Tras la senda de Los guapos (2024), Spanish Beauty (2022) y Gordo de feria (2021), llega ahora Las jefas (Anagrama, 2026), su nueva novela, corta como las anteriores, pero con un sesgo cómico y cruel más acentuado. La acción transcurre en el Zen Gardens, un resort de lujo decadente en la Costa Blanca de Alicante, donde tres mujeres ricas, disparatadas y ociosas a más no poder, Romana Romano y las hermanas Gran y Petit Navarro, quedan atrapados, junto al Primo, un chico para todo del hotel, en un bucle caprichoso de aburrimiento, deriva maléfica y sentimental muy particular e insólita. A ellas solo les importa pasar el día jugando al mus entre cócteles variopintos y piscina. El chico, en cambio, sueña con largarse, pero carece de recursos para hacerlo.
La convivencia forzada dentro del recinto cerrado del resort hace que sus vidas choquen y deriven en una odisea sentimental extravagante y dicharachera, y un ambiente impune hasta lo absurdo. Conforme avanza la novela, se perfila como una comedia feroz y esperpéntica, dejando ver las intenciones de su autora de adentrar al lector en ese tipo de poder que emana del dinero y el vacío de unas mujeres que mandan a impulsos, porque no tienen otra cosa en qué pensar, ni más que hacer en un mundo tan pequeño como sus propias aspiraciones. Toda esa ignominia y desfachatez recaen sobre el Primo, mientras el aburrimiento se erige como fuerza destructiva de unas vidas en suspenso dentro de un recinto turístico del que todos, en su fuero interno, aborrecen y quieren escapar sin saber cómo.
El Zen Gardens funciona como un Hotel Overlook de la costa levantina, poblado de gente estrambótica que actúa como fantasmas de sus propias vidas inanes e irrisorias, bajo una sordidez irritante y un maquillaje ostentoso. Las jefas conforma una narración fragmentaria y perturbadora, de diálogos vívidos y mordaces, que refleja la estupidez y evanescencia mental de sus personajes, sin pretensión moralizante ni redentora, tan solo con la intención de mostrar la pobreza vital interior y cutre de quienes lo habitan. El hotel se convierte así en metáfora social de una realidad deformada, casi grotesca, pero reconocible. Bajo el lujo artificioso del lugar asoman el tedio, la dependencia del dinero, el sinsentido y la caricatura irrisoria de quienes lo ostentan sin medida.


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