El volumen reúne más de cuarenta textos, agrupados en ocho itinerarios que se adentran por algunas de las grandes cuestiones de la existencia, como son el tiempo, el amor, la familia, el silencio, los viajes, la lectura, la soledad, la compañía y el aprendizaje de vivir. Estos apuntes sobre la edad adulta componen un delicado mapa de afectos y recuerdos por el que Peyró transita con hondura, humor e ironía. Sus páginas rescatan escenas cotidianas que el paso del tiempo reviste de significado, entre la memoria y la lucidez, la melancolía y la observación. Una mirada a lo vivido que encuentra precisamente en esas tardes de domingo, suspendidas entre la nostalgia y la incertidumbre, una de sus imágenes más certeras.
Pese a ese aire de resignación dominical, el autor reivindica la importancia de vivir cada jornada con plenitud. Ahora, en la mediana edad, cobra mayor conciencia de que «nos convertimos en hijos del tiempo», nos dice. Y añade: «ahora llegan las once de la noche y ya, más que un gin-tonic, lo que apetece es un abrazo». La vida encoge, titula uno de sus artículos, y de ahí que «haya otras lecciones de la edad: nada nos anima a pelear como tener todo que perder». En ese tránsito hacia la madurez, reconoce que no sabemos tanto de la vida, «que estamos llamados a hacer bien una o dos cosas, y seremos mediocres en las demás», sentencia. De ahí también su empeño en reivindicar el placer de leer: «de alguna manera, vivir está bien, pero leer está bastante mejor».
Quizá el verdadero punto de inflexión del volumen resida en esa reflexión sobre el arte de hacerse mayor, que combina la mirada íntima con la observación universal de lo cotidiano y reivindica, al mismo tiempo, la literatura como refugio frente al ruido de la vida contemporánea: «Dura más lo que apasiona a uno que lo que entretiene a mil. Ahí está, por ejemplo, toda la historia de la literatura para demostrarlo». Una concepción hedonista de la existencia atraviesa, además, el conjunto de todos estos textos que inciden en que hacerse mayor consista, sobre todo, en aprender a disfrutar de una felicidad menos espectacular, pero más auténtica y próxima, hecha de pequeños placeres, como tomar un café o una copa de vino, un buen aperitivo, los viajes, las conversaciones, la amistad, la soledad y la lectura.
Ignacio Peyró se inscribe en la tradición española del articulismo literario, junto a nombres ilustres como Clarín, Julio Camba, Josep Pla, Umbral o Manuel Vicent, donde la perspicacia, la cultura, el talento para conectar con la realidad y el placer de escribir importan tanto como el asunto que se aborda. Peyró recoge el testigo de estos grandes columnistas con ironía y elegancia, lejos de cualquier pose de intelectual solemne. Le interesa cultivar una melancolía atravesada por el sentido del humor, consciente de que la vida tiene sus pequeñas tragedias, pero también sus momentos de aperitivo, capaces de reconciliarnos con ella: «Llega un momento en que sabes que en tu vida ya no va a mejorar nada que no seas tú». En una época en la que casi todos vivimos pendientes de las redes sociales, reivindica el sosiego de un libro entre las manos y el placer de ser dueños de nuestro tiempo.
El lector encuentra complicidad en muchas de las frases e hipérboles que pueblan estas páginas y que lo interpelan desde esa mezcla de emoción y celebración de la vida que da sentido y aliento a la literatura. Una escritura que nace de la identidad de quien la firma y convierte el paso del tiempo, observado desde el universo íntimo y cotidiano, en una suerte de conjuro compartido. Esa es una de las virtudes de la literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, ofrecer al lector nuevos estímulos y otras formas de mirar. Un buen libro de artículos, como este, invita precisamente a ello, a discernir lo esencial y a recorrer, con una mirada propia y humana, esa senda que se adentra en la vida y sus contradicciones.


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