viernes, 11 de julio de 2014

Irresistibles gotas de lucidez


El otro día, el escritor Antonio Rivero Taravillo colgó en facebook un post agudo y certero acerca de los creadores de aforismos, que decía lo siguiente: “Al aforista no le pido que diga una verdad nueva; le exijo que la diga mejor”. Esto es dar en la diana. El aforismo es un arte antiguo y noble que recientemente goza de un reconocimiento en alza. Cada vez se editan más libros sobre este fenómeno. Si bien es innegable la admiración que siempre suscitó, cultivado por grandes figuras de la literatura y el pensamiento, ahora, con las redes sociales, es todo un boom imparable. Escritores, seguidores y entusiastas del género se retan diariamente en Twitter y Facebook con citas propias y frases célebres para vivificar sus quehaceres y preocupaciones diarias.

La primera vez que leí algo de Nicolás Gómez Dávila (Bogotá 1913-1994) fue precisamente en Facebook, hace un año, y de las diversas citas que me encontré del colombiano, recuerdo ésta, referida por un gran maestro actual del género aforístico, Ramón Eder, que tildaba al sudamericano de “magnífico aguafiestas” con una de las apostillas extraídas de sus escolios: Escribir corto, para acabar antes de hastiar.

Escolios a un texto implícito, editado por el sello Atalanta en 2009 es otro acierto en el haber de Jacobo Siruela, un cuidadoso editor, que puso primor y oficio en la publicación de esta obra maestra del género breve. Este volumen es todo un auténtico sistema filosófico, pese a su forma fragmentaria. Nicolás Gómez Dávila era un erudito (leía perfectamente latín y griego) con una biblioteca selecta de más de treinta mil volúmenes. Cristiano y reaccionario, orgulloso de su condición, es un provocador y crítico de todo lo que representa la modernidad: la democracia, el materialismo, la cultura de masas, la pornografía... Los escolios, esas acotaciones que se anotan al margen de los libros, es el producto de un hombre disciplinado que llevó una vida metódica en busca del pensamiento y la verdad de los grandes asuntos que plantea la filosofía, la política y la religión: el tiempo, el hombre y su destino. El texto implícito, referido por el escritor y pensador colombiano, no es otro que el mundo, la realidad misma expresada por medio de sus escolios.

La mejor manera de entrar en Escolios a un texto implícito es sumergirse aleatoriamente en sus deslumbrantes y sustanciales aforismos, sin olvidarse de leer el prólogo del italiano Franco Volpi, imprescindible y fundamental para aproximarnos al texto y contexto de la obra de este brillante autor colombiano, cuyos irresistibles fragmentos evocan a los moralistas franceses, desde Montaigne y Pascal hasta Rivarol. Los escolios es una obra de infinitas lecturas, para leer y releer, un libro de cabecera con más de mil cuatrocientas páginas que te obliga a subrayar inevitablemente infinidad de frases concisas y punzantes que luego te exigirán reflexionar.

Gómez Dávila es un escritor disciplinado y universal: Solo el escritor paciente y laborioso sirve manjares suculentos al lector; que es consciente, como Lichtemberg, de que el aforismo es la forma más breve del ensayo; sabe que la escritura fragmentaria ha de tener un estilo corto y elíptico: Un hecho es inferior a su relato, y que además de afán didáctico, el escritor tiene que ser exigente y arriesgado: Primero se crea y luego se fracasa, el oficio va al comienzo. Nicolás Gómez Dávila es sutil, pero letal, conoce la ridiculez de un escritor sin talento, que no es más que un eunuco enamorado, de ahí su empeño en escribir con garbo y sencillez para conferir a sus escolios la dureza de la piedra y el temblor de las ramas.


Mucho nihilismo recorre las páginas de esta obra monumental, aunque el pensamiento del autor está forjado de objeciones férreas y rechazos a las banalidades del mundo. Gómez Dávila es un pensador de la estirpe de los exquisitos y extraños, como Cioran, Porchia o Canetti.

Escolios a un texto implícito es uno de mis mejores hallazgos literarios de los últimos años, una colección intemporal de apostillas fragmentarias, todo un corolario de inspiración y lucidez inacabable que confirma la frase feliz del escritor Antonio Muñoz Molina: la literatura es algo que hay que leer al menos dos veces.