Bob Dylan explotó como ningún otro músico popular de su tiempo el lenguaje de la vida contemporánea en Norteamérica, entrelazando la tradición del folk y el blues con la literatura y el rock. Con él, el pop adquirió una nueva madurez y una consistencia hasta entonces desconocida. Introdujo en el mercado de masas a toda una generación y trascendió referencias culturales que habían permanecido reservadas a minorías rebeldes, como los beats. Al igual que Elvis Presley, Mick Jagger o Jim Morrison, supuso una auténtica conmoción social; pero, al menos hasta 1966, fue más lejos que casi todos los demás. Poeta del rock, laureado, doctor honoris causa por la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Literatura en 2016, llegó a ser comparado con poetas de la estirpe de John Donne o William Blake. En sus poemas, convertidos en canciones, se encuentran algunos de los temas más fecundos del rock. Toda esa contingencia creativa alcanzó, según Allen Ginsberg, el cenit de su talento poético con el doble álbum Blonde on Blonde.
“Dylan está en todas partes, y al mismo tiempo no está en ninguna (como el número cero). Es imposible encontrarse con un músico actual que no haya sido influenciado por la música o las letras de Dylan, ya sea por acción o por reacción. Y al mismo tiempo, Dylan permanece al margen de todos los géneros y tendencias y movimientos”, afirma el poeta y narrador Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) al inicio de Número cero (Libros del Asteroide, 2026), su libro más reciente, subtitulado Bob Dylan: retrato de un hombre invisible. Desde el principio deja claro que su propósito no es tanto ofrecer una biografía convencional, como emprender una incursión ensayística, una indagación en torno a una figura tan cambiante y enigmática.
El punto de partida del libro es una anécdota según la cual Dylan habría dicho a Leonard Cohen que este era “el número uno”, mientras él se definía como “el número cero”. Jordá convierte esa sorprendente afirmación en una clave metafórica de entender el cero no como ausencia, sino como espacio de posibilidad, identidad elusiva y multiplicidad. A partir de ahí, el libro recorre las distintas transformaciones del personaje: cantante de protesta, genio de los sesenta, ermitaño y converso religioso, bluesman tardío y figura persistente que no ha dejado de influir en la música y la cultura contemporáneas. Jordá aborda todo ello con notable libertad, intercalando episodios de su relación con Dylan, discos, conciertos y reflexiones sobre las letras de sus canciones.
Jordá persigue un retrato de Bob Dylan por aproximaciones sucesivas, entrelazando al personaje con su obra musical en una biografía creativa donde el sesgo poético prevalece sobre el documental. No aspira a ofrecer una biografía completa y sintética, sino a indagar en aquello que Dylan posee y representa de enigma: una figura esquiva, reflejada en espejos sucesivos, en la que cobran relieve la voz del mito, la imposibilidad de fijar al personaje y el juego de sus influencias, tanto propias como ajenas. Escribe Jordá que, si Rimbaud dejó dicho “Yo es otro”, Bob Dylan llega para darle un giro propio y responde: “El otro es yo”. El Dylan de Jordá es, así, un creador que compone escuchando a otros: “Pero esos otros, por obra de la misteriosa alquimia personal que interviene en el proceso creativo de Dylan, acaban convirtiéndose en el propio Dylan”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario