martes, 29 de julio de 2014

Litera-locura


Decía E.M. Cioran que “escribir sobre el suicidio es vencer el suicidio”. Hay razones de índole personal que muestran el interés por lo melancólico y suicida en lo literario. Según estudios al respecto, los escritores son más propensos que otras personas a sufrir enfermedades maniacodepresivas que, a menudo, les pueden conducir al suicidio. En esa nómina de letraheridos que acabaron en ese estado de ánimo, tan melancólico y trágico a la vez, encontramos a figuras de la talla de Epicuro o Séneca, en la Antigüedad, Alfred Musset o Larra, en el Romanticismo y, en el siglo XX, los sonados suicidios de Virginia Woolf, Hemingway, Pavese o las poetas Alfonsina Storni y Sylvia Plath.

La escritora y pintora alemana, Unica Zürn (Berlín, 1916 – París, 1970), debió ingresar a la edad de treinta y siete años en un manicomio para superar sus crisis esquizofrénicas. Sus problemas mentales se incrementaron durante años y tuvo un desenlace fatal, en 1970, cuando se arrojó al vacío desde su casa en París. Zürn tuvo un inicio de carrera talentoso como guionista. Tras la Segunda Guerra Mundial, sobrevive vendiendo relatos y novelas por entregas a periódicos alemanes y suizos. Fue admirada por grandes artistas del surrealismo, como André Breton, Man Ray o el mismísimo Marcel Duchamp. Pero la fama de Unica se debe especialmente a sus dos novelas póstumas: El hombre jazmín y Primavera sombría, dos extraordinarias obras en las que relata sus inevitables estancias en el hospital psiquiátrico de Wittenau en Berlín.

El hombre jazmín, editado por Siruela (2006), es el diario de una poeta atrapada entre dos mundos, el de la vigilia y el sueño, un escenario bipolar en el que convive lo maravilloso y lo oscuro, la vida creadora y la destrucción. En poco más de cien páginas, la escritora berlinesa narra con detalle sus obsesiones y el mundo caótico en que vive, así como su paso por distintos centros psiquiátricos. Unica Zürn comienza su diario contando el sueño que tuvo con a penas seís años atravesando, igual que la Alicia de Lewis Carroll, al otro lado del espejo que cuelga de su cuarto. El espejo se transforma en una oquedad por la que transcurre una extensa avenida de álamos que finaliza a las puertas de una casa pequeña. En su interior, encuentra, sobre una mesa, una misteriosa nota y, cuando se dispone a leerla, despierta sobresaltada. Unica corre hacia el espejo y comprueba que tras él solo reposa una pared y ésto le trastornará, pues lo que la niña desea con ahínco es volver a los brazos del sueño, el cubículo de sus deseos.

El texto de Unica Zürn es un verdadero vértigo de transcripciones poéticas sobre las vivencias y las alteraciones de la esquizofrenia que padece. El hombre jazmín es una crónica documental sobre la incontinencia del deseo, de la creatividad y del alto precio que hay que pagar cuando la locura se apodera de la mente; un testimonio único y conmovedor donde la protagonista y autora demuestra su extraordinario talento al plasmar una vida azarosa y enfermiza en un documento poético de extraña belleza literaria. Un libro lleno de expresiones demoledoras que solo ha sido posible transcribir y experimentar a través del camino ofrecido al otro lado del espejo por el desvarío y la alucinación.

En suma, El hombre jazmín es un libro crudo y conmovedor que logra arrancar la compasión del lector, escrito por una mujer a la deriva, conducida por la voz de ese hombre que huele a jazmín y la lleva, más que al amor total, a la flagrante locura de una creación literaria que no logró salvarla del abismo.

Unica Zürn, antes de saltar al vacío desde el balcón de París, a los cincuenta y cuatro años de edad, ya había muerto y vuelta a nacer en repetidas ocasiones, sin tener en cuenta la sentencia del escritor rumano de vencer al suicidio escribiendo.