domingo, 7 de abril de 2013

Equívocas apariencias


Alan Bennett (Leeds, 1934), autor de teatro y guiones de cine y televisón, es una leyenda viva del humor británico. Del escritor inglés leí el año pasado Una lectora nada común, protagonizada por la reina de Inglaterra, una novela exquisita, mordiente y divertida que me engatusó de manera gratificante. Ahora, la editorial Anagrama, nuevamente, publica Dos historias nada decentes. En esta ocasión, Bennett, maestro de novelas cortas, nos cuenta dos historias tan indecentes como ocurrentes, donde el escritor juega divertidamente, poniendo en solfa a dos mujeres rancias, donde la malicia del autor resalta hasta qué punto las apariencias muestran sus equívocos. Ya el título nos avisa, sin ambigüedad, de que se trata ciertamente de dos relatos poco decentes y, además –añado–, jocosos.
Las mujeres de Dos historias nada decentes son personajes de clase media que parecen fugarse de la vida monótona que las tiene encorsetadas. En la primera de ellas, La señora Donaldson rejuvenece, la protagonista, tras quedar viuda, decide buscarse un sobresueldo como actriz de simulacros de enfermedades en la Facultad de Medicina y, también, alquilando una habitación a una pareja de jóvenes estudiantes. En la segunda historia, La ignorancia de la señora Forbes, mucho más malévola, cuenta cómo y porqué el joven y guapo Graham determina casarse con una mujer rica, pero poco agraciada, para tapar su verdadera sexualidad.

Estas dos historias, políticamente incorrectas, del libro de Alan Bennett son divertidas, perversas y muy inteligentes. En ambas novelas breves, el autor desmarca la distancia entre las apariencias públicas de las personas y sus verdaderos deseos privados. Para ello, trata con ironía orquestada las situaciones transgresoras en las que se ven inmersos sus protagonistas.

Bennett firma dos narraciones hilarantes, poco probables, pero muy bien escritas, repletas de diálogos inteligentes y mordaces, donde el sexo es solo un pretexto para quitar la máscara de la hipocresía y dejar al descubierto esa moral de apariencia equívoca, tan propia de la burguesía inglesa.