martes, 9 de abril de 2013

Nunca salimos de nosotros mismos


En septiembre de 2001, la Fundación Caballero Bonald celebró su tercer congreso : Literatura y Memoria, un recuento de la literatura memorialística española en el último medio siglo pasado. El congreso fue memorable e irrepetible. Figuras desaparecidas, de la talla de Eduardo Haro Tecglen, Carlos Castilla del Pino, Javier Tusell, José Saramago y, ahora, José Luis Sampedro (Madrid, 8 de Abril de 2013) fueron el compendio de ilustres conferenciantes de aquel celebrado evento, y al que yo asistí como congresista.¡Qué suerte la mía!

La muerte del escritor Sampedro, a los 96 años, deja un vacío en la sociedad difícil de cubrir. Siempre que le vi y escuché lo identificaba con sus barbas blancas como a un sabio de la vieja Europa, opinando sobre el mundo y sus habitantes, y dando lecciones de dignidad. El viejo Sampedro era consciente de que el desarrollo económico precisaba también de un desarrollo moral.

En el terreno literario, José Luis Sampedro se dedicó a indagar sobre los seres humanos, los hombres y mujeres que necesitan crecer por dentro, “cumplirse” -como le gustaba a él decir- como seres humanos, comprenderse en el otro o en las diversas caras de su propia condición. Su vida ha sido ese lugar singular y compartido en el que se cruzan un tiempo y una historia. Un cruce que le enseñó muchas cosas. Le enseñó a vivir entre la lucidez y el vitalismo, entre el testimonio y la resistencia, hasta configurar una de sus frases más genuinas: “Siento, luego existo”.

Le gustaba reafirmarse como un vividor: “Yo soy un vividor porque trato de vivir”. Recuerdo que en el referido congreso, Sampedro era el invitado de la conferencia inaugural y citó al final de su elocuente exposición una frase de Condillac, filósofo francés del siglo XVIII, que resumía en buena medida su manera humanista de entenderse: “Sea que nos elevemos hasta el cielo, sea que descendamos a los infiernos, nunca salimos de nosotros mismos”.

En suma, su literatura, su historia, su vida han sido un esfuerzo de indagación moral sobre la condición humana, desde la necesidad del amor a la necesidad opositora del poder. El autor de Congreso en Estocolmo, El río que nos lleva, Octubre, octubre, La sonrisa etrusca, La vieja sirena, Real sitio, El amante lesbiano..., fue también un maestro de la sabiduría moral, que demostró que la lucidez solidaria, la rebeldía ante las injusticias, la preocupación por el mundo, no pertenecen a los lunáticos e ingenuos, sino al individuo consciente que asume su responsabilidad y se atreve a crecer por dentro. Gracias maestro por tu testamento vital, gracias.