La pintura Madre y niño en el parque, de Auguste Macke, que ilustra la portada del nuevo libro de Ana Rodríguez Fischer, se presenta como un pórtico hermoso y colorido, de aparente felicidad. La escena, luminosa y casi paradisíaca, contrasta con el título y el universo narrativo dispuesto en La oscura historia de mi madre (Siruela, 2026), donde la escritora y crítica asturiana explora los vínculos maternos, tan indelebles como complejos, a través de las voces de ocho grandes artistas de la historia europea: Hölderlin, Baudelaire, Van Gogh, Rimbaud, Virginia Woolf, Marina Tsvietáieva, Irène Némirovsky y Marguerite Duras. Precisamente, la tensión entre la presencia y la ausencia materna es lo que vertebra todo el sentido de esta obra que indaga en las heridas y los claroscuros de esos lazos primordiales.
Por medio de ocho cartas expositivas y liberadoras, Rodriguez Fischer se mete en el interior de sus mentes para destaparnos ese yo existencial y artístico de cada uno de los personajes, tan cargado de motivos, dejando ver muchos de los resentimientos, pesadumbres y disquisiciones que lastraron o enriquecieron sus vidas. A través de ellas, el lector se adentra en la intimidad de sus hogares, con la necesidad de volver la mirada hacia su pasado y evocar su condición de hijo. Escrita en primera persona, a través de confesiones íntimas que adquieren la forma de hondos soliloquios, cada uno de ellos se dirige a su propia madre, en un último intento de rescatar la memoria, contar sus sentimientos y reproches, y apelar a esos ecos que, aún, persisten latiendo en sus vidas.
Como si todo brotase de una herida abierta que nunca lograron cerrar, estos artistas van dando respuesta a una cuestión determinante al examinar en el pasado de cada uno de ellos la relación mantenida con su madre, sin dejar resquicio al autoengaño, sin ataduras, con la sola idea de revisar y liberar todo ese cúmulo de adversidades y afectos quebrados que aún resuenan. No está en la mente, ni en el propósito de Rodriguez Fischer escribir una novela histórica, ni un fresco biográfico sobre estas figuras de la cultura. La oscura historia de mi madre construye un espacio narrativo en el que sus voces, junto a sus vivencias familiares y trayectorias artísticas, concluyen en instantes cruciales de su intimidad más reveladora. Aquí, al escritor o al artista, sin dejar de mostrarse como creador de su obra, lo que más le importa es reconocerse sencillamente como hijo, con la necesidad de ponerlo todo en palabras, en una carta a la madre, tan íntima como liberadora.
Con una estructura narrativa bien medida, cada monólogo interior alcanza una tensión sostenida que mantiene al lector en vilo. La voz narrativa es la encargada de poner todo su protagonismo desnudando sentimientos, iluminando zonas oscuras y convirtiendo la introspección en el verdadero motor del relato. La elección de sus protagonistas, cuatro hombres y cuatro mujeres, pertenecientes a distintas épocas y universos creativos, revela el acierto de Rodriguez Fischer al reunir a un grupo de ellos cuyo legado trasciende su tiempo y su obra. Su mirada, guiada por una curiosidad genuina y gusto personal, incorpora detalles biográficos de los protagonistas que, lejos de quedar en la mera evocación, cobran vida a través de la ficción.
Por estas páginas desfilan madres posesivas, soberbias y altivas, mujeres a menudo heridas por sus propios desvelos, cuya vanidad y exigencias terminan por ensombrecer la vida de sus hijos. Son ellos quienes, desde la memoria y la palabra, dan motivos a nombrar esas heridas y a desentrañar sus ataduras. Cada capítulo nos invita así a explorar una relación que, con sus luces y sombras, nos hermana en nuestra condición de hijos. Pero el libro nos brinda, además, el privilegio de regresar a Baudelaire, Virginia Woolf, Marina Tsvietáieva o Van Gogh, desde una mirada más íntima y humana, allí donde la grandeza del artista convive con la fragilidad de quien nunca deja de ser hijo.


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