miércoles, 23 de agosto de 2023

Cuando el cuerpo y la lectura se funden


Los libros se leen individualmente. Aunque haya un lector o haya un millón, siempre hay un libro y un lector, como dice Paul Auster. Es una relación vis a vis en la que el autor y el lector colaboran juntos, mientras que este último lo consienta. Y así ha de ser, porque en ese punto de encuentro en el que dos extraños pueden conocerse y reunirse en términos de igualdad, lo que lo hace posible es el interés de quien lo propicia, que no es otro que la voluntad del lector. Por eso, abrir un libro tiene mucho que ver con adentrarse en un mundo simbólico dispuesto a ser reinterpretado. En toda esta liturgia, no importa tanto lo que se encuentre en sus páginas, sino lo que estas signifiquen para quien las lee.

A todo esto, viene a decirnos la escritora Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990), en su ensayo Leer mata (La Caja Books, 2022), que leer no consiste solamente en una actividad de mera interpretación sino, sobre todo y fundamentalmente, de cambio y transformación. Y en este sentido, subraya que “leer es entregarse a los designios del otro”. Acude también a resaltar lo que Roberto Calasso señala al respecto: «Toda lectura deja una marca». Una marca que vislumbra el sentir de lo leído. Esta idea se proyecta a lo largo de todo el libro. Lo mismo que esta otra que la autora mantiene, la de que nada en la vida parece que pueda leerse de una sola manera, igual que las interpretaciones de un mismo hecho parecen ser múltiples, tantas como puntos de vista sobre cualquier hecho.

En Leer mata, Luna Miguel se ramifica en diferentes tipos de lectoras. Toman protagonismo aquí con los nombres que las definen: Bulímica, Enfermiza, Sumisa, Somática y Amorosa. Cada una de ellas encarna una identidad que encaja en esa idea universal que sostiene que “la historia de la literatura es la historia de la lectura”. Cada una de estas lectoras ponen voz a su manera de leer y conectar emocionalmente con las historias. Todas, a su forma, conectan con la historia de alguien, con el deseo de conocerlo todo y, de paso, dar sentido al mundo y a las propias experiencias. En ese discurrir de voces, hay un propósito afilado de resaltar que leer es darse cuenta de que no estamos solos, de que los libros son un mundo de experiencias autosuficiente.

En toda esta exposición de voces lectoras, Luna Miguel trata de reconocer que la lectura nos permite percibir con equidistancia el juego de las representaciones en el escenario de la vida, haciendo valer, como sostiene Savater, que «algunos habitamos la tierra como lectores y que todo el resto de lo que hacemos es una consecuencia de haber leído o un pretexto para seguir leyendo», como si el menester de vivir se supeditara a la ocasión de leer. Tal vez aquí se constate de que el que valga para leer, leerá, y lo seguirá haciendo, por nada y por todo, sin objetivo concreto y con placer, como respirar, como quien se complace con un trago de whisky o se recrea en una puesta de sol.

Estas páginas dejan ver citas curiosas que hablan de libros y de autores, como bien dice la propia autora: “odiados, amados, ojeados, releídos, abandonados, plagiados, subrayados, heredados y consultados”, que hablan de lecturas y de sus ritos, de lo que hay de conjuro y brujería en el acto de leer, y hasta entre coito y coito. Insiste en que los libros son y han de ser muchos más, porque el acto de leer, como el acto sexual, puede llevarse siempre a cabo, en busca de muy diversas recompensas personales, como el deseo espontáneo de “quedarse del lado del que respira con el fin de conspirar lecturas en común”.


Por aquí transita todo un sesgo narrativo en el que el cuerpo y la lectura se funden y se desdoblan en un vuelo que nos hace cómplices de sentirnos lectores sucesivos y entregarnos a los designios de que leer sobre leer tiene su misterio y plegaria: “La lectura sobre la lectura no tiene un final. Se trata de una escritura sobre algo tangible, sobre un acto sencillísimo: poner los ojos sobre el papel e ir pasando páginas; pero al mismo tiempo esa sencillez esconde una sucesión de pensamientos, de mundos y de laberintos que llevan a apropiarse de otras vidas”.

Hay libros que se leen de una sentada, sin importar su género. Este ensayo literario de Luna Miguel lo consigue con mucho desparpajo, mediante un texto apasionado y audaz que engancha sobremanera, un librito jugoso que encandila y que anima a que sigamos leyendo: “Será porque leer nos mata que al cerrar un libro renacemos”.


lunes, 31 de julio de 2023

Desván literario


Un escritor no es solo alguien que publica libros y firma contratos en editoriales o se deja ver en alguna Feria del libro y aparece en televisión. Un escritor es, también, una persona que establece su cultivo literario participando en motivos y referencias que responden al universo de su oficio, al alma de percibir el mundo como fundamento de su literatura. Sobre esta particularidad, estoy en ese mismo lado de sentir una curiosidad creciente, como de la que hablaba Julio Ramón Ribeyro, sobre esos textos marginales de los escritores que ponen más luz y entendimiento al compromiso de su espíritu literario. Decía el autor de Prosas apátridas: "Este aspecto es el que cada vez me interesa más de los escritores, sus papeles marginales: cartas, diarios, notas, borradores, artículos, etc. Me entretiene meter las narices en este desván, siempre revelador”.

Estas palabras de Ribeyro se dan cita en Un unicornio fuera de su tapiz (Entorno Gráfico, 2023), de Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada, 1961), autor de una veintena de libros de relatos, de los que destacan Cuentos de otro mundo (1999), Astrolabio (2007), Breviario negro (2015) o Devoraluces (2021), entre otros. Para un escritor, como él, que alude a Montaigne para resaltar la invención, la literatura, por otro lado, también nos ofrece una retórica que nos acerca a explorar el universo de lo leído. En ese sentido, lo que el escritor granadino recoge, en esta nueva publicación suya, es, precisamente, un variado repertorio de piezas que conforman un mapa de escritos, desde prólogos, reseñas, presentaciones de libros, cartas, artículos, consideraciones literarias, poesía y entrevistas, con el que ofrecer complicidades, no solo con la naturaleza propia de la creación literaria, sino de igual manera con su pasión por la lectura. Él mismo señala que, sin saberlo, estos textos han confluido en “un libro-brújula, en una lectura de lecturas, en una fiesta personal sobre el dulce cultivo de las letras y sobre el hechizo de la creación”.

Se pueden encontrar en este libro conceptos e ideas de gran utilidad para acercarse a una poética de la literatura que, en buena medida, emplaza al lector a ser partícipe del hecho literario de quien recoge por escrito el vocablo, el sonido y el ritmo de la frase que conformará su melodía expresiva. Un unicornio fuera de su tapiz muestra en sí un título imaginativo, acorde con la idea fantástica de creación de su autor, para poner en valor la idea de que, a pesar de que tenemos vidas reales, curiosamente, lo que más nos atrapan son las vidas imaginarias. Aquí se huele que las buenas historias viven fuera de la lógica, y, en ocasiones, sitúan al lector en la esfera de lo inquietante, desconocido, insólito o inexplicable, a través de una narrativa instalada en mundos extraños o imaginados: “Escribir es participar de un misterio –sostiene Olgoso–, y ese misterio pierde su halo y quizá no es tal si no se transmite a través de un discurso literario bien engastado, prístino, indeleble”.

Hace gala en otros textos del manantial permanente de la lectura y la importancia que tiene esta para el escritor, dando por sentado que en el interior de todo escritor hay siempre un lector ávido, pero, en todo caso, insatisfecho. Es ese punto de insatisfacción, el paso necesario para convertirse en escritor. Dice Olgoso en uno de sus artículos que, en ocasiones, tiene la sensación de estar escribiendo visiones en lugar de narrar cuentos. Y en ese intento creativo de lo onírico, como forma de interpretar la realidad, sugiere hacerlo “persiguiendo una sola visión, una idea inquietante, una conmoción, un sentimiento inefable, una resonancia”. Lo asombroso, lo inquietante y lo inexplicable toman protagonismo en muchas de sus diferentes presentaciones de libros ajenos, como un irreductible fermento de su propio quehacer literario.

Encontramos también en este volumen recopilatorio la importancia del talento a la hora de escribir, más allá de ceñir lo escrito a la realidad o a la fantasía: “el único peligro letal para la creación verbal –subraya– es la falta de calidad. Sin ella, la invención no es útil como promesa ni como magia que nos redima de nuestra anodina existencia..., y, sin ella, la literatura no es útil como desveladora de un sentido, de un destino que nos concierne a todos”. Hace gala como académico, en el Paraninfo de la Universidad de Granada, de la efervescencia del lenguaje, con un texto hermoso de acogida dirigido a un nuevo miembro con estas gozosas palabras iniciales: “El lenguaje es la vida; no la cifra de la vida, sino la vida misma. Sin lenguaje no hay nada. Su magia lo es todo: uno dice manzana y la manzana ya cuelga del árbol o brilla entre los dedos”.

Deja ver a lo largo de los textos seleccionados sus confluencias literarias y autores relevantes a los que admira. En ese amplio abanico cabe destacar a novelistas como Cervantes y Rulfo, pensadores de la talla de Platón y Montaigne entre otros, poetas de diferentes perfiles, como Claudel, Octavio Paz o Valente, aforistas como Cioran o Lichtenberg y un amplio número de narradores de cuentos, como Cortázar, Borges, Arreola, Boris Vian, Cunqueiro o Ignacio Aldecoa entre otros, aunque deja claro en la estupenda entrevista que le hace Miguel Ángel Muñoz en La familia del aire (2011), y que se incluye aquí completa, como colofón, que considera a Poe y Kafka como sus dioses tutelares, autores que, al igual que otros, como Bioy y Buzatti, le alumbraron, “además de inocularme para siempre el veneno del relato fantástico”.

Llegados a este punto, se nos antoja resumir que Un unicornio fuera de su tapiz es un desván literario de fidelidad compartida, un compendio de textos e impresiones de corte amable, como difusión del oficio literario, en el que lo más importante es la sintonía y la conexión de compromiso con la literatura que rueda entre sus páginas. El lector, a través de estas, notará ese devenir como un resplandor que le acerca a la mirada y al pensamiento crítico del autor. Ángel Olgoso deja ver sus admiraciones, sus pasiones y su amor por la palabra escrita, desvelándonos, en buena medida, los linderos por donde transcurre su propia poética.


jueves, 27 de julio de 2023

Tener un hijo


Para Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) la escritura y la lectura conforman un escrutinio permanente en su creación literaria. De hecho, esa interrelación ha permanecido invariable en toda su obra escrita, desde sus dos libros de poemas Bahía Inútil (1998) y Mundanza (2003), a las publicaciones de sus novelas, como Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Formas de volver a casa (2011) y su grandioso Poeta Chileno (2020). De igual manera se refleja en sus libros de ensayos No leer (2010), Facsímil (2015) y Tema libre (2019) donde persiste un empeño denodado de reflejar su propio alegato generacional, en el que el hogar, la educación, la palabra, los afectos y desafectos interfieren con amplia resonancia en sus escritos.

Ahora con Literatura infantil (Anagrama, 2023) vuelve el escritor chileno al laberinto ficcional de la novela, pero, en esta ocasión, con una propuesta heterodoxa en la que diario, cuentos, reflexiones y poemas se entremezclan para concluir en un libro hermoso y literario sobre el amor paterno. Nos revela que se puso a escribirla por necesidad, sin pensar en publicar, centrado en buscar indicios y lecturas que lo acompañaran en su nueva experiencia sentimental en la que la llegada de un hijo encarna esa diferencia incondicional de la vida y de su fuerza ilimitada que la sostiene. Cuenta Zambra que cuando su hijo Silvestre nació aparcó la escritura de la novela que llevaba en marcha, Poeta chileno, su obra más ambiciosa y celebrada de toda su producción. Tras la paternidad, volvió renovado de entusiasmo a la novela que había abandonado hasta acabarla y engatusarnos con una historia impresionante, fresca y apelativa del mito poético encarnado por su protagonista Gonzalo.

El lector se va a encontrar en la primera parte de Literatura infantil con un relato, a modo de diario, de igual título que el libro, enumerado de manera extraña en sus entradas salteadas, que van desde el 0 al 365. En ese cómputo, Zambra recoge el primer año de vida de su hijo, desde los primeros veinte minutos de su nacimiento hasta sus balbuceos y juegos iniciales, inventando nubes mientras comparten tumbona, como así nos confiesa. Y, entre nota y nota, reflexiona con lucidez y humildad sobre su estreno como padre y el cambio experimentado en su vida desde su llegada: “Nuestros padres intentaron, a su manera, enseñarnos a ser hombres, pero no nos enseñaron a ser padres. Y sus padres tampoco les enseñaron a ellos. Y así.”

Pone también de relieve todo lo que tiene de aprendizaje para un padre la crianza de los hijos: “También la paternidad es una especie de convalecencia que nos permite aprenderlo todo de nuevo”. Zambra rastrea en el significado de cuál es el papel de los padres hoy en día, así como también repara en la ceremonia y el significado de ser hijo. Dice al respecto: “Cuando tienes un hijo, vuelves a ser hijo”. Con esta reflexión y otras que se suceden construye un puente argumentativo al sentido que pone el psicoanalista Massimo Recalcati, citado en el libro, respecto a esa cadena generacional donde estamos inmersos en la que dicha vida humana siempre viene al mundo como vida del hijo.

Así mismo, es un libro que sintoniza especialmente con Formas de volver a casa, uno de sus libros más celebrados de carácter autobiográfico, en esa misma idea pendular que apunta a la necesidad de explorar una literatura de los hijos. Si en este primer libro la dictadura de los años setenta de Pinochet fomentó el despertar de la conciencia de unos hijos ante la ausencia de sus padres por motivos políticos, en Literatura Infantil lo que se deja ver es más un sentimiento íntimo de esa relación paterno-filial, en sintonía con los tiempos que corren, dejando el matiz político al territorio íntimo del hogar, lugar propicio para fomentar patrones afines de correspondencia sentimental.

Terminado el diario del primer año que ocupa la primera parte, el libro continua por otros senderos, eso sí, apelando siempre a este hijo que va cumpliendo años, evocando su presencia continuada, fijando su escritura en cómo aprende a gatear, a entender afectos, llegando a él, haciéndole preguntas, o poniendo en verso algunas instantáneas cotidianas de sus monerías. También llevándonos a vivificar en un relato emocionante, el entusiasmo de un padre como el suyo apasionado por la pesca, o a introducirnos en su afición futbolística, un vínculo derivado de escuchar desde niño la voz mágica del locutor Vladimiro retransmitiendo los partidos por la radio. Zambra cierra el libro con un texto breve y alegre, a modo de misiva, dirigido al hijo que ve leyendo solo en el sofá, decantando su alborozo a la idea de que es este libro el que sujeta entre sus manos, el mismo en el que subraya que: “Leer es recibir secretos, pero también contarse secretos uno mismo”.


En Literatura infantil, la ficción y la propia experiencia de tener un hijo conviven en asombrosa avenencia. He aquí un libro luminoso que puede ser leído como un guion que apunta en múltiples direcciones y en el que la vida y la literatura se buscan y encuentran afinidades. Zambra reivindica esa complicidad y pálpito entre ambas, y lo hace con suma sencillez, ternura y regocijo, necesitado de establecer con la palabra escrita su vuelta a la casa de la infancia, el lugar más enigmático que conforma la historia que nos precede.


jueves, 20 de julio de 2023

La vida es donde se está


Como cualquier poeta que aspira a ser auténtico, la voz de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), refleja una manera de entender y de considerar la vida como una forma de ponernos en contacto con los enigmas del vivir, de animarnos a mirarlos de cerca, a meditar sobre ellos y, de paso, a adoptar, en consecuencia, conciencia del mundo y actitud sobre lo que importa de lo que va descubriendo a la vez que escribe. En sus últimos poemarios, como El baile del diablo (2017) y Ese sabor antiguo de las obras (2022), igual que en sus libros de aforismos recientes Mundo intermedio (2021) y La Jaula (2023) sentimos al leerlos que hay allí toda esa estela de verdad honda característica de su pensamiento, de aquello que somos y nos concierne, que se reparte por igual entre lo muy visible y lo demasiado secreto.

Ese yo del poeta que habla desde su entendimiento, que se afana en mirar al mundo desde un estado de ánimo contemplativo, se vuelve a vislumbrar en esta nueva entrega que, bajo el título de 1335 días (Detorres Editores, 2023), evocación bíblica de El libro de Daniel, recala en esa idea suya de entender el mundo y la vida como misterio, como asombro que lo admite todo, como relato de todo lo que no sucede. Dice el autor al inicio de su primera pieza que “la vida es el conjunto de contemplaciones, de atenciones y de entendimiento del ser humano”. Pero aclara que es la palabra el cauce, el fundamento de entender las cosas. Por eso mismo, el poeta repara en que “todo cuanto puede contemplarse puede entenderse”.

Y así, conforme despliega sus asombros, por medio de una escritura poética y fragmentaria, que nos recuerda a la tradición filosófica de Walter Benjamin, Sánchez Menéndez indaga en el lenguaje, en la palabra como “esencia de lo finito y de lo infinito”, como sanación. Esa fascinación por el lenguaje como experiencia del mundo, como medida de lo indecible, se va extendiendo a lo largo de sus cuarenta y dos poemas en prosa que conforman el libro. No corta el vuelo a su razonar hermanando la épica de Homero o la poesía de Píndaro con la magia de Cervantes y de Proust, entre otros, para mostrar la capacidad que tiene la palabra, como los pájaros, entrando y saliendo de la jaula a su antojo, de alzar también sus alas al cielo y encontrar su propio tono para narrarnos otra manera reconocible de contemplar el mundo y entender su verdad.

En 1335 días se conjuga una poética en la que la conciencia, la duda, la exigencia y el entendimiento participan de una mirada contemplativa de atender lo que nos dice la más inmediata realidad. Vivimos en la mente, también, y contemplar nuestros asuntos mirando lo que nos rodea, nos viene a decir Sánchez Menéndez, da mucho para entendernos. Los poemas, como novedad, van acompañados de un código QR para poder ser escuchados en voz de su autor. La sensación que uno percibe conforme va acometiendo su lectura es haber tomado un rumbo que lleva consigo el eco y el silencio persistente de otros rumbos que vienen a confirmar que leer el mundo y prestarle atención es la verdadera forma de hacerlo comprensible.

La escritura de Sánchez Menéndez destila introspección. Hay un yo convertido en materia poética que da sentido a su obra en pos de decantar lo esencial de la propia existencia. Mirar a la naturaleza es leerla como hacen las aves, “y leer provoca afectos, y también efectos”, dice el poeta. Reflexionar y preocuparse del porqué de las cosas siempre está presente como algo inevitable de alguien bien abrigado por el pensamiento clásico, de alguien que se siente más lector que escritor, e inconformista en su quehacer literario, implicado más que en querer decir, en dar que pensar, para que la palabra recale en el lector.


Este es un libro vital, un texto traslúcido. Aquí no hay cerraduras al mundo. Aquí las puertas están bien abiertas. Hay que tener un motivo muy profundo para escribir un libro así, en los límites del yo lector y del yo poético como fuente de inspiración literaria, y no parece otro que estar sumido en “contemplar, atender y entender” lo que importa de nosotros mismos, desde nuestro interior. Y lo vuelve a repetir más adelante, porque para el escritor estos tres verbos viene a ser los principios de la vida del hombre.

He aquí, en síntesis, lo que el lector va a encontrar en 1335 días: un compendio poético breve, jugoso y reflexivo en el que su autor se muestra, una vez más, como un irresistible miniaturista del pensamiento que explora la palabra y el tiempo, lo oculto y lo aparente, con la verdad de saber que estamos hechos de laberintos y contradicciones.


viernes, 7 de julio de 2023

La vida que atesora la casa


Visto del lado del lector, podemos considerar la lectura como un acto creativo de interpretación y reinterpretación del mensaje del autor del libro. De hecho, muchas de las obras literarias más celebradas de la historia contienen, precisamente, una sorprendente variedad de matices significativos que varían según el lector. Una obra, sea del género que sea, rara vez admite una única interpretación. Cada uno la aborda desde su perspectiva personal, que supone un compendio de sus habilidades, sus conocimientos, su bagaje, su cultura, sus prejuicios, sus contradicciones o sus expectativas.

No cabe duda de que el regusto emocional es un factor determinante a la hora de valorar una obra. Diría que trasciende a las preferencias personales por el mero hecho de ser transmisor de cultura, de acercamiento a la realidad, a la ligereza de lo cotidiano. Por tanto, la impresión, es decir, la impronta y las emociones que nos deja el texto en la memoria es lo que en verdad cuenta. Precisamente las impresiones que el lector va a encontrar en Arquitectura de las pequeñas cosas (Páginas de espuma, 2023), de Santiago de Molina, obra ganadora del XIV Premio Málaga de Ensayo, no están exentas de perplejidades, historias, lecturas y conexiones con la importancia de lo doméstico para la construcción de la vida diaria. Aquí la arquitectura cotidiana de la casa, el hábitat más genuino e inmediato del ser humano, se expone para ser examinada como centro de vida, como núcleo por el que trasciende la esencia individual que, a su vez, nos convierte en individuos sociales.

La vida que atesora la casa en sus estancias y rincones, en sus paredes y techos, en sus ventanas y puertas, conforman un modus vivendi, una dependencia en la que participa la arquitectura del día a día. Lo deja dicho el autor en el prólogo del libro con dos preguntas que apuntan al ámbito del hogar como medida de lo humano: “¿Por qué hay que preguntarse cada minuto por los principios en los que se funda lo más preciado de la arquitectura, cuando cualquiera de nuestras casas, por vulgar que sea, los ejemplifica?¿Qué puede enseñarnos la casa y sus habitaciones?” Acaba en una afirmación decorosa y natural que evidencia el saber que en la casa de todos los días reside nuestra identidad como sujetos: “Lo que sucede en el interior del propio dormitorio repercute increíblemente en su exterior y en el resto de los ciudadanos”.

De Molina invita al lector a un recorrido por la historia en su reducto de la arquitectura doméstica, de la casa engarzada en la ciudad, para prestar atención a lo cotidiano como cauce de relación entre el individuo y su espacio a través del tiempo, porque es ahí donde se da la proporción justa de la experiencia. Nos viene a decir que la óptica de lo cotidiano es una puerta abierta a la modernidad y a la vanguardia, para canalizar las expectativas de un vivir con otros aires de renovación: “¿Quién ha dicho que no haya posibilidades de encontrar nuevos y refrescantes manantiales de sensibilidad bajo lo cotidiano?” En todo ese deambular de lo cotidiano con lo vernáculo, con lo popular y simbólico cabe toda una arquitectura, una apuesta filosófica de entender y habitar un espacio. Fue Georges Perec, gran divulgador de lo cotidiano, quien se refirió con más hondura a la jerarquía de su uso con esta interpelación: “Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo interrogarlo, cómo describirlo?”

Posiblemente, para el propio Santiago De Molina este requerimiento del escritor francés aquilate esa interrelación entre arquitectura y habitabilidad, como reto de suma importancia para compaginar el discurrir diario del hogar. El libro es, por todo ello, un exhaustivo análisis de los cambios históricos surgidos en la modernidad desde el origen de las casas hasta nuestros días. Y, también, de cómo nuestros hogares nos han ido conformando como humanos, convertidos en archivos vivos de las diferentes épocas que el ser humano ha establecido como modelo. Frente al imperativo del tiempo, tan excepcional con lo nuevo, el autor expone cómo la experiencia de lo cotidiano impone tendencias que la arquitectura incorpora en el espacio de la casa.

Arquitectura de las pequeñas cosas es un libro de lectura ágil, estructurado en diez capítulos que propugnan una poética interesada en el sentido de revitalizar y redefinir los espacios del hogar: la habitación íntima, la pared, los suelos y los techos, el ornamento, las puertas, con sus habitáculos y rincones. Cada uno de ellos promueve la idea del libro: el disfrute de lo cotidiano, la necesidad de encontrar el refugio acogedor que nos permita escapar de la intemperie y el rumor público. La casa, siendo un tema recurrente para la arquitectura, parece un asunto aún inconcluso. Y lo es, como se deduce en este ensayo, porque las necesidades de sus moradores cambian y, poco a poco, al cabo del tiempo, modifican el uso de sus espacios.


En resumen, Arquitectura de las pequeñas cosas es un ensayo perspicaz y curioso para llegar a la conclusión de que habitar el mundo es escuchar también el rumor del tiempo, aprendiendo a interpretarlo desde el contexto del hogar, del retiro y la soledad que otorga su estancia. Dicho de otro modo, lo que se dirime en este interesante texto no es más que una exaltación de lo cotidiano, cuya sede primordial es nuestra casa, que no es algo meramente arquitectónico, sino que se corresponde con la mejor forma de establecernos como sujetos independientes.


sábado, 1 de julio de 2023

Un padre admirado y contradictorio


Toda historia familiar sobrepasa los límites del hogar y escapa del campo magnético que se forma alrededor de ese espacio circular que vuelve obsesivamente al mismo punto. Lo que saca a relucir Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) en La figura del mundo (Random House, 2023) viene del seno familiar. Es la historia singular de su padre, trayéndola así al mundo como acto de contarla, compartiendo sus experiencias, contrapuntos y reflexiones, desde la normalidad que tuvo con sus hijos, su forma de interpretar la realidad de la estirpe y comunión de ideas, hasta sus creencias y justas convicciones puestas en la humanidad, más que en las personas.

En esta nueva andanza literaria, el escritor y periodista mexicano deja entrever que escribe para nombrar el tiempo y abrir la puerta de la memoria, para acercarnos a la vida de su progenitor, Luis Villoro, un hombre alejado de muchos predicamentos que desempeñó su vocación de profesor de filosofía con inusitado entusiasmo, propenso a la perplejidad y, consecuentemente, al aislamiento en casa y, desde luego, más dado a razones que a afectos: “No es fácil llegar al mundo con alguien que pretende estar en otro mundo –confiesa el narrador–, pero se puede vivir con ello, e incluso se puede valorar esa peculiar manera de existir... Mi padre fue contradictorio, como todos los que no son santos, y esas contradicciones valieron la pena de ser vividas”.

El libro, en sí mismo, está concebido como una extensa carta de un hijo que habla de su padre, un inconformista nacido en Barcelona en 1922, gran admirador de Gandhi, que tuvo que emigrar a México, pero cuya verdadera patria se asentaba más en el territorio de los libros y, por ende, en el terreno de la conjetura, que en el del suelo que pisaba y le daba acogida. Pero esta ambivalencia vital no le impidió desinhibirse de la realidad social, apoyando causas nobles de la izquierda. Ayudó con dinero propio a mucha gente. Se convirtió en filósofo zapatista, hasta el punto de popularizarse como miembro activo de los derechos de los indígenas mexicanos dentro del FZLN (Frente Zapatista de Liberación Nacional) e interlocutor del subcomandante Marcos. Villoro hijo lo cuenta con sumo desparpajo, consciente de que “el pasado tiene muchas formas de volver”, y lo hace con esa idea noble de entender lo que un padre ha sido sin los suyos, volcado en los demás.

Por eso mismo, al narrador lo que le impele a lo largo de su indagación no es más que significarse como un hijo predispuesto a una conversación fecunda con el ánimo de recuperar la esencia de su padre ya ausente, tratando de reconocerlo en su amplitud, valiéndose de un tono narrativo contenido y sujeto a esa idea universal de que la literatura no es más que una afirmación de la vida. Lo más asombroso del libro está, precisamente, en el examen y reconocimiento de todo esto, que bien se podría resumir en la perspicacia que Villoro alcanza para persuadir al lector, con verdad y sin sentimentalismos, a rendir testimonio y a descifrar con él, el enigma de la coexistencia entre lo privado y lo público de una misma vida.

A medida que la narración avanza, los recuerdos personales van entremezclándose con hechos y testimonios de México, en el que surgen episodios que van de la Masacre de Tlatelolco de 1968 al levantamiento zapatista, pasando por unos juegos olímpicos controvertidos y un mundial de futbol en el que el narrador revelará la pasión de niño por este deporte que quedó fijada de por vida. Se dan cita en el libro a grandes autores de la literatura universal como Borges, Octavio Paz, Sartre y Camus, Hemingway o Dostoyevski, cuya novela Los hermanos Karamazov genera discusión entre padre e hijo, que revierte en un libro que, sin perder de vista su enfoque, los lleva a una reflexión acerca del compromiso, el conflicto ético entre la teoría y la praxis política, la migración, la identidad y los desajustes afectivos en la familia.

Nunca tenemos muy clara la imagen de nuestros padres, dice Juan Villoro. Es significativo, como muestra el narrador de La figura del mundo al llegar al epílogo del libro donde emerge la figura de la madre, comprobar cómo los distintos hermanos de cualquier familia hablan de los padres y cada uno de ellos perfila en su memoria un padre diferente, según la relación que ha tenido con él, la manera como lo ha imaginado y, especialmente, por lo que ha esperado de él. Y aún más en su caso, que creció con una madre divorciada, por lo que la figura del padre perdido era, más que nada, una conjetura, una abstracción.


Llegados a su punto final, esta novela permite mostrarnos a un Juan Villoro capaz de manejar y sincronizar la memoria y el ensayo en un envoltorio narrativo de extraordinaria eficacia literaria, escrito en una prosa perfilada, elegante y precisa, no desprovista de humor fino, sin transgredir sus confluencias, sin que el lenguaje le desobedezca, tan solo alentado por el desafío de esta afirmación: todo lo que sabemos de nosotros y de las personas que nos importan proviene de cada una de nuestras ignorancias.


viernes, 16 de junio de 2023

Historias íntimas


Todo lector tiene sus preferencias a la hora de elegir sus lecturas. Algunos nos fijamos mucho en el título del libro, tratando de descifrar lo que encierra en sí, o también lo elegimos movidos por la alegría de descubrir un nuevo autor, o por continuar leyendo más de ese otro escritor que tanto nos gusta. Además, nos atrae por igual lo insólito y la originalidad de la historia, lo mismo que el impacto de sus primeras líneas, la belleza del lenguaje, la construcción de los personajes o, simplemente, el tema urdido por el autor para tal fin. Es frecuente que no haya un solo factor que determine si un libro nos va a encandilar o no, sino la suma de varios, incluso influye nuestro estado de ánimo. A veces, hay que decirlo, elegimos un libro por la recomendación de un amigo con el que coincidimos en gustos literarios.

Podría de decirse al respecto que Fantasía alemana (Salamandra, 2023), el nuevo libro de Philippe Claudel (Nancy, Francia, 1962) reúne un número importante de las prioridades lectoras mías: un título sugerente, un autor admirado de escritura envolvente capaz de zambullirse en la belleza que surge de lo inquietante o sórdido. Pero, además, de otra particularidad, esa que a algunos lectores nos gusta sobremanera, y que tiene que ver con la consideración y naturalidad que un autor pone en el prólogo, o al final de la obra, con suma naturalidad, determinadas claves para entendérnoslas mejor con el libro, que permiten un diálogo más a tono con lo escrito. La reinterpretación de lo leído no se agotará con él como autor, sino que también limará esa idea arcana de que lo importante de la literatura no es solo su misterio, sino su pretensión, y eso siempre lo agradece el lector que busca alcanzar una mejor comunicación con lo escrito, con la idea de que su lectura refleje una visión particular del mundo.

Es lo que hace Claudel tras narrarnos sus cinco emocionantes y abrumadores relatos al final del libro, darnos a entender mejor lo que el propio autor quiso disponer para mostrarnos en las historias que protagonizan sus diferentes personajes en sus diferentes intimidades, bajo el prisma del mal que permanece latente en el tiempo. Dice el autor: “Aunque se redactaron en momentos y circunstancias diversos, todos estos textos se articulan alrededor de temas que son importantes para mí desde hace mucho tiempo: en primer lugar, la incongruencia de la historia y de los papeles que los seres humanos desempeñan en ella”. Deja dicho igualmente que en estas historias están presentes fragmentos de vidas en las que la culpabilidad, la memoria individual y colectiva tienen sus resonancias y agravios. Y finaliza con la salvedad de que Alemania siempre ha sido para él un espejo donde mirarse: “no tal como soy, sino tal como habría podido ser”, añadiendo que el término “fantasía”, obedece sencillamente al capricho del autor, “que se aparta del respeto a las reglas estrictas de composición o armonía”.

Dicho esto, entremos pues en los entresijos de las historias reunidas en Fantasía alemana. En la primera de ellas, bajo el título de Ein Mann (Un hombre), su narrador nos cuenta el deambular atormentado de un antiguo soldado alemán que busca dónde esconderse, lastrado con su culpa onerosa de haber participado en la confección de listas de prisioneros dentro del campo de concentración. Sobrelleva esa maldición como derrota de todo un país y de sí mismo, envuelto en un vacío existencial inapelable. En Sex und Linden, su protagonista, un hombre muy mayor, cercano a sus últimos días, a quien ya no le preocupa el futuro, rememora una poética de cada instante feliz de su pasado juvenil y amores apasionados compartidos, del discurrir de la vida, de su fervor por la música clásica, todo ello entrelazado con sus recuerdos de guerra y la persistente nebulosa que los envuelve.

En el tercero de los relatos, Irma Grese, Claudel nos presenta a una joven insustancial y apática que entra a trabajar en una residencia para cuidar a un anciano de pasado nada ejemplar, que no para de balbucear el himno nazi, en un momento en que ya se cumplen cinco años de la unificación de las dos Alemanias y donde: “los comunistas se habían convertido en liberales, pero los pobres seguían siendo pobres”. En la siguiente historia, asistimos a un relato singular, sucedido de forma diferente a como ocurrió en realidad. En ella nos cuenta la extraña desaparición del pintor expresionista alemán Franz Marc (1880-1916), artista que aquí, fuera de su tiempo, enloquece fustigado por las leyes delirantes de la raza aria.

El último de ellos, titulado Die Kaline, que completa el libro, es el relato más poético de todos, una historia conmovedora en la que una niña huérfana, superviviente de la catástrofe familiar donde ya no queda vivo ninguno de sus miembros, a excepción de ella, se pregunta, día tras día, si en algún momento llegará a su vida el renacer de las cosas verdaderas con las que dar sentido a su existencia solitaria y anodina. Este relato, así como los que les precede, crea un ámbito común, a través del personaje de Viktor que simboliza la metáfora del mal que remueve el alma de cada una de las historias, como si se tratara del mismo demonio, reflejado en la figura implacable de un guardia de un campo de concentración.


Es mucho lo que se anuda en estos relatos: la memoria, la culpa, la maldad, el destino individual, la carga histórica del ser humano y sus estigmas. Philippe Claudel, fascinado por esos reductos que aún transitan por la Alemania del pasado siglo XX, nos ofrece un libro inquietante, de gran virtuosismo narrativo, que explora precisamente en la ignominia y el horror del nazismo, en la conducta de quienes ejercieron de verdugos y en el dolor de los que lo padecieron como víctimas, dejando ver que la memoria siempre es más amplia que la experiencia.