin del mundo, de arranque portentoso y con un final tan sorprendente como burlón. Y eso, para una novela apocalíptica, es un golpe casi perfecto.

