viernes, 16 de octubre de 2026

Sin salir de casa


En la literatura, la agorafobia suele aparecer menos como una patología clínica que como una metáfora del encierro, el trauma y la pérdida. El mundo se reduce entonces a una casa, una habitación o un umbral que resulta imposible de cruzar. La casa deja de ser refugio para convertirse en escenario total de una vida enclaustrada: observatorio desde el que se mira el afuera, laberinto donde la conciencia se pierde y espacio de una vigilancia obsesiva sobre uno mismo. Esa imposibilidad de salir condensa, con frecuencia, una herida anterior que el cuerpo convierte en frontera. Así, la agorafobia pone en cuestión la idea misma de libertad, la de recuperar la calle, el contacto con los demás y la propia vida, que no consiste solo en franquear una puerta, sino en reconquistar un espacio interior que el dolor ha clausurado.

Todos duermen (Tusquets, 2026), la nueva novela de Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, Barcelona, 1963), transcurre íntegramente en una casa cuyas puertas no conocen cerrojo alguno. Sin embargo, en ella vive alguien que ha decidido no volver a salir: Ana. Huérfana desde que sus padres se despeñaron con el coche por un acantilado, Ana habita recluida en la planta superior de la casa familiar, bajo el cuidado de su hermana mayor, Elisa, y de la abuela. Padece agorafobia, y la calle se le presenta como una frontera imposible de flanquear, no por una amenaza exterior, sino por la más severa de todas, la que ella misma se ha impuesto, sin remisión. Y cada mes, con la puntualidad de un ciclo lunar, el accidente regresa inevitablemente a su memoria en forma de ansiedad, sobresaltos o destellos de pánico.

Ana, protagonista y narradora en primera persona, lleva cinco años conviviendo con esa dolorosa secuela familiar. La sobrelleva a duras penas mientras ejerce como traductora. Es una lectora entusiasta del diccionario y, en particular, de los sustantivos, como ella misma confiesa: “Siempre acudo corriendo al diccionario cuando la cabeza se me enreda. El diccionario es un bálsamo. Me consuela cuando la incertidumbre me desconcierta. Me da palabras, sobre todo sustantivos. Adoro los sustantivos, las palabras que conceden existencia, que crean el mundo. Y me lo explican.” Sin embargo, esa inclinación hacia las palabras no la impulsa a abandonar su encierro. Todo lo contrario, Ana permanece cautiva de la casa, de los objetos, de los recuerdos y de aquellos pequeños detalles anteriores al accidente que aún la retienen.

La novela convierte la habitación y toda la casa familiar, no solo en protagonistas, sino en un espacio cargado de memoria, donde cada objeto y cada silencio parecen obedecer a una lógica de causa y efecto. La voz de Ana transmite una angustia tan honda que el lector acaba participando de su zozobra y percibiendo, conforme avanza el relato, la desazón y la amenaza que reverberan en aquel interior, incluso cuando nada extraordinario ocurre entre sus cuatro paredes. Del duelo se pasa, poco a poco, a la revelación. Ana empieza a entrever los aspectos soterrados de la versión oficial sobre la muerte de sus padres, y esa intuición la obliga a mirar de frente lo que no quiere, o no se atreve a reconocer, no solo la verdad del accidente, sino también aquello que permanece oculto en su propia historia y en la de su familia.

Rosa Ribas construye una intriga psicológica inteligente y perturbadora, cuyo máximo valor literario no reside tanto en el enigma que articula la trama, como en la manera en que convierte la casa, el duelo y los diálogos en espacios donde se dirime la verdad de lo no dicho. Allí, los silencios se vuelven fuente de opresión y sospecha. Ribas transforma lo doméstico en territorio inquietante valiéndose de un relato oscuro, contenido y finamente entrelazado, en el que el lenguaje funciona como un espacio de poder y de verdad. Con esta novela, de prosa clara e incisiva, la autora catalana confirma su lugar entre las voces más perspicaces de la novela española contemporánea.


Para cerrar, diría que el lector de Todos duermen se encuentra ante una novela esencialmente inquisitiva, un relato psicológico ágil, sostenido por una narradora marcada por un descalabro familiar y por “el vértigo que provoca la arbitrariedad del lenguaje”. Ana parece, en apariencia, la menos capacitada para desentrañar la verdad; sin embargo, su encierro, su memoria traumática y su desconfiada insistencia en saber la convierten en una superviviente y en el contrapunto de lo que su hermana Elisa prefiere: dejar dormir lo acontecido, no despertar el pasado.


 

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