martes, 20 de agosto de 2024

Treinta y tres veranos


José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es un autor que practica como pocos la reflexión y la transcendencia de la vida cotidiana a través de una escritura autobiográfica de gran carga poética, que atraviesa el tiempo y el espacio, y que supone un canto y un reflejo de esa filiación insular propia de mediterraneidad inherente a sus textos. Consciente de que escribir es siempre un ejercicio de incertidumbre, un viaje desde las tinieblas hacia la claridad, como dejó bien dicho en sus Diarios (Península, 2000), destaca allí mismo cómo la alquimia de la escritura transforma cualquier vida en una vida distinta y apasionante: “Escribimos esas sombras que se nos imponen, desvelando parcialmente nuestro propio misterio y construyendo así los fragmentos de un mundo que nos explica”.

Llop es un escritor sutil y hondo al que le gusta cuidar el huerto de las palabras y escuchar el rumor del mar, alguien convencido de que la tarea de escribir es refugio y exilio voluntario, que sabe que los días sin escribir son días de purgatorio y que, por eso mismo, aprender en la sequía debe servir, como decía Iris Murdoch, para «mirar con fuerza al mundo, que se presenta misterioso e irreductible». Todo cobra sentido para él cuando se cuenta y, en ese sentido, Si una mañana de verano, un viajero (Alfaguara, 2024), su nuevo libro, incorpora un buen repertorio de memoria personal, historia y lecturas que aspiran al reencuentro de sus vivencias en esa escritura del yo que repara y fabula en torno al tiempo del narrador, como testimonio y recuerdo vivo, como señala en sus primeros lances: “Y si escribimos sobre una casa o un paisaje donde vivimos tiempo atrás, el vacío será doble, pero es necesario el tiempo que construye ese vacío para poder hacerlo: escribir, digo”.

Con un título recurrente, que evoca a Calvino, el juego de escritura propuesto por Llop, va más allá de intercalar una sucesión narrativa en su Mallorca natal. Responde a un marcado itinerario entretejido por la memoria y el tiempo para conformar un recuento de referencias a lecturas y evocaciones paisajísticas expuestas bajo una voluntad primorosa de estilo. Reúne diecinueve piezas que abarcan treinta y tres veranos de estancia en una casa junto al mar, un lugar importante y umbral de su escritura, un rincón reservado para el entendimiento de su realidad e imaginario: “No sé si fue la casa de la vida, pero sí lo fue de mi literatura, al margen de los calendarios y las obligaciones y devociones de mis contemporáneos”. Hace también recuento de su vida y su relación lectora con otros autores. Mira los estantes de su biblioteca y contempla los libros de otros y los suyos como recuerdos vivos.

Sus paseos por la isla le brindan la contemplación singular del paisaje y, a su vez, le dan pie a rememorar a aquellos otros autores que le dieron compañía en sus treinta y tres años de vida junto a Cavafis, Elizabeth Bishop, Proust, Rilke, Virginia Woolf, Philip Roth, o los más nombrados, Durrell y Chatwin. Cada uno de ellos le proveen pasajes del mito del mar y, a su vez, de la experiencia del tiempo y su fugacidad, así como de constatar que la vida es una constante reescritura del ayer, una perseverancia de entenderse no sólo consigo mismo, sino también con el entorno y su sentido: “Vivir junto al mar nos adentra en nosotros mismos y haciéndolo revela en nuestro interior un doble de su vastedad. Nunca el vacío, sino la riqueza de esa vastedad”.

En todas estas confluencias se regocija Llop, como dando a entender que ir acumulando años es irse rindiendo a una subjetividad contemplativa en la que cada vivencia y recuerdo posee su propia épica y también su hálito de melancolía. La sensación del libro es haber interiorizado el paisaje, que aquí tiene estatus de personaje, como si todos los veranos fueran el mismo verano, envuelto en un presente mediterráneo que insinúa un mundo clásico. Quizá esto tenga que ver con esa idea de ver el verano como un tiempo de disfrute de la vida, un saber vivir, que converge en la literatura como tiempo recobrado y como otra manera de vivir y de saberse vivo: “Al fin y al cabo, escribir es una forma de leernos –sostiene el propio Llop–. No sólo, pero lo es. Y escritura y lectura poblaron la casa junto al mar”.


Este es un libro de prosa limpia y contenida, que trastea en la memoria, en la historia y en la literatura, por medio de ese reducto literario que se asemeja al diario, para contarnos en primera persona lo fascinante que nos regala la experiencia de compaginar la escritura con la vida. Llop firma un texto confesional pletórico de soplo lírico, que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella, un vínculo definido por el trazo de adherirse a la vida y, por ella, al deseo de la escritura. Un libro de lectura gozosa que dará a quien se acerque a él un regusto prolongado.


lunes, 12 de agosto de 2024

Con voz propia


Ningún libro, ni siquiera uno fragmentario, puede captar la riqueza del mundo, sus disquisiciones y juegos verbales. Sin embargo, el aforismo se ha convertido en una aproximación a esa idea de alcanzar reflexiones concisas que abogan por entender el sentido de las cosas y sus múltiples perspectivas. Por eso mismo, el pensamiento de los aforismos no se agota en el ejercicio de la lectura, sino que queda abierto a la sugerencia. A este respecto, añade Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) que “Las verdades de un libro de aforismos bueno suelen ser contradictorias”. De ahí que convenga no olvidar tampoco, como decía Gracián, que «No puede ser entendido el que no sea buen entendedor». En ese saber entenderse, sostiene el escritor navarro que “El aforista tiene que tener como los poetas una voz propia”.

Con cada libro que publica, Ramón Eder se confirma como el aforista vivo más singular y prolífico del panorama literario español. Sus aforismos, tan desnudos, irónicos y vívidos, dejan en evidencia casi todo aquello elevado y académico en torno a este género tan exigente, donde el matiz de cada vocablo es esencial. Eder lo viene haciendo de forma continuada, sin apenas levantar la voz, con esa gracia y desparpajo tan característicos suyos matizados por la retranca y el humor. Le importa que sus miniaturas observen el mundo y lo cotidiano como verdades a medio decir, buscando el sentido de la vida, sin prisas, para que el lector ponga sobre dicho sentido una mirada atenta hasta obligarle a detenerse y a pensar, antes que nada, en lo que el autor expone como escritor, como subraya aquí: “Todo escritor acaba siendo un actor que interpreta a una persona que escribe”

Viene ahora con Las estrellas son los aforismos del cielo (Renacimiento, 2024), una nueva entrega de trescientas sesenta brevedades, rehuyendo, como es habitual en él, del aforismo edulcorado y postizo, poniendo distancia a cualquier ocurrencia o moralidad añeja. Porque lo que le gusta de verdad a Eder es provocar la sonrisa y el desconcierto en el lector que sabe leer entre líneas, al que, además, le impele a releer lo escrito para hacerle sopesar la verdad con la que esa verdad se oculta, importándole más la discreción que la elocuencia, la sencillez que la retórica, como denotan estos aforismos escogidos a vuela pluma: “Las librerías tienen algo de islas del tesoro en las que buscamos un libro que sea un tesoro”; “El arte de olvidar lo que habría que olvidar mejora la vida”; “El que sabe pedir sabe que no debe pedir demasiado”.

Su estilo, por otra parte, efervescente y ligero, se ciñe a una especie de refutación dispuesta a refundirse en una idea, en un vislumbre o en una paradoja capaz de despertar nuestra perplejidad, hasta incluso convertirla en una mueca risueña, como es el caso de estas epifanías: “La vida es buena solo si se tiene un buen final”; “Los mejores libros son los que nos dibujan mientras leemos una sonrisa en el rostro”; “Los pesimistas de pacotilla son los quejicas”; “Las mujeres se perfuman para que las recordemos”. Hay una mirada filosófica que toca con levedad lo que tradicionalmente se ha llamado vida contemplativa que, en Eder, no es sino una vida empapada de atención, de experiencia y de humor, como apuntan estos otros tres aforismos: “El mes más cruel es el último”; “Hay amigos a los que ya solo nos une un imperdible”; “Los fantasmas no existen pero insisten”.

Son ya muchos los libros de aforismos publicados por Eder que avalan su buena reputación en estas lides literarias, en un género de apariencia sencilla, pero muy puntilloso, tan preciso de inventiva como de buena mano en su confección. Talento y perspicacia conforman, junto a una buena dosis de escepticismo, su marca de tinta que, en esta ocasión, se acrecienta con el destacado humor que luce, quizá su libro más desenfadado y humorista. No hay página en él en la que no encuentres motivos para levantar la cabeza, marcar una sonrisa y volver animado para toparse con sorprendentes paradojas, relámpagos, pepitas, minucias refinadas, sutilezas, regusto por lo clásico o agudezas que tratan de decir algo nuevo que tal vez sabías y habías olvidado, que merece la pena ser releído y recordado.


La buena literatura son dos cosas: arte y verosimilitud. Se trata de dos consideraciones aplicables tanto a la ficción como a la no ficción, a la poesía, a las obras de teatro y, por supuesto, al aforismo. Ramón Eder persigue con donaire, ingenio y voz propia sostener al aforismo como posibilidad de verdad y de epifanía juntas, en el mismo punto de encuentro, como lugar que debe darnos que pensar, que asentir o dudar, pillarnos por sorpresa, y, cómo no, haciéndonos sonreír valiéndose de su ironía.

miércoles, 17 de julio de 2024

Breve recuento vital


La poesía tiene que ver con el pálpito de las palabras, con el movimiento que suscita y sus significados. En esos encajes entre palabras y estados de ánimo, la poesía sustenta su sentido, y sucede cuando se tocan las vidas de quien la escribe y de quien la lee. Los lectores de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), autor de una buena quincena de poemarios, apreciamos su alma barojiana, su melancolía, la voz cercana y clara de su poesía, atraídos por esa manera suya de revelarnos los entresijos de estar en el mundo. Acudimos a su escritura, de verso claro y desnudo, dispuestos a mirar su poética como muy próxima, entresacando de ella nuestros propios reflejos. Nos gusta acercarnos a su poesía, listos para escuchar cosas de la vida, en ese tono característico suyo de confidencialidad, que denota inmediatez, experiencia y proximidad, atentos a lo que el poeta ve, siente, piensa y sugiere.

Ahora, en La última del domingo (Visor, 2024), Premio de Poesía Hermanos Argensola 2023, vuelve a las andanzas propias de su lírica de la realidad cotidiana. Lo que vamos a encontrar en los cuarenta y siete poemas reunidos son pasajes y vivencias de ahora y antaño, a los que se unen el paso del tiempo y el tiempo que hace, el azar y sus contrapuntos, el presente, la melancolía, la conformidad con lo que te toca vivir, la soledad, y hasta la mirada puesta en un gorrión que picotea a sus pies en una terraza, o el silencio y, cómo no, los bares: Hay bares para todos en el mundo. Confiesa el poeta que lo que le importa es que su poesía sea de versos claros: Importa solo que te interpelen, / o te toque el corazón / o te agarren de las solapas... / Que no parezca / que no ha pasado nada / en tu vida, una vez leídos.

La poesía de Karmelo continúa apelando a esa energía sosegada de los sentimientos que le sirven para concretar y hacer visible y comunicable su modo de conexión con el entorno en el que vive, desde cualquier atisbo o rincón que provoca lo cotidiano: la memoria, la vida de nuevo, la lluvia y el asfalto de la ciudad, las terrazas de los bares, el viento, el mar, las estelas de los aviones en el aire, la monotonía de los ascensores: Y así desde que se inventaron. / Normal que, a veces, hartos, / se paren entre dos plantas. También hay lugar en el libro para evocar a aquellos otros escritores a los que admira, como Ángel González, Heráclito o Cioran: Una dosis de Cioran / por las mañanas / me inmuniza para el resto del día, dice el donostiarra con irónica retranca.

Precisamente por toda esa decantación de lo cotidiano, la poesía de Karmelo, por su sencillez y accesibilidad, crea ese resorte que nos hace ver en sus palabras cómo se las gasta la experiencia, cómo esta se une con las palabras y toman brillo, aunque el día sea gris o llueva para que de allí mismo surja el poema, esperando a que escampe: Será la hora / de volver sobre mis pasos /. Persiste en dejar bullir sus sensaciones y emotividad, sin apartarse de la presencia intensa y expresiva del mar, como así recogen estos versos: Ver el mar me gusta / por razones de muy variada índole. / En ocasiones, sin embargo, / solo es una imperiosa necesidad. El poeta sigue mostrándose el mismo, sin desdoblarse en otro, mantiene su coherencia y tono personal acostumbrado, su pulso a la vida y a las cosas del quehacer diario.

Sus poemas aspiran a una cierta levedad de su entorno, al humor, a la reflexión de seguir vivo y a acostumbrarse a que muchas veces no suceda nada. Sus versos pretenden que salte a la vista una imagen, una paradoja o un instante mientras pasea de regreso a casa de noche: Hay luz en las ventanas. / Tras ellas –pienso– esa épica / minúscula / de las vidas anónimas. / Las que mueven el mundo. Responde el poeta a una pregunta, en una reciente entrevista en El Cultural, así: “En realidad, yo quería ser un poeta muy parecido al que he acabado siendo, un poeta de línea clara, a pie de calle, atento a los aconteceres rutinarios de la vida, a esas pequeñas cosas donde, en principio, no parece que pueda encontrarse la poesía, tan dada a remontar el vuelo o a volverse enigmática”.


Contar su vida o la de alguien muy parecido a él es su propósito, pero de manera que el lector pueda entender que tal vez le está contando la suya y le emocione o simplemente le entretenga. Hay poetas que nunca tienen que preguntarse cuándo y dónde comenzará el poema. Su intuición los orienta, van de la mente al papel y del papel al mundo exterior para volver a pasar por el filtro de la mente de quien los lee. De allí, surge natural el primer verso o el poema en ciernes. El lector intuye, como así lo entiende Karmelo, que todo lo que pasa frente a sus ojos y por sus emociones merece ser apuntado. Incluso lo más irrelevante: unas palabras escuchadas en un bar, unas botas para la lluvia, la cara de la gente, una calle vacía, una mera ráfaga de optimismo o la languidez de un domingo pueden dar pie a la aparición del poema.

La poesía de Karmelo C. Iribarren, su voz socarrona y tierna, como apunta Raquel Lanseros en la contraportada del libro, se sigue mostrando aquí para entendérselas con el lector, como resplandor de verdad tomada en su sentido más sencillo y cotidiano, a modo de recuento vital abierto a la ligereza de la realidad.


viernes, 12 de julio de 2024

Sentimiento de pertenencia


El escritor se enfrenta constantemente a la necesidad de visualizar una escena, una secuencia, un sentimiento para, a continuación, de la manera más cabal que puede, ponerlo en palabras. No necesita nada más para empezar a contar lo que ronda por su cabeza, salvo las palabras. Pero, como dice James Salter, “¿cuál es el impulso? ¿Por qué se escribe? Ahí está la esencia”. Para los que no conozcan las entregas anteriores de lo que hasta ahora ha venido configurándose en la narrativa de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971), les diría que para el escritor guatemalteco la memoria y la identidad conforman la esencia de su escritura y de su universo literario, asentada en la niñez, la vida familiar y la cultura judía.

La sencillez de sus historias, además, es su estela, y la claridad y la honestidad, sus señas más reconocibles. Pero si hay que destacar el rasgo más característico y significativo suyo, no encuentro otro más propio que el de la memoria, como ámbito y fuente de inspiración, como mapa por el que transcurre la esencia que mejor justifica su narrativa. Y así lo recalca en Biblioteca Bizarra (2018), un libro interesantísimo de doble bifurcación y dialéctica entre el oficio de ser escritor y el oficio de vivir, con estas palabras: “Pues un escritor escribe desde allí: desde lo que ha visto, desde lo que ha escuchado, desde los olores y sonidos que revolotean como mariposas en su memoria. No escribe su memoria. Escribe solamente a partir de ella. Desde ella”.

En Tarántula (Libros del Asteroide, 2024), su nuevo libro, vuelve a esa misma génesis: el pasado. Regresa a la memoria de su infancia para recrear unos hechos vividos a finales de 1984 cuando tenía trece años y fue enviado por sus padres, junto con su hermano más pequeño a un campamento de adoctrinamiento en el altiplano boscoso de Guatemala. El narrador, que no es otro que el propio Halfon, reconoce que, tanto él como su hermano, apenas conocen el lugar donde nacieron. Muestran dificultad con la lengua, debido a que hace ya algunos años viven en Estados Unidos, y cierto desconcierto con la experiencia impuesta de recuperar sus raíces y, aún más, entrelazándose en la convivencia con otros niños judíos en un paraje que, como les dicen, será propicio para aprender técnicas de supervivencia adaptadas a la naturaleza judía de sus participantes.

Halfon arma toda esta historia bajo un denominador común en el que el odio es el protagonista desafiante y perverso que transita por el lugar. Está presente como símbolo también, un odio al paradigma judío y a los judíos, un odio a la atrocidad nazi y a los nazis, un odio, en realidad, a toda imposición, a toda demostración marcada por la fuerza, a toda esa locura que las guerras han justificado siempre. El tiempo narrativo del libro, por otro lado, discurre al capricho del narrador que opta, según interfieren hechos, personas y significados, a pasar del pasado al presente, con soltura y dinamismo, ocurre lo mismo con los enclaves: desde el bosque guatemalteco donde tienen lugar las andanzas infantiles en el peliagudo campamento, hasta escenas del presente en un café parisino o en un bar tailandés de Berlín.

Como ya comenté en otros libros suyos anteriores, todos y cada uno de los relatos de Halfon conforman una novela en marcha. Tarántula es otro eslabón más de ese encadenamiento narrativo por el que transcurre su travesía literaria. Todos y cada uno de sus escritos están conectados entre sí, incluso vuelven a escena recuerdos familiares, como el del abuelo polaco que anduvo prisionero en Auschwitz o el del niño Salomón que murió ahogado en un lago, y más recuerdos y vivencias que el autor toma en consideración para hacer que algunos de los pensamientos o imágenes que pueblan dichos escritos salten libremente de un tiempo a otro, con el fin de explicar algo que facilite su avance por la trama. Esta manera que tiene Halfon de contar las historias toma la forma de la novela, de la autobiografía, de la autoficción y, también, del ensayo, algo muy característico y singular en su narrativa.


Las novelas de Halfon tienen el don de dejar en el lector ese rastro rebosante de vivencias y memoria en las que encontramos la naturaleza de lo humano. Y eso se debe a su prodigiosa aventura literaria de indagación emprendida hace tiempo por el pasado de su estirpe familiar, sustentada en una prosa precisa, antirretórica y muy eficaz. Así es su literatura, recia y sincera: un proyecto narrativo de seguir explorando en la memoria y en la genealogía familiar, una búsqueda perpetua por encontrar hallazgos literarios.

Todo lo que escribe Halfon sobre sí mismo forma parte de su mito personal. Tarántula es otra estupenda pieza más de ese ejercicio constante e indagatorio de un proyecto literario en marcha que va en una misma dirección, que continúa con igual calidez narrativa y prestancia a la que nos tiene acostumbrados. Somos muchos los que seguimos fascinados con el imaginario de su literatura y su sentimiento de pertenencia a una identidad histórica, compleja y trasnacional como la judía.


miércoles, 3 de julio de 2024

Miradas y reflejos


Digamos que cuando definimos un texto como literario, nos estamos refiriendo a que lo que se dice en él debe interpretarse en función de cómo se dice. Es, en palabras de Terry Eagleton, «el tipo de escritura en la que el contenido y el lenguaje utilizado para expresarlo forman una unidad inseparable». Además, el propio lenguaje forma parte de la realidad o la experiencia, en lugar de ser un mero vehículo para transmitirlas. Por eso mismo, un texto literario requiere ser leído poniendo atención especial a todo lo que incumbe al lenguaje, como el tono, la cadencia, el género, la sintaxis, el ritmo, la estructura narrativa, el estado de ánimo, el contexto, la puntuación y, en definitiva, todo lo que podríamos considerar su forma. Toda lectura implica una ambientación considerable alrededor de estos fundamentos.

Qué duda cabe que la seducción conforma también uno de los aspectos más destacables de todo texto literario. Lo sabemos bien los que acostumbramos a tener siempre un libro entre las manos, los que frecuentamos librerías y nos dejamos persuadir por los universos que las historias de otros nos descubren e insinúan, por las palabras de otros en las que encontramos pensamientos propios y ajenos, atisbos y destellos buscando el porqué de las cosas. El libro Notas de campo(s) (Ediciones del Genal, 2024), de Álvaro Campos Suárez (Málaga, 1981) transita a merced de estos menesteres. Son textos breves que aparecieron en la revista Manual de Uso Cultural entre el 2014 y 2024 en los que encontramos un buen compendio de artículos que reflejan el alma de un lector avezado que aborda distintas confluencias de la literatura, desde su bagaje cultural y su fascinación por los libros, hasta su constante apelación a la cultura y al pensamiento como acicate de la vida.

Son veinticinco escritos de una página de extensión que abordan especialmente la lectura como acto acumulativo, en el sentido de que todos los textos leídos a lo largo de una vida van dejando su poso y señuelo, sumándose, más que a lo que el lector ha leído antes, a lo que ha entendido y sacado de provecho de todo este proceso. Hay textos que se bifurcan por la creación artística, por la poesía, por la órbita del universo y sus utopías, “porque en la vida, todo es soñar”. El sentimiento literario no deja de estar presente y de manifestarse de forma continuada, aunque el tiempo se muestre desapacible, como así nos dice: “Nunca hace frío en compañía de un buen libro”. En otros, se convierte en resquicios para entender un poco mejor el mundo o para pensarlo de otro modo, especialmente cuando se pone a hablar del viaje y de los viajeros, dejando ver que “la tarde en un café observando el comportamiento ciudadano, tomando el pulso a la ciudad apostado en una plaza, puede ser más rentable para los sentidos que la visita apresurada a cinco museos”.

Notas de campo(s) conforma en sí un cuaderno de pensamientos, vivencias y soledades en el que cabe una amplia mirada del mundo desde la esencia de los libros y de sus autores, a través de una percepción impregnada de significados e ideas. Se afana Álvaro Campos en destacar su entusiasmo por los libros que, como lector, no quiere solo que estos le complazcan, sino que también aspira a ser comprendido en ellos. Deja entrever que no hay pautas sabias para la lectura, tan solo atrevimiento y curiosidad afectiva: “Son mi compañía, y sospecho que, de algún modo, también yo soy la suya. Nos cuidamos mutuamente”. Detalles, vislumbres y remansos se conjugan en estos artículos donde lo particular esconde semillas de un aprendizaje de decir más de lo que dice, de experiencia acumulativa de contar y contarnos lo vivido, como refleja esta luminosa reflexión suya: “La vida es, sí, un ejercicio de supervivencia, pero en nuestro tránsito del existir también habita la amistad, la luz, la alegría”.


Toda lectura siempre apareja un compromiso de perseverancia. Esta observación nada baladí la revierte Álvaro Campos en los textos reunidos en el libro, y repara en la importancia de la lectura como compañía, pero también como experimentación sobre uno mismo, como desafío que conduce inexorablemente hacia la propia subjetividad. Estas notas suyas están repletas de encuentros, miradas y reflejos que avivan dicho sentir y propósito.

Uno, que lleva toda la vida leyendo, llega a la conclusión, como así queda dicho en este jugoso librito de apenas sesenta páginas, que el fin último de la buena literatura es “divertir, sí, pero también hacer reflexionar a un lector que, como ser humano, vive sus días en la eterna contradicción, propia y ajena”.


miércoles, 26 de junio de 2024

Surgidos de la naturaleza


La realidad no solo es lo que es, sino también el modo en que la miramos. Y es sabido que el modo de mirar, ya en sí, transforma las cosas. En cualquier caso, conviene no abandonar la actitud de seguir aprendiendo a mirar lo que tenemos delante de nuestro ojos, la tierra de donde hemos surgido, que siempre tiene algo de ejemplar que ofrecernos. Hay un endecasílabo en un poema de Eloy Sánchez Rosillo que trata sobre esa aspiración de la naturaleza de eternizar el presente: «Cuanto existe, existió y será después». De alguna manera, el hombre es un ser necesitado de un jardín. Somos también naturaleza. Los árboles nos protegen de la intemperie, son fuentes de vida para otros seres vivos como nosotros. Y la vida, como también diría Dickinson, consiste en mirar fuera como se mira dentro, mirar fuera desde la soledad de quien crece identificando las raíces sobre las que se levantan las ramas en las que se apoya la vida.

Al escritor, periodista y profesor de escritura creativa Javier Morales (Plasencia, 1968) le importa e inquieta la naturaleza y el papel determinante que el hombre juega en el medio ambiente. En sus textos sobresale una suerte de impulso ético ligado a la tierra en la que aprender a recordarnos que estamos para prestar atención a la tarea que más nos importa, que no es otra que amar y proteger este mundo que nos da sustento, y mantener la validez de la vida trenzada por cada uno con la vida pausada de la naturaleza como espacio de complicidad y refugio. Su literatura no se aparta de esa conexión. En Monfragüe (2022), su anterior libro, una novela intimista, de recuerdos e indagación introspectiva, deja escrito esa singularidad suya: “Escribo sobre la naturaleza, aunque mi vida se acaba colando siempre en los libros, no sé por qué [...] La cultura y el medio ambiente han sido los dos ejes que han definido mi trabajo y mi vida”.

Escribir la tierra (Tres Hermanas, 2024) confirma este mismo hechizo de explicar el mundo y sumergirnos en la naturaleza, en el lugar del otro, con historias que albergan espejos donde mirarnos para poder parecernos a la verdad que reflejan o, al menos, reconocernos. Son cuentos ambientados en Extremadura, un paisaje vinculado a esa arcadia memorable de la infancia del autor. Conforman, como dice Javier Morales, los anillos de un mismo árbol: “Las raíces de este árbol se han ido expandiendo a lo largo de mi vida en busca de preguntas y de respuestas sobre nuestro paso por este mundo y nuestra relación con los otros seres vivos que nos rodean, con una naturaleza de la que formamos parte, aunque se nos olvide”. Dentro de estas páginas hay un sentir que nos habla de que somos seres entretejidos de relatos, de historias que nos conectan con la tierra y su fragilidad, que nos confía una y otra vez un mismo mensaje: la literatura, la naturaleza y la vida tienen motivos para reivindicarse.

El libro arranca con esta cita de Mary Oliver, autora de La escritura indómita: «Todas las ideas importantes tienen que incluir a los árboles, las montañas y los ríos». En esa tesitura perfila Morales el propósito de su libro, resaltando que los relatos que lo forman provienen “de una mirada hacia el mundo rural exenta de cualquier romanticismo e idealización”. Le importa que los cinco cuentos reunidos reproduzcan su sentir como un manifiesto literario de la escritura de la tierra, “desde la fraternidad y el reconocimiento de todos los seres vivos que habitan la tierra”. En El matadero, el primer relato del volumen, este clamor se agudiza y despliega el talento del autor al contarnos el devenir de un pueblo abocado a una incierta transformación con un proyecto hotelero, pese a la oposición de Berta, la maestra y única vecina contraria a dicha iniciativa.

La segunda parte del libro reúne, bajo el título Otros cuentos de la montaña, cuatro relatos entrañables, escritos desde una voz en primera persona. Son historias de soledades y secretos, de vidas sencillas y erráticas, envueltas en trabajos rutinarios del campo y de la montaña con cierto aire de melancolía. Hay en ellas un tránsito de recuerdos de amores de antaño, de aspiraciones y reencuentros. En el marco de cada una de ellas, la naturaleza se observa y se respira lo mismo en un cementerio, en el monte o en un secadero de tabaco. Estas historias que muestran a personajes que no parecen estar por encima de la vida que les ha tocado en suerte, aunque, eso sí, cada uno sobrelleva sus secretos y extrañezas con dignidad, aferrado a sus tareas y limitaciones en busca de preguntas y respuestas.


Escribir la tierra es un libro hermoso que concita a ver el mundo rural, la naturaleza y los seres vivos como existencias plurales de entendimiento, de saber que nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación y de atisbos entre sí. Estos cuentos de Morales están escritos por una necesidad de verdad, de belleza y de discernimiento, para hacer verosímil lo extraordinario que nos resulta nombrar el mundo. De ahí que sus historias se vinculen a ese propósito que postula el conocer la naturaleza como la mejor forma de protegerla. Una encomienda que también propicia la literatura al permitirnos revivir hitos seculares y pensamientos desde la aparente incertidumbre que otorga la ficción.


viernes, 14 de junio de 2024

Desiderátum


Uno encuentra sintonía y entendimiento con algunas voces que interpelan y ponen de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a las palabras, sin pretensiones académicas, que vivifican la literatura desde la propia soledad, con algo de conjuro sobre el paso del tiempo, desde su universo próximo y cotidiano para darse a entender. En una de las entradas de Diario de K., dice lo siguiente Karmelo C. Iribarren, que viene a subrayar esta consonancia con la que algunos nos vemos identificados: «La literatura, mi afición a leer, me ha salvado de necesitar esos amigos que no lo son, de tener que llevar una vida social de ciudad pequeña que para mí hubiese sido un castigo insufrible. A cambio, la soledad. Una soledad, eso sí, poblada a mi gusto».

En la literatura suelen abundar las referencias, las alusiones, las intenciones más cultas o más populares y, quizá por eso mismo, las más ocultas, misteriosas y personales de las que el escritor dispone a la hora de contarnos lo que en verdad bulle por su cabeza, lo que siente y palpa, lo que le gusta y decepciona. Ocurre a veces que el oficio o el arte de escribir se escurre en su intento de encontrar símbolos para lo inefable. Y por eso mismo, el escritor tiene la obligación de elevarnos, de ampliar nuestros horizontes, de alentarnos, de rastrear en los pormenores de las cosas. El poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es un escritor beligerante y crítico en ese sentido, al que no le importa arriesgarse y bajar a la arena de la realidad, desde la subjetividad de una mirada profundamente comprometida con la verdad y con la literatura.

Todas estas intenciones son motivos suficientes para seguir escribiendo y pulsando la realidad, algo que en Sánchez Menéndez es primordial para seguir confiando en ella como fuente de inspiración de su pensamiento y del imaginario de su literatura, de hacernos pensar que la realidad se compone de cosas y personas concretas, más que de ideas e intereses generales. Las guardas (Siltolá, 2024) contiene un buen repertorio de señales y razones de escritos sobre libros, poesía, autores, actualidad y cultura, dispuestos sin cortapisas, con aire de libertad, apuntando la mirilla sobre la realidad de lo que verdaderamente importa. El libro reúne una selección de artículos suyos publicados en el Diario de Córdoba, entre el 2013 y 2024, que ponen su foco e ideas, más que para sacarnos de dudas, para entrar con más tino en ellas: “La realidad es indivisible -dice, pero algunos se empeñan en partirla a trozos. La apariencia es conveniencia, y se funciona con apariencia por mera conveniencia”.

Encontramos elogio de la lectura, de los buenos libros, al igual que lamentos de una cultura menguante, tan necesitada de estímulos: “La ausencia de cultura nos dejará un hueco insalvable en nuestras vidas”, advierte. Pero también, por otro lado, festeja su confianza en los clásicos, en sus poetas celebrados y queridos con semblanzas y reseñas entusiastas, como las que firma sobre Ángel González, María Zambrano o Nicanor Parra, al igual que sobre otros poetas vivos por los que siente admiración, como Karmelo C. Iribarren, Juan Cobos Wilkins o Antonio Carvajal. En otra de sus piezas, que lleva por título Naturaleza, se para en resaltar su fervor por la lectura como alimento y consciencia, y matiza: “Pero no solo la lectura es alimento, la mera contemplación de la naturaleza puede enseñarnos infinitos matices... Que el ser humano madure en armonía es fruto de la naturaleza y del cuerpo de lecturas. Pero los libros hay que elegirlos con inteligencia, con la sabiduría de la propia elección”.

Las guardas despliega 82 textos, cada una de ellos nominado con el mismo título con el que apareció en la columna del diario, por donde transitan reflexiones, sentencias y reflejos de la realidad del momento vinculados al discurrir de la cultura, la edición de libros, los premios literarios, las librerías... No pretenden menoscabar lo que hay de verdad en todo ello, sino apuntar y apuntalar sus lances. Lo que le importa a Sánchez Menéndez es sacudir al lector y animarle en busca de la literatura de verdad, aquella “que está por encima de los criterios, y de los registros, y de los tonos, y de las entrevistas”. Y desde luego, insistiendo en que leamos a Cervantes, “que un buen libro es un compendio infinito de magia enriquecedora”.


Es lo bueno que tiene la literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, dar motivos al lector para probar nuevos incentivos. Y, desde luego, un buen libro de artículos, como este, se presta a ello, a desentrañar como piedra de toque lo que está pasando, a tamizar lo que importa, para seguir atento, para seguir siendo un poco más desconfiado. Las guardas es un libro afilado, lúcido y nada complaciente, que invita a una lectura participativa, a través del valor que suscitan sus páginas, desde el propio pensamiento y aceptación de que, aunque la literatura y los libros no nos salvan de nada, ni resuelven los verdaderos enigmas de la existencia, sin embargo, nos dan placer, nos abren cauce, aspiración y deseo de lo que aún no se ha cumplido.